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Crónica de viaje: Dos pesadillas y una tormenta rumbo al mar del cangrejo gigante


Primera parte: El ascenso.

Nada pudo habernos salido peor al final de nuestro viaje salvo porque no nos matamos. Robinson y yo pactamos lo siguiente sin que nos importara lo tarde que era: yo saldría antes para adelantar un par de horas de las seis previstas hasta el pueblo de Turbo, en el Urabá antioqueño, a 370 kilómetros de Medellín, mientras él terminaba su turno de jardinero en una universidad. Encendí a las 3:00 de la tarde mi 'flamante' moto 150, abandoné la urbanización junto al Museo de la Memoria y crucé la ciudad. Subí a Robledo por la 63 pasando por la Avenida Oriental, soleada y aturdida por el sonido de las bocinas y el esmog. Luego de una empinada vía pasé por un urbanismo de madera y fachadas sin estuco sobre una colina, donde la ciudad comienza a hacerse rural. El único rastro de progreso en esta parte es el tránsito del teleférico que sube y baja por barrios sin alcantarillado, hasta la estación La Aurora, dominada por bandas. Allí, corregimiento de San Cristóbal, opera el crimen: el Clan del Golfo, La Oficina de Envigado, El Pesebre… Para nadie es un secreto que todo negocio allí funciona extorsionado, bajo la autorización de gargantas recluidas en cárceles (el dramatismo literario es un juego dulce).




Un día y medio después vería un cortejo fúnebre encabezado por jóvenes de blanco que llevaban en hombros un ataúd. En su interior yacía el cuerpo de un niño baleado por un sicario disfrazado de anciano y que iba de parrillero en una mototaxi. Este disparó al joven que cayó muerto en un charco de lodo y orines, a cuatro metros de donde nos hospedábamos. Minutos después del crimen se conocería que el matón se equivocó de objetivo. Pero bueno, los maleantes en este país están en todas partes. De hecho, Turbo es el segundo municipio de Colombia con más muertes violentas en este primer semestre del 2017. El primero es Buenaventura, puerto del Pacífico.  Esta historia, que entraña una lamentable trama, la contaré párrafos más adelante.

Continuemos:

Poco antes de alcanzar el Túnel de Occidente recibí la llamada. Mi hermana me recordaba que no había dejado las llaves de mi apartamento, dejando en su interior a Tinieblas, un gato negro de dos meses que yo había adoptado por un par de semanas mientras hallábamos un hogar definitivo. Me orillé en la autopista. Y allí estaban, en mi bolsillo, las malditas llaves; no podía dejar encerrado tres días a un minino en un hacinado lugar, en un cuarto piso, al fondo de un pasillo cuya única luz se cuela por una diminuta ventana, y sin alimentos ni juguetes.

Contenía un ataque de rabia cuando vi a Robinson detenerse a la orilla de la autopista, con una enorme caja de icopor amarrada en la parte trasera de su moto: yo no había adelantado ni diez kilómetros. Le tiré la mala nueva y cambió de súbito su sonrisa a un gesto absorto, oscurecido por su casco de astronauta. Él, conductor hábil, debía cruzar Medellín para depositar las llaves en las manos del portero de la urbanización. Sin alternativa, escuché su motor perderse en una curva ciega. Yo seguí el camino con la mente ocupada en los ojos de… y en el mar sin nombre, ocre, sucio, ocioso, donde el ocaso se funde en un fondo de magma, cielo y oro.

Nunca antes me había propuesto ir tan lejos en un viaje en moto. Mi determinación siempre ha sido firme, y si había antes postergado esta travesía era por hechos fuera de mi voluntad. Así que una hora después, con mi moto ronroneando bajo mis piernas bajo un sol de plomo, sentí en verdad la posibilidad de irme. Un viaje tan largo suponía para mi, en una carretera tan accidentada, un grado de improbabilidad, creo, porque mi sentido de la aventura estaba anestesiado por la rutina.

En Santa Fe de Antioquia el calor era casi obsceno. Allí la gente ya anda de pantalones cortos y gorra, y bastante bloqueador solar, en busca de un día de cielo en alguna piscina; claro que a esa hora muchos ya regresaban a su casa. Saqué mi teléfono celular y vi que Robinson me había enviado un mensaje de voz. Escuché alarmado que se había esfumado su deseo de acompañarme, y eso que de él había sido la idea. El tráfico de Medellín había hecho polvo sus nervios, y todo por un descuido mío: la tensión le provocó dolor de nuca. Lo llamé y le hablé sin mencionar el asunto. Respondió que iba a mitad de camino a toda velocidad, que si quería avanzara, al menos, hasta el pueblo de Cañasgordas. Dejé la ciudad colonial de calles empedradas e iglesias coloniales (alguna vez habitadas por ‘próceres de la patria’), casonas y monasterios del siglo XVI, XVII y XVIII que hoy hacen de fachada para hoteles, bares, moteles, posadas y cantinas.

Pasé el pueblo y comencé a subir por una carretera minada de baches. A la izquierda se levantaba una ladera escarpada. Enormes rocas alguna vez pulidas por la maquinaria, levantaban su perfil moteado por plantas enanas que crecían entre las grietas. Y más arriba crecía esa insípida vegetación de hojas amarillas que el calor barre con el polvo. Mientras yo zigzagueaba huecos en el camino, podía ver cada cincuenta metros cómo la montaña se desmoronaba. Quería examinar la cima de la monstruosidad, pero las plantas se hacía cada vez más espesas y solo de vez en cuando un árbol sobresalía. Así avanzaba con cuidado, tratando de no distraerme, pues el viento no permitía escuchar los vehículos que subían a toda velocidad. A mi derecha había una versión pequeña de la montaña que acabo de describir. Solo de vez en cuando la tierra se abría y podía adivinar un extenso cañón. Media hora después divisé una abertura a mi derecha. Me detuve. Apagué la moto y escuché el silencio. Por supuesto es un decir, pero, para hacerse una idea de la extensión del valle que podía ver, es preciso dibujar con el silencio esa cadena de montañas que custodiaban un río, en apariencia manso y ocre. Una cadena montañosa estaba cubierta de un verde claro, como de cancha de fútbol, sin casas campesinas ni cultivos. Y detrás de ella se alzaba imponente una enorme, tosca, agresiva, como marcando una jerarquía natural que amenazaba cubrir con su denso follaje el paraíso sorprendente. Y más arriba, el cielo verde-azul cruzado por desechas nubes filtradas por rayos de un sol imposible de ver a las cinco de la tarde. Así debe vernos Dios, me dije, con la oportunidad de observar cada detalle con ojos de águila. Me despertó una ráfaga de viento que me metió arena en los ojos. Debía seguir. Faltaban seis horas de camino, cinco de las cuales estaban destinadas a hacernos la vida imposible.

De repente el paisaje cambió. La atmosfera bajó de temperatura y la naturaleza adquirió un verde oscuro. El aire era de diamante y su pureza en los pulmones los llenaba de efervescencia: era imposible no sentirse más vivo. Desaparecieron los arbustos y aparecieron los árboles frutales, y, para mi sorpresa, las flores. El pavimento estaba húmedo y más arriba podía advertir que ahora la montaña de la izquierda se achicaba y la de la derecha se agrandaba. Desde esta descendía como una avalancha la niebla. Dentro de ella el frío comenzó a entrarme por los dedos de las manos y si no fuera por una maleta que llevaba contra el pecho, quizás me hubiera congelado. Esta zona se llamaba Manglar, aunque no parezca a uno en absoluto, entre otras cosas por el ambiente campesino de praderas que se abrían y en donde pastaban vacas y caballos. La niebla se disipó detrás de una curva donde vi pasar algunos arrieros con botas empantanadas. Este es un pueblo de no más de cinco mil habitantes, anclado en una ladera que a lo lejos parece más un pesebre. El camino comenzó a descender. Poco después llegué a Cañasgordas, quizás el pueblo del occidente de Antioquia con el clima más agradable, tierra de ganaderos y agricultores de café y con el mito de albergar las vetas más grandes de oro de Antioquia, sin que nadie las haya encontrado.
El día comenzaba a cerrarse.

Por fortuna solo hay un camino, pensé. Llevaba dos horas de viaje y estaba agotado y hambriento porque la noche anterior había trasnochado. Paré en un estadero en mitad de la nada, vacío, donde un joven me ofreció el mejor sancocho de la región. Debía serlo porque el caldo estaba acompañado por la presa de pollo más grande que me habían servido nunca. El caldo era espeso, aliñado, grasoso y con un leve sabor a chunchurria que en otras circunstancias me hubiera hecho vomitar. Me repuse y llamé a Robinson. Me dijo que iba por Manglar y que pasaba por una niebla que apenas le dejaba ver dos metros al frente.

-Espéreme ahí. Esté pendiente de mí que voy a toda carrera –me dijo.

Lo vi. Lo alcancé y comenzó la brisa, luego la lluvia y dos horas después la tormenta y la oscuridad total. Nos vestimos, claro, con impermeables. El sol desapareció de repente. Cada tanto veíamos venir o ir un vehículo, y solo teníamos por guía en la carretera las tres líneas de reflectores que se anunciaban por las farolas de nuestras motos. No me molestaba correr en la noche en medio de la lluvia y en medio de la nada, sino fuera porque comenzó a irritarme los latigazos de las gotas sobre el rostro, como si me arrojaran puñados de arena. Era evidente: si bajaba la visera del casco quedaba ciego porque la lluvia creaba una cortina que se desleía. Me guie incluso, por algunos minutos, por la bombilla roja de la moto de mi primo a cinco metros de mí. Si esta luz se inclinaba a la derecha yo la seguía, igual que a la izquierda. Bajaba, levantaba la visera y me percataba de que seguía el camino, de que no había tomado otro, de que no había ido a parar a un barranco. El camino se me hizo irreal por las cinco horas que nos faltaban. Al menos solo hay un camino, me repetí.

Aquí debo hacer una reflexión. Con frecuencia sueño dos cosas. La primera, que me arrojo al vacío desde la terraza, en un acto suicida impulsado no por un dolor emocional sino por el vértigo, y justo antes de que mi cabeza se revienta contra el asfalto, me encuentro de nuevo al borde de la plancha a tres pisos del suelo. Esta escena se repite toda una noche y no vale la pena describir con qué nervios despierto. El segundo sueño consiste en estar rodeado de una multitud de sombras sin identidad, que avanzan en todas las direcciones en un escenario igual de lúgubre, en una ciudad arrasada, quizás, por una peste negra, un cólera. Aun así, puedo darme cuenta de virulentas llagas en el cuello y las manos de las sombras…  Pues bien, excitados mis miedos, escuchando la combustión del motor y la lluvia contra el casco, sentía despertar mi lado más neurótico: lluvia dolorosa en el rostro y las manos desenguantadas, desorientación. Las desfiguradas y ruidosas sombras de los árboles eran las sombras de mi sueño, y el hecho de no saber si subía o bajaba, estrellándome continuamente contra relámpagos y truenos, me devolvían al filo del vértigo una y otra vez: ¡Cuidado, manejo una moto! Y abría más los ojos. Estaba rodeado de mis dos peores pesadillas. (Ahora tienen tarea los psicoanalistas).

El siguiente pueblo fue Uramita, pero su poca alegría y su arquitectura simple y triste de casas de una planta con tejados de barro, no nos motivó a parar. Solo vimos una heladería abierta. La lluvia espantó a todo el mundo. Y el ruido de los motores de nuestras motos parecía chocar contra las paredes cuando pasamos despacio, mirando de un lado a otro. Cualquiera que nos observe desde una ventana pensará que somos matones, pensé. Vimos un policía centinela dormido abrazando su fusil contra el pecho. Lo cierto es que desde hace varios años no llegan malas noticias de aquí, lo que es bueno y malo a la vez. Pero a nadie que trabaje en noticias se le borra la masacre de siete integrantes de una misma familia en julio de 2010. Luego de consultar internet, supe que el atentado fue en El Chupadero, en la vía que de este municipio comunica con Peque. Entre los muertos hubo dos menores de edad. Esta familia venía de asistir al funeral de otro familiar suyo.

Un tanto después paramos en Dabeiba luego de que condujéramos por la peor carretera que nos tocaría. El asfalto, por largos tramos, había sido remplazado por la trocha, y en ella peligrosamente los huecos apenas si se insinuaban en la oscuridad y las farolas. Tanto mi primo como yo estuvimos varias veces a punto de caer, pues las llantas resbalaban con facilidad. Cuando un camión nos pasaba por el lado, podíamos apreciar cómo el vapor que desprendía espesaba con el polvo nuestro camino. En realidad, y debido a que la vía estaba llena de curvas, hasta que no teníamos al maldito armatoste a diez metros, no sabíamos si nos iba a atropellar, a pesar de las señales que le enviábamos accionando las luces altas y bajas. Así que nos arrinconábamos peligrosamente a la orilla, por cuya cuneta corría enlodada el agua. Esto, quizás, nos ocurrió unas cinco veces.

En el casco urbano de Dabeiba la lluvia amainaba. Era una noche festiva con todas sus tiendas y heladerías abiertas, y a pesar de la noche, esta era tibia y agradable. Era viernes. La gente caminaba de forma familiar por la única calle de sombrero y botas, y se detenía a probar las comidas de los puestos: carnes asadas, arepas de queso, bolas de carne, plátanos asados con quesito, comida chatarra… Le di a Robinson el pollo que no había tocado y que traía desde Cañasgordas. Se lo comió con gustó a pesar de estar frío. Me tomé un energizante.

Le escuché decir a Robinson, mientras veíamos pasar un bus intermunicipal con dirección a Medellín:

-¡Jueputa! Nos falta mucho.

-¿Cuánto?

-Unas tres horas.

Luego supe que su cálculo era errado. La idea de que podríamos llegar a Turbo en seis horas era porque él se había gastado ese tiempo unos meses atrás, al alcanzar el recorrido solo, de día y con el cielo despejado.

-Quedémonos en un hotel y mañana salimos a las cinco de la madrugada. A las nueve ya estaremos en la playa.

Sugerí pero fue inútil. Robinson, para quien no lo conozca, es un tipo aventurero, y si esa aventura conlleva riesgo, es inevitable que salte a lo desconocido así vaya a dar a un barranco. Mi imaginación más sarcástica lo ve cayendo al socavón con una sonrisa en la cara.

-Cuando lleguemos a Mutatá toda la vía es recta.

Sonrió y me resigné.

Miré los anuncios de los hoteles, pensado en una cama, desolado.

-Marica, lo mejor es que nos devolvamos a Medellín –bromeé.

-Viene lo más verraco: La Llorona.

El solo nombre me causó desconfianza por no decir temor. Pero, ¿qué otra camino peor podría esperarnos?

Arrancamos y bastó que avanzáramos unos diez minutos antes de que se largara la lluvia. Fue entonces que advertí que el agua estaba comenzando a calarme por entre el impermeable. Sentí el agua en la espalda y entre las piernas. El camino ahora contaba con curvas más amplias y en ascenso. Fue entonces cuando vi a Robinson que comenzó a orillarse, de tal modo que yo tomara la cabecera de nuestra travesía. Pero justo cuando pasaba junto a él, experimenté el peor susto de mi vida. Párrafos atrás hablé sobre el temor a los barrancos. Pues bien, en lentitud dramática aprecié como mi primo comenzó a caer en la espesura de una oscuridad. Por un segundo pensé que estaba dando en una alcantarilla, de esas que se construyen para desaguar las autopistas, y sentí el corazón en la garganta. Al pasar justo junto a él, vi que, en realidad, la moto se estaba deslizando a su izquierda. Lo rebasé y escuché el estruendo de su moto contra el asfalto.

-¿Seguís vivo? –grité.

-Sí –y enseguida escuché su risa.

Sin querer apagué la moto y quedamos en la total oscuridad, como si esta no fuera la falta de luz sino una espesa masa. Literalmente, no podía ver ni mis manos. Escuché con claridad, si, el sonido de la agitación de las ramas de los árboles. Cuando encendí la moto la farola me reveló, primero, que delante de nosotros había acabado de caer un enorme tronco que obstruyó la mitad de la carretera. Al fijar la vista, podía detallar cómo el viento arrojaba de un lado a otro, sin concierto, la persistente agua. Segundo, al mirar atrás, vi que Robinson intentaba ponerse de pie con el agua cubriéndole la mitad del cuerpo. Era como si un enorme animal se lo tragara. Por fortuna, la moto no estaba sobre él, pero había caído en una cuneta profunda y cubierta con lama resbaladiza. Al acercarme noté que Robin no había sufrido heridas. Intentamos sacar la moto, pero lo resbaladizo del suelo nos impedía sacarla del agua estancada. 

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