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Crónica: Sola y con un solo juguete, la historia de cómo se llega a ser modelo webcam en Medellín

 Una chica cuenta cómo llegó a ser una de las modelos webcam más populares de Colombia tras vivir años de completa amargura.


Foto: Tania Ángel.

Crónica finalista del concurso Nuevas Plumas 2015, organizado por la  Escuela de Periodismo Portátil y la Universidad de Guadalajara 2015.

Por: Pompilio Peña Montoya
@pompiliooo

Hasta hace un mes, Tania Ángel trabajaba de cosmetóloga en un spa de Medellín, atropellada por una suerte fuera de toda lógica. Desde hacía un año atrás, de repente, tras conocérsele una época de desafueros adolescentes en Armenia, comenzó a lucir prendas exclusivas de Stradivarius, a oler a fragancias de Carolina Herrera, a hospedarse en hoteles con vista al mar de San Andrés, a frecuentar restaurantes italianos por el fetuccini y a llevar una flamante cartera Louis Vuitton. Solo un aspecto de su carácter había cambiado: seguía siendo una delicada y tímida joven, pero ahora parecía ser consciente de los límites de sus gustos sin privarse de ninguno de ellos. Su madre la interrogó por teléfono: “¿De dónde sacas tanta plata?”. Sus amigos le hicieron incómodas preguntas. Así que comenzaron las mentiras. En efecto, era imposible corroborar que tuviera un empleo que le brindara tantas comodidades con apenas una técnica en belleza facial.

Hasta una noche. Tania Ángel lo recuerda divertida hoy a sus 20 años. Pero aquella vez mientras revisaba las redes sociales, un viejo amigo de colegio le envió un link a través del chat de Facebook. Lo abrió y saltó sorprendida de su cama desde la que ahora me habla, ya sin miedo ni vergüenza, para corroborar lo que era un secreto a voces. En su computador portátil se abrió un video en el que aparecía ella jugando con un consolador enorme, divertida, perversa, sensual, metiéndoselo a la boca, mientras sus torneados y lívidos senos se balanceaban hipnóticos y sedantes, ella desnuda y como nadie la imaginaría si la hubiera conocido dos año atrás, discreta a pesar de llevar una vida loca desde sus 16, cuando decidió escapar de las opresivas reglas de su padrastro.

-¡Dios mío! Recuerdo que me dije cuando me vi desnuda –me dice Tania Ángel con una risueña voz de sorpresa-. Sabía que no podía seguir mintiéndole a mamá.

Así que decidió contarle a su familia sobre la vida secreta. Que no trabajaba de cosmetóloga en un spa, sino desnudándose frente a una computadora, charlando con hombres a los que nunca les vería el rostro a pesar de que ellos la conozcan completa. Un empleo socialmente inaceptable en el que trabajan hoy al menos cuatro mil jovencitas en Medellín, dentro de estudios y cuartos, como quienes consumen secretamente una sustancia prohibida o alimentan sus perversidades solitarias. Un cifra inimaginable hace diez años, cuando comenzó este fenómeno dentro de un bus adecuado con una antena satelital en el techo y tres computadoras dentro de cubículos de icopor, tapetes mullidos, cortinas rosadas y un puñado de cojines y vibradores.


Parecerá insólito pero es así: el primer estudio de chicas webcam de Medellín fue un bus que rodó por las calles con jovencitas universitarias y un conductor que a la vez era ingeniero y un experto en evadir a la Policía que le había declarado persecución por inmoral. En las noches el bus al que le desmantelaban sus sillas, se convertía en un libidinoso carro fantasma que vagaba por los barrios, se instalaba en ciertos parqueaderos dependiendo de la fuerza de la señal sideral, y comenzaba a transmitir para el mundo. En el día, con sus sillas puestas, hacía una ruta corriente a barrios periféricos, perfumado con esencias lubricantes.


Pero cuando el conductor advertía la presencia de las patrullas, las jóvenes empelotas sobre el piso y transmitiendo por MSN Messenger, tenían que pasar la vergüenza de aferrarse de donde pudieran para no ser sacudidas en la huida del bus. A veces terminaban aporreadas por las torres de las computadoras y los consoladores terminaban en las manos equivocadas. En el 2005 las chicas tenían un sueldo fijo de 130 dólares mensuales. Hoy las profesionales en Medellín, no más de quinientas, ganan en promedio 4.800 dólares. Las otras tres mil quinientas chicas, por su bajo perfil, no pasan de los 1.000 dólares. El bus de la iniciación duró dos años vagando hasta que su dueño decidió rentar una casa en el barrio San Diego, para montar un estudio definitivo.

El descubrimiento

Tania Ángel ocupa hoy un apartamento sin lujos en un décimo quinto piso en el barrio El Poblado, al lado de penthouse, condominios y urbanizaciones. Aquí, en las horas frías del invierno la niebla se respira, y si uno se detiene a espiar el ambiente familiar de las residencias contiguas, se ven piscinas y saunas, filas de camionetas y autos de lujo parqueados. Y tras las ventanas y los largos balcones, sendas bibliotecas y salas con mullidos muebles, candelabros de cristalería y minibares. En el balcón del apartamento Tania descubrió el placer de sentir el viento desnuda, de extender las manos: una pequeña felicidad que pocas disfrutan, cree. Lo cierto es que desde que está en el oficio ha tenido revelaciones interiores y placeres que comenzaron una vez pasó la pesadilla de los primeros desnudos.

Por ello le encanta estar en el balcón. Al fondo está el valle de Medellín y si se busca bien, se logra ver el puntiagudo edificio de Coltejer y sus banderas agitadas que marcan el centro de la urbe, la misma que a finales de los años 80 y principios de los 90 fue la más violenta del mundo por cuenta de Pablo Escobar. Época en la que contratar a un sicario no costaba más de cinco dólares y en promedio ocurría un asesinato cada hora y media.
Pero cuando esto sucedió Tania Ángel no había nacido ni sus padres estaban enamorados. Lo que sí sabe es que le encanta Medellín, sus centros comerciales, sus parques, sus discotecas. Pero las cosas nunca fueron fáciles para ella. El dinero siempre escaseó, ahora no. El problema parece ser otro, aunque quizás ella no lo admita: la soledad del amor.

Ahora estoy sentado en el sofá de su cuarto y Tania Ángel sobre su cama cubierta por un cubrelechos con florecitas de almendros. La cabecera de cedro de la cama tiene un velo blanco de novia y a un lado, en la mesa de noche, hay velas aromatizadas y un reloj despertador; desperdigados hay una veintena de cojines y en frente de la cama un televisor de 65 pulgadas. Antes de mi llegada, Tania estaba de compras de ropa interior, una de las pocas cosas que la divierten fuera de colorear un libro de mandalas y jugar con su perrita Aisha de cuatro meses, de raza pomerano, que ahora corretea sobre la alfombra como impulsada por un mecanismo de cuerda.

Tania Ángel recuerda que no pudo dormir aquella noche del video donde aparecía ella masturbándose. Expuesta a sus vergüenzas, al qué dirán, a los juicios injustos. Pensó en toda clase de evasivas para negar que la del video fuera ella en caso de que se pudiera filtrar entre sus amigos en Armenia y Cúcuta, o peor aún, entre su familia. Atrapada llamó a su mánager, un joven aficionado a los superhéroes de comic llamado Juan Bustos, quien lleva una década en el negocio, y lo puso al tanto de su angustia.

-Si no te da vergüenza no veo por qué tengas que renunciar –le dijo-. ¿Estas avergonzada?

-No. Para nada –le replicó Tania al otro lado de la línea-, es solo que…
-Entonces deja que se vayan dando las cosas. De todos modos hay en internet más de cien videos tuyos ya.

La abrumó la cifra. Nunca se le había pasado por la cabeza buscarse en Google. Lo hizo con su seudónimo, Tania Ángel, y la imagen de su rostro apareció entre mujeres desnudas. Hizo una pesquisa a fondo y halló videos suyos en páginas pornográficas que la presentaban como la Lolita que estaba enloqueciendo a los adictos a las modelos webcam. Ella nunca imaginó que sus cesiones fueran colgadas en la red, en la llamada nube, en sitios pornográficos cuando lo que ella hacía era erotismo puro. Sintió miedo, culpa, terror, angustia y rabia por algunos días. Pero luego se descubrió a sí misma, inmune, con la libertad absoluta de hacer lo que le viniera en gana sin que nadie la hubiese tocada. “Entonces supe que mi ambición era más grande que mi vergüenza. Si no mira mi televisor”, comenta ahora divertida.

El televisor es enorme, un plasma que cubre media pared en frente de su cama. Este aparato es una de las posesiones más caras de Tania, a quien no le interesa adquirir una camioneta como sí lo han hecho muchas de sus compañeras de oficio. Quiere ahorrar y estudiar para ser piloto, aunque su dulzura rivalice con el carácter firme que debe tener alguien al mando de un avión. Cree que como modelo webcam podría durar cinco años más y retirarse a los 25, pensionada a una edad en la que la mayoría de los mortales aún no saben qué hacer con su vida.

-¿Y para qué un televisor tan grande? ¿Ves muchas películas? –le pregunto.
-En realidad no. Lo mantengo prendido para no sentirme sola.

Tania Ángel hace parte hoy de las modelos webcam más famosas del portal myfreecams.com, una página con mil doscientas mujeres de todo el mundo que trabajan complaciendo a solitarios que compran por minutos su tiempo en las cesiones a través de una moneda virtual llamada token. Es como ver una película en la que tú le ordenas a la protagonista y solo para ti (de eso trata la ilusión), que haga lo que tú desees, tú, apenas presente por un seudónimo, en la intimidad en un cuarto oscuro en Rusia, Japón, Italia, España, Sudáfrica, México o Estados Unidos.

Habría que añadir que Tanía Ángel ha logrado una audiencia de dos mil voyeristas en una sesión de seis horas. ¿En qué radica su fama? Tiene ojos tiernos olivos, cejas gruesas, labios evasivos, manos de movimientos impredecibles, senos generosos y lívidos, cuerpo de adolescente que aún demuestra timidez al desnudarse. Su carácter, en sí, es un fascinante camafeo tallado por una mezcla de candorosa dulzura de niña sumisa y de mujer perversa. Su manager, Juan Bustos, dirige en Medellín cuarenta chicas que él mismo preparó para que sean las mejoras: pelirojas, castañas, morenas, blancas, de ojos alargados y labios dispuestos; una morena con rasgos hindúes, un par de gemelas que a simple vista parecen no tener más quince años… Y una rubia con piel del color de la pulpa de la manzana, de ojos verdes-grises y curvas deseosas que encarnan la lujuria, doblemente pervertida por no valerse del cosmético de la silicona. Ella es la estrella con todos los records, y se rumora que gana 6.000 dólares mensuales.

Una muñeca encerrada

Pero antes de ganarse siete millones de pesos quincenales hoy, a los 20 años, Tania Ángel pasó momentos frustrantes. A los 13 vivía con su madre, dos hermanos y un padrastro “arrogante que no me daba permisos ni para salir a la esquina”, recuerda. De Cúcuta, una ciudad calurosa, rumbera y enorme, se mudaron a Armenia, provinciana, fría y ultraconservadora. Llegaron allí a vivir a una cuadra habitada por familiares. Tania, alejada de sus amigas, se volvió mala estudiante. Del colegio a la casa y de la casa al colegio, escoltada por un padrastro que siempre le recordaba sin venir al caso: “Sin nosotros no serás nadie”.

Ahora Tanía Ángel cree comprender aquella frase como una artimaña para quebrantar la confianza en sí misma. Allí no acababa la cosa: No podía salir con amigas, ni comer helado al parque, ni hacer tareas a casa de compañeras; no podía usar vestidos ajustados, ni maquillaje, ni mucho menos ir a fiestas. Pero sí debía asistir los domingos a la misa de las siete de la mañana. Lo peor de todo: no podía tener un amor, alguien que la comprendiera y apoyara en aquellos momentos. Porque en aquella casa no se movía una silla sin la aprobación de él. Y Tania Ángel notaba como el ambiente familiar cada vez era más insoportable. La niña que era se encerró en su cuarto y lloró. Odió a su padrastro, como lo hacían sus hermanos. Algo en su espíritu se deformó. Pensó en trabajar sin esperar nada de nadie. No había otro camino: escapar de casa.

Tanía Ángel recuerda la que fue hace cinco años con ternura: A los 15 comenzó a trabajar en una peluquería donde conoció la cosmetología. Perdió el grado décimo. Decidió homologar los dos últimos años del colegio en un nocturno. Así que una mañana, harta, afligida y con los ojos llenos de lágrimas, empacó sus cosas en una maleta y se fue a vivir con una amiga del colegio, su cómplice. Terminó el bachillerato, ganó una pequeña fama de cosmetóloga tras aprobar una técnica, y una noche, con los dieciocho años recién cumplidos, decidió viajar a Medellín en busca de suerte. Ahorró quinientos mil pesos, una fortuna.

Tanía sonríe cuando recuerda esa cantidad de dinero. Hoy gasta tres millones un fin de semana viajando a Cartagena a disfrutar de una tarde de playa con una amiga, en ocasiones con quien comparte este apartamento, una chica de Cali que ahora se encuentra en el cuarto contiguo, encerrada. No ha salido de allí en varios días. No ha trabajado. Al parecer está deprimida. Tania Ángel no sabe si será por problemas familiares o amorosos. Ella también gana bien como modelo webcam.

-¿Y te molesta que tu amiga esté deprimida? –le pregunto.
-Sí, no me gusta la gente triste.

Hace un par de meses Tanía Ángel se tatuó en el brazo izquierda un largo mandala de formas diversas. Los mandalas son representaciones espirituales del budismo y el hinduismo. Ella está feliz con su tatuaje que se ha unido a un paisaje de aves que aletean plácidamente y que salen de una de sus piernas, y a un par de cerecitas pintadas en el lado derecho de su ingle. Cuando está haciendo un show, quienes la aprecian hacen especial énfasis en sus tatuajes: se los admiran.

-Si fuera por mí tendría mi cuerpo cubierto de tatuajes –admite Ángel divertida, acariciando su peluda perrita Aisha.

Pero un año y medio atrás, a Tania Ángel nunca se le hubiera pasado por la cabeza tatuarse, ni tener un perro de un millón y medio de pesos, ni atiborrar un guardarropa con más de cuarenta vestidos, cientos de blusas, veintisiete pares de zapatos y una colección de ropa interior que duplica el resto de sus prendas. Desde que tiene dinero, Tania Ángel se descubrió un fetiche: la ropa íntima, la lencería con encajes, los ligueros de seda, los cucos de niña rosados, las tangas de finos hilos, los brasieles balconet. Para su trabajo, afirma, esta clase de detalles son importantes, así como la disposición de la cama, los cojines, las sábanas, los velos, las velas, los cuadros y, por supuesto, sus consoladores, a los que ella guarda especial cariño.  

La llegada a Medellín

Luego de siete horas de viaje en bus desde Armenia, en Medellín Tania Ángel se hospedó en casa de un amigo. La deslumbró la ciudad, de cómo subía por las montañas los barrios populares y de cómo era cruzada por un medio de transporte que solo había visto en películas: el Metro. Tuvo miedo en el metrocable y no olvida la impresión de sentirse perdida con solo cruzar las avenidas. Pero todo no fue color de rosas. A la semana pagó por una habitación en una casa familiar y por primera vez sintió el desamparo. Días tras día, en un café internet, buscó ofertas de empleo. Envió treinta y dos hojas de vida sin suerte. A la tercera semana recorrió centros de belleza en busca de empleo: Nada. Comenzó a comer una vez por día. Extrañó a su madre y hermanos, a su amiga de fechorías. Pensó en volver a Armenia.
-Entonces un chico me añadió a Facebook y comenzamos a hablar –recuerda Tania-. Estaba tan deprimida que me invitó a salir y le dije que sí.

Este hombre era Juan Bustos, quizás la persona que más conoce de esta industria en el país. Hoy tiene 31 años, se graduó de filosofía y psicoanálisis en la Universidad de Antioquia, y cuando comenzó en el negocio fue su propia modelo. Hoy lo cuenta divertido en su oficina en una zona exclusiva. En realidad, había contratado a una chica pero siempre llegaba tarde o no llegaba. Así que, cuando había un cliente desesperado en el Messenger, en línea, Bustos se hacía pasar por ella y entramaba las conversaciones más morbosas que hasta entonces había tenido. Cuando le pedían que encendiera la cámara, Bustos escribía que era imposible, pues sus padres estaban en casa y temía que la descubrieran. A Bustos siempre lo cautivó este mundo, pero solo se decidió a materializarlo cuando escuchó la leyenda del bus fantasma, que luego le corroboraría el escapista de las autoridades.

Luego adquirió cuatro computadoras, mejoró el acceso a internet y alquiló un lugar que hizo estudio. Así siguió todo, y como una bola de nieve, el dinero se fue multiplicando y más chicas apareciendo. El camino Bustos lo fue recorriendo solo, a punta de prueba y falla. El primer paso era legalizar su idea. Imposible. Ni en la Dirección de Impuestos ni en la Cámara de Comercio existía (ni existe) un código de identificación para este tipo de iniciativa empresarial. Sin embargo, Bustos descubrió que al sacar su Registro Único Tributario, RUT, podía registrar su negocio como entretenimiento para adultos a través de internet. Entonces juanax.com, su primer portal, creado por él mismo, comenzó a pagar impuestos. Pero los problemas no acabaron ahí. A lo largo de los años cuatro bancos colombianos cerraron sus cuentas al notar la cantidad de dinero que entraba en ellas temiendo de que fueran producto del narcotráfico o algún tipo de extorsión. Así que no quedó más remedio que abrir una en Estados Unidos y pagar el doble de impuestos.

Tania Ángel, por supuesto, también debe pagar, por cuenta de estas transacciones, un diez por ciento de lo que gana de retención en la fuente una vez llega su dinero a Colombia. Del restante, su manager saca un 15 por ciento. Así funciona el negocio. Y aún bajo esa mecánica, Tania gana más que un jugador de fútbol colombiano. Pero estas ganancias no la tentaron cuando Juan Bustos le propuso que hiciera parte de su selecto grupo de cuarenta chicas. ¡¿Desnudarse?! Imposible. Pero Bustos le explicó que no solo era eso, de que sería preparada, aprendería trucos de modelaje, de glamur, aprendería inglés, a hablar correctamente porque los clientes son exigentes y, muchas veces, no buscan que una chica se les desnude, buscan hablar, incluso contar sus problemas. Parecerá absurdo, afirma Juan Bustos, pero muchas de sus modelos suelen ser confidentes de corazones rotos. Increíblemente estos son los hombres que mejor pagan. En últimas, lo que importa es que gasten sus tokens, equivalentes a 0.05 USD. Un hombre con dinero puede comprar mil tokens, es decir 50 USD. Si una chica tiene en línea dos mil usuarios que pagan por minuto un token, las ganancias son exorbitantes en ocasiones. Por supuesto, las sesiones pueden ser privadas. Claro, si las chicas trabajan seis días a la semana siete horas diarias.

Desde su cama, Tania Ángel me cuenta todo como si fuera una vieja anécdota. Ella es, me parece, no solo una chica hermosa, sino una llena de ambiciones, quizás algo sorprendida aún por el cambio radical que experimentó su vida. Y más verse donde está, cuando nunca imaginó extraer de su empleo un placer tan fuera de lo corriente. Porque, lo recuerda bien, la primera vez que entró a un estudio de modelos webcam sintió pudor envuelto en miedo, al apreciar chicas desnudas actuando como si estuvieran en un ambiente familiar. Así que no aceptó la primera propuesta de Bustos. Un par de días después, frente a una computadora, no tuvo el valor de quitarse la ropa interior: cerró el portátil. Dos semanas después se había mudado a una casa, tenía cuenta bancaria, ropa nueva, cama nueva, cuadros nuevos, tapetes nuevos, una habitación amplia y fresca, dinero para ir al estilista. Seis meses después se pasó a este apartamento en donde ahora hablamos, donde ahora acaricia su perrita Aisha.

-Las personas que ganan tanto como tú son casi siempre gerentes –le digo.
-En ese caso, yo soy la gerente de mi propia empresa –me responde Tania Ángel.

-¿Y cómo vas en el amor? –me arriesgo a preguntarle.

-El amor siempre ha sido un inconveniente. De hecho estuve saliendo con un gerente. Pero cuando le dije a qué me dedicaba, me dijo que era imposible que nuestra relación pasara a ser algo serio. Hasta que una noche me dijo: “No podría presentarte a mi familia ¿qué le diría? ¿Qué sos puta? ¡Me das vergüenza!”.

La confesión es dura, pero Tania Ángel la cuenta tan natural que la hace parecer ajena. Está tranquila, su madre, la persona más importante en su vida, acepta lo que hace.


Es tarde en la noche. Le digo por último que me enseñe sus consoladores. Como si fueran piezas de porcelana, veo que los tiene envueltos en un paño que extiende sobre la cama. “Son mis armas”, escucho que me dice cuando nota mi vacilación de tomar alguno de los cinco. Levanto el más prominente. “Este está muy grande”, le digo fingiendo estar atónito y ella me determina como si tuviera la respuesta preparada desde hace años: “Eres el tercer hombre que me lo hace ver, eso te delata”. Me siento desarmado. Para consolarme me digo que casi cualquier hombre se vería avergonzado ante la comparación ilusa. 

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