Ir al contenido principal

Crónica: Un vuelo sin alas en la macha por la marihuana en Medellín, de cómo una mata disuelve diferencias


Por: Pompilio Peña M.
Fotos: Daniel Vergara Duque
***

10:30 a.m.
Tráfico lento y ruidoso. Mucho sol, poca sombra.

-Hay un man conspirando en el teatro.

La respuesta me la dio un joven rapero marginal con su mano izquierda en frente de sus ojos lunáticos, mientras molía un moño de mata de marihuana. Yo no le había preguntado el origen de la hierba, sino cómo la pasaba rodeado de tanto cofrade vicioso. Estaba feliz, sin duda: me lo decía su ansiedad y una fugitiva sonrisa que se repetía en el rostro de todos los que, como él, bajo la sombra inútil de los árboles de la Av. La Playa, elaboraban su dosis de narcótico.

La palabra conspirando de su frase me hizo caer en cuenta de dos cosas. La primera, que no solo el hombre que estaba regalando la hierba conspiraba, sino cada uno de los que estábamos allí reunidos bajo la vigilancia inepta de la Policía. O al menos así nos sentíamos. Y segundo, que su palabra no era premeditada, y sin embargo contenía una metáfora asombrosa propia del parlache de los barrios periféricos. La deslumbrante respuesta era el título para un cuento que solo podía suceder en Medellín.
Yo estaba invitado por dos amigos y era mi primera congregación marihuanera. El lugar, las afueras del Teatro Pablo Tobón Uribe. Un sol sin nubes hacía más vivo los colores y si no fuera por un huidizo viento y las sombras de las palmeras de la avenida, el sofoco hubiera terminado por aturdirnos. Había pancartas con consignas a favor de las propiedades curativas de la hierba, banderas con la imagen de Bob Marley, chicas hermosas luciendo pañoletas con estampados de la mata, un chamán en una silla de ruedas con una risa bobo.

Bebíamos cerveza al borde La Playa y cuando pensamos que no ocurriría mayor cosa, salvo la marcha programada a las tres de la tarde, varios hombres aparecieron con canastas repletas de retoños del alucinógeno. A quienes les regalaban una matica se les iluminaba los ojos, y a juzgar por la forma en que miraban la planta parecían haber adoptado un niño huérfano y desnutrido. Me regalaron una.


-Qué bonita –dijo mi amiga Leidy abrazada por una traba de cripa-. Debes de echarle agua para que no se te muera.

Miré la planta, tierna, diminuta, frágil, con tres hojitas insípidas y de un verde brillante. Me dije: “Esta condenada está haciendo la fotosíntesis”.

Su pareja, Daniel, complementó:

-Si la trasplantas a una matera grande la marihuana crecerá. Los moños son muy lindos.

Me hicieron otras recomendaciones excesivas y más propias para cuidar un gato enfermo. Metí la planta en uno de los bolsillos internos de mi chaqueta y de vez en cuando le echaba un vistazo para comprobar que su tallo siguiera en pie. Al día siguiente le regalé el retoño a un primo fumador.

Eran las once de la mañana. La jornada apenas daba apertura y ya conspiradores raspaban cantidades industriales de hierba a la vista de todos. Otros ya fumaban con ayuda de artificios. Unos se valían de máscaras antigás para ahogarse, de botellas de plástico agujereadas, de válvulas y pipas comprimidas, e incluso otros erizaron sandias y piñas para usarlas como filtros en un ritual donde cabían todos los excesos. Los más haraganes armaron y encendieron monstruosos cigarrillos que desfiguraban el rostro. Era la anual marcha por la marihuana y había permiso para fumarla con excentricidad.
Así pues, el movimiento continuó: Un hombre dispuso una mesita junto a las gradas repletas de fumadores para vender hierba sin conservantes; una parejita de lesbianas ofrecía una pomada a base de cannabis para dolencias del espíritu y de la espalda. A dos mil pesos estaban los pasteles que recomendaban no pasar con Coca-Cola para evitar un ‘babiado’. No faltaron las pipas de ultramar, las infusiones de té de marihuana propicias para el mal de nervios, los chicles eléctricos para volar, los bocadillos para no quedar pasado, las plásticas hojas verdes de cannabis para pegar en el refrigerador como recuerdo, las máscaras de picardía, manillas, collares, pendientes y gafas de sol con los distintivos colores rastafaris: verde, amarillo y rojo.  Ah, y para la seca vendían cerveza a la orilla de la calle y garrafas de ese vino desabrido que por generaciones ha sacado de aprietos a los alcohólicos menos exigentes.

Pasó una hora. Mucha gente tosía a la vez. Nosotros nos sentíamos sobre la cubierta de un barco.

De repente una garganta metálica despertó del letargo a la multitud. Se trataba de un barbudo con pinta de poeta anacrónico que se ubicó en frente del teatrino cubierto por una humareda espesa. Gritó con todos sus pulmones a través de un megáfono ronco: 

-Si alguien fuma conmigo es mi amigo, pero si fuma de mí mismo bareto es mi hermanooo –luego cantadito-: Mariiihuuuanaaaa… queé cosa tan bacaanaaa. 

La muchedumbre respondió levantando las manos y silbando en un gesto de absoluta complicidad. Otros aplaudieron y otros más repitieron la frase con tanto fervor que a más de uno se le encharcaron los ojos. Un par de jovencitas a mi lado levantó los puños y gritó, aunque una confesó no haber entendido bien al barbudo. 

-Es la traba parce –le dijo la otra.

-Uuuuuuuyy, marica, ¡qué vuelo!
A la una y media de la tarde la comunidad marihuanera de la ciudad se hizo incontenible, y no había necesidad de fumar para sentir que los pies se levantaban del piso. De pronto, apareció el organizador del encuentro. Parecía un cristo de anteojos, con el cabello largo y el rostro tranquilo y sonriente. Vestía una camisa blanca y llevaba una mochila. Algunos aplaudieron y abrazaron: un mesías. Lo volveríamos a ver poco después sobre en una tarima móvil con el barbudo que ahora hacía de animador, y un grupo de raperos vieja guardia que improvisaban sus propias pistas, con letras inspiradas en cómo la traba hacía más llevadera la vida en los barrios de nadie. El camión avanzó, bajando lentamente por la calle, y a su alrededor se arremolinó la gente. Se detuvo una cuadra adelante y de allí no se movió hasta dos horas después.

Mi amiga Leidy aprovechó para tomarse una foto sosteniendo el bareto en la mano con el fondo adornado de policías.

-Una foto única, parce –dijo sonriente mirando el lente con sus ojos de pitonisa.

Así quedó:
Ahora me doy cuenta: a esta caminata llegan las gargantas mejor preparadas de los barrios más remotos.  Ni en las marchas de  docentes ni de sindicato se ve tanta variedad de individuos reunidos con tanta paz, sin carteles de odio ni consignas homofóbicas. A la caminata arribó toda clase de tribus urbanas, únicas en los límites de sus suburbios. Metaleros fantoches de Robledo, bohemios de Aranjuez, jíbaros de la Comuna 13, hippies de Santa Elena, rastafaris de los Populares, marihuaneros de esquina y sin oficio de Castilla, colegialas de Bello y Envigado estrenando alas, travestis de La Candelaria, hijos de papi y mami de El Poblado, gomelas con la moda del sparkies de Buenos Aires, gánster (intrincados tatuajes en las manos, anillos de bisutería narco en todos las falanges) del 12 de Octubre y maricas de todas partes en plan de conquista.

-Qué fuma tan hijueputa parce –dijo una muchacha con los ojos rojos y pequeños al que parecía ser su novio, quien hacia visita en otro con fin remoto del universo.

Sentado, un hombre con anteojos negros y visera le ayudaba a otro a sostener en su boca un bareto tamaño familiar. Le decía: “Chupe, chupe marica que ya se hizo la fila”.

Un pela’o al que le sudaba la nariz, de gorra y tenis anchos, me dijo que lo mejor para el aburrimiento y los problemas era estar trabado.

-¿Y eso soluciona los problemas? –le pregunté.

-No, pana. Pero al menos uno se puede reír de ellos –sentenció.

Una joven bella de cabello negro y liso (escoltada por una pandilla) y ojos delineados que lucía el tatuaje de una flor de loto en el pecho, aseguró que no había sensación más bacana que estar trabado, y si es todo el día mejor. 

Un largo y divertido muchacho ponía en el rostro del que quisiera una máscara en cuyo extremo de su válvula había un cigarrillo de marihuana que despedía un humo azul nuclear. Leidy se le midió y regresó con el rostro iluminado por la gracia del espíritu santo.
Uno de los organizadores del evento dijo a los medios de comunicación que esta marcha, en su séptima edición, tenía como objetivo congregar a la comunidad cannábica, “en un parche de paz, en donde le decimos a la gente corriente que no somos malos y que queremos la legalización”. Este ideal parece estar apoyado en un estudio que vio la luz hace un mes, y que dictaminó que al menos el veinte por ciento de la población de Medellín fuma habitualmente marihuana, y que al menos el cincuenta por ciento la ha probado. El estudio también reveló que el treinta por ciento de los jóvenes entre 15 y 20 años, en el Valle de Aburrá, consume esporádicamente la hierba. El estudio lo hizo el Observatorio de Drogas de Colombia y el Ministerio de Salud.

Otro estudio es más optimista y dice que Medellín es la tercera ciudad en el mundo con mayor número de consumidores, después de Nueva York y París.

Es justo decir que la marihuana une tantos corazones como los amantes de los animales, y lo digo yo que nunca podré sacarle gracia a esa mata condenada, mal vista, repudiada, odiada; el germen, según muchos, de los males del país. Personalmente creo que los fumadores sacan solo el provecho de no ser ellos mismos, por ello hablan, bajo su efecto, de plenitud, tranquilidad, felicidad y sosiego. Ahora ¿Hay algo de malo en eso? En ese caso sí, pienso mientras miro la multitud de la que hice parte. Pero si la hierba se utiliza con fines de recreo o como fármaco, no veo problemas. Dicen que algunos poetas la consumen para que las musas soplen a sus oídos frases de amor, los pintores para materializar la abstracta idea que los hará famosos, y a algunos filósofos parece despejarles la nube negra que envuelve las tesis de Heidegger. A los marihuaneros de esquina les sirve para pasar su tediosa existencia.

De la marcha no hay mucho que decir, salvo que comenzó a las tres de la tarde bajo un sol infernal y se movió tan lenta que en el camino hasta el Parque de las Luces la cogió la noche. Se calcula que en ella participaron unas treinta mil personas, casi el mismo número del año pasado, cuando un pánico colectivo producto de un estruendo en la cola de la caminata, generó una estampida que tiró por el suelo a varias personas: la traba en grupo es un denso sueño colectivo. Nosotros nos fuimos antes de que arrancara, artos, cansados por el sol, hambrientos (sobre todo), pero con la felicidad de haber experimentado algo que solo se vive una vez al año: el de ser  conspiradores.

Así fue la cosa:
Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Artículo: La música, una extensión de la inteligencia para los niños

Son muchos los estudios que hablan sobre las virtudes de la música en los niños, sobre todo si se les da la oportunidad de que aprendan a tocar un instrumento.


Por: Pompilio Peña Montoya @pompiliooo



Se le atribuye a Platón la frase de que “la música es para el alma lo que la gimnasia es para el cuerpo”. Así pues la música tiene la facultad, como ningún otro arte, de llegar de forma más directa al corazón. Al final, y esto sucede con mayor frecuencia con la música clásica, las melodías pueden dar nombre a lo innombrable y transmitir lo que hasta entonces se creía desconocido.

Siendo la música un placer estético, es bien sabido que  puede causar efectos en el bienestar físico, mental y espiritual. Hoy los psicoterapeutas le dan la razón a los griegos, al afirmar que la música aliviana casi cualquier tipo de padecimiento o dolor.

Un estudio publicado en la revista científica British Journal of Ophthalmology, asegura que los niños que escuchan ciertas melodías de Mozart potencializan la creati…

Crónica: Sola y con un solo juguete, la historia de cómo se llega a ser modelo webcam en Medellín

Una chica cuenta cómo llegó a ser una de las modelos webcam más populares de Colombia tras vivir años de completa amargura.

Foto: Tania Ángel.
Crónica finalista del concurso Nuevas Plumas 2015, organizado por la Escuela de Periodismo Portátil y la Universidad de Guadalajara 2015.
Por: Pompilio Peña Montoya @pompiliooo
Hasta hace un mes, Tania Ángel trabajaba de cosmetóloga en un spa de Medellín, atropellada por una suerte fuera de toda lógica. Desde hacía un año atrás, de repente, tras conocérsele una época de desafueros adolescentes en Armenia, comenzó a lucir prendas exclusivas de Stradivarius, a oler a fragancias de Carolina Herrera, a hospedarse en hoteles con vista al mar de San Andrés, a frecuentar restaurantes italianos por el fetuccini y a llevar una flamante cartera Louis Vuitton. Solo un aspecto de su carácter había cambiado: seguía siendo una delicada y tímida joven, pero ahora parecía ser consciente de los límites de sus gustos sin privarse de ninguno de ellos. Su madre la inte…

Crónica: Los fantasmas del manicomio del barrio Aranjuez de Medellín

En el edificio de dos plantas donde hoy funciona la biblioteca y el teatro del Comfama de Aranjuez, en Medellín, desde hace años se dan apariciones fantasmales.

Por: Pompilio Peña Montoya @pompiliooo Fotos antiguas: Biblioteca Pública Piloto.
-¡Sáquenme de aquí!- gritó el vigilante pálido y con los ojos muy abiertos, al despertar, cuando despuntaba el sol.

Una hora atrás, el hombre tomó su linterna y subió lentamente las ruidosas escaleras de madera iluminando cada peldaño. Había estado escuchado desde hacía algunos minutos una serie de ruidos confusos y golpes. Al llegar al descanso, dirigió el rayo de luz sobre las paredes del segundo piso y de inmediato los sonidos desaparecieron, y todo a su alrededor se sumió en una atmósfera cavernosa, como la del antiguo manicomio que allí funcionó hace 100 años, en una época en la que la locura estaba atribuida a energías satánicas, y Medellín no pasaba de ser más que una provincia de fincas y calles de piedra recorridas por mulas.

-¡Quién anda ahí!…