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Los caminos del amor lésbico, cuando los celos juegan a decir mentiras



¿Sabes la última ley de Einstein?
El amor se convierte en energía.
S. Vizinczey.

Por: Pompilio Peña M.

…El café de artistas es una versión frenética de los cuadros de Willem Hofhuizen. Jovencitas se citan allí y luego se pierden en los hotelitos de la carrara 43, de pequeños cuartos sin agua caliente y radios descompuestas. La mayoría son estudiantes de artes plásticas, pues a menudo cargan instalaciones y lienzos llenos de trazos obscenos: siluetas femeninas que se besan abrazadas, mujeres desnudas en la intimidad de la cama, sensuales y de largas espaldas; esbeltas manos, apetitosos y apretados muslos sobre sábanas tersas. Lo agradable del sitio es que dispone de mesas sobre la acera y a una vía ciega, y bajo un roble que acuna a la luna en un marco de ramas marchitas. El servicio es discreto y la música está desintoxicada de patetismos y melancolía.

El lugar, pues, es tranquilo y sostiene una anacrónica atmósfera de cine mudo, aunque una noche atormentada de nueves sucedió algo que le cambió la vida, sin duda, a todos los que estábamos allí. Fumando, cuatro mujeres de edades distintas dilataban una extraña conversación en torno a la novia infiel de una de ellas. En algún momento advirtieron que su charla era seguida por quienes ocupaban las mesas de la calle. Pero era imposible no hacerlo, hablaban sin medir frases, enconando con consejos no sé qué clase de venganzas. Así que guardaron discreción, de pie bajo el roble, pero no la suficiente como para escucharle decir a una de ellas:

-Véngate de ella con migo, así te quitas esa espina.

La chica objeto de la discusión, que a luces no tenía ninguna espina atravesada en la garganta, detalló interrogativa a su amiga, empujó el grueso marco de sus gafas y sorbió un trago cerveza. Intrigadas, las otras chicas callaron. La de la propuesta, aprovechando su mayor estatura, levantó el mentón y dejó que un mechón de cabello negro callera sobre su frente. Algo en ella me inquietó. Pero solo días después supe qué era: era toda una diablilla caza corazones rotos.

 -Solo quiero saber si me están poniendo cachos –dijo la pequeña.

Ella lucía una falda con estampado de flores y una blusa verde ceniza ceñida que luego se mancharía de sangre. Sus hombros eran huesudos y sostenían un cuello de garza y una cabeza redonda y hermosa. Si la otra chica se valía de su estatura, esta se valió de un cerrado silencio. Yo la había detallado un par de horas atrás, al tomar asiento sola junto a mí. Pidió una cerveza y por largos momentos fijó sus ojos sobre el recodo de la calle. Tenía ese aspecto de guardar malos recuerdos, hasta que aparecieron sus amigas. Así pues, tras unos segundos, sus ojos adoptaron un gesto que no era más que el mensaje negativo a una propuesta indecente. Si algo saben bien las lesbianas al contrario de los maricas, es que no caer fácil en las tentaciones de una pretendiente es más erótico aún que una propuesta oportunista. 

-Ya sabes pues, me tienes dispuesta –dijo la alta.

En las mesas vecinas nadie aguzaba los oídos, y salvo por un solitario bebedor de ron que fingía tatarear la música, ellas parecían al margen del mundo, entre una noche abrumada por la inminencia de una lluvia que nunca sucedió. 

-No me interesas, eres mi amiga –dijo.

No recuerdo si esto ocurrió  un viernes o un sábado, lo cierto es que el café, y ahora bar, estaba inusualmente solo. Con frecuencia los taburetes de la barra se convertían en escenarios amorosos, pero aquella noche estaban sin usar. Y el par de sofás azules mostraban un aspecto macilento, con los huecos para el cuerpo marcados y las manchas de bebida más visibles que nunca. A menudo, no reparamos que los lugares donde ocurren ciertos actos están ya dispuestos para la desgracia. 

Pero esta no es una clase de filosofía barata. Y yo no pensaba en esto allí sentado. 
  
Escuché: 

-Bailemos entonces –dijo una de ellas.

Se metieron al bar. Pidieron una tanda de cervezas y se adueñaron del computador para programar la música y cambiar el rock por salsa. Y así fue, comenzaron a bailar, alegres y divertidas, sin detenerse, emparedándose entre culos y tetas, cogiéndose por el cuello, clavándose los ojos con esa sensual manera de mantener la boca entreabierta y húmeda. Debe admitirse, las cuatro eran bellas, a su modo.

Que sea un bar en donde llegan lesbianas no lo hace distinto a muchos bares del centro. Pero por alguna razón Amadís se convirtió en su lugar de llegada y salida. Allí es dónde chocan sus miradas, donde urgentes manos acarician piernas, donde los besos no son fugitivos. De hecho, es un bar muy corriente, con mesas de madera y una larga barra donde reposan canastillas con deditos de queso. De sus paredes cuelgan cuadros inacabados y sensuales. Lo único a lamentar es que no está provisto de un aparador de licores, y solo un par de botellas de vino son exhibidas sobre una repisa abyecta. El administrador sirve crispetas, prepara cocteles y frita en una cocineta en el fondo papitas francesas, hace malteadas y granizados, sirve ron, vino, tequila y cerveza. Así que cuando vio el bar medio vacío, frío por las ráfagas de viento que corrían por la lluvia próxima, dejó a su suerte el bar para que las chicas se desahogaran.

Admito que las lesbianas me despiertan fascinación. No podría definirla, pero sí conozco su origen: Tuve una novia que se declaró lesbiana. Y esta confesión, hecha años después de que rompiéramos, me hizo comprender muchas cosas que le atribuí al espíritu incomprensible de las mujeres heterosexuales. Pero no. Su origen era otro. Hasta entonces ellas eran distantes, seres extraños y a los que creí que nunca tendría acceso. Ahora entiendo que ocupan todos los lugares y son más comunes de lo que muchos creen. Algunas tienen una cruda inteligencia, otras son ordinarias y fofas, bruscas y brutales, celosas y maniáticas, como cualquier marica. Pero de este crisol puedo rescatar una tipo de mujer sin duda hipnotizaste. Han pasado más de diez años desde aquella revelación, y ahora que me dibujo en este relato real como un bebedor de ron, solitario en un bar donde se reparten más besos entre mujeres que entre cualquier otro género, creo develar ese desconcierto.

De pronto, entre la nube de mi cigarrillo, apareció una mujer que se detuvo en frente del bar. Era hermosa, de una belleza rara, blanca y pecosa en el rostro, de nariz respingada y labios dibujados con un fino pincel. Su cabello era casi rojo, y las formas de sus manos y sus piernas parecían haber sido esculpidas por vientos helados. Era una princesa inmaculada, virgen a toda violencia. No debía tener más de un metro sesenta, y el tamaño de sus senos y su culo eran perfectos bajo un vestido violeta que le llegaba a las rodillas. A esa hora parecía una niña desorientada y resplandeciente. Hasta que pude ver claramente sus ojos. No. Más bien su mirada, turbia y enrarecida. La escena la vi desde la barra que da a la calle, a dónde me había ido a hacer para no perder detalles de las chicas que desde hacía unos minutos habían cedido a besarse. 

No hubo un alma que no se fijó en esa mujer.


En ocasiones, el azar conspira sin omitir detalles. No puedo resistir la tentación de escribir esto, porque lo que siguió a continuación en el bar fue rápido, fugaz y brutal. La chica encantadora y que, ahora lo pienso, tenía ese aspecto de síndrome de Amelie, cruzó la entrada del establecimiento y con un movimiento rápido tomó por el hombro a la chica baja y la obligó a voltearse sobre sus talones. Casi de inmediato, y en el instante mismo en que finalizaba una canción, escuchamos un golpe seco, una bofetada que por poco tira por el suelo a la que había sido hasta entonces para mí la mujer más fascinante. Vi sangre. Luego, la recién llegada levantó un paquete, lo abrió y extrajo de él una esfera negra que puso a la altura del rostro de la desafortunada. Le escuchamos gritar: “¡Feliz aniversario, tonta!”. Y la esfera cayó al piso y rodó, al tiempo que la hermosa joven salía corriendo. Vi entonces que no se trataba de una esfera cualquiera, sino de un busto tallado con devoción, un rostro. Aprecié un cuello de garza que sostenía una cabeza de mujer de gestos sonrientes, y unos ojos alargados y amorosos, detrás de unos lentes de marco grueso.
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