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Crónica I: El centro de Medellín, al filo de la media noche


Esta es la primera parte de una crónica sin afanes, simple y experimental, con la única pretensión del juego. Los lugares, arduo conocidos por algunos, que no dejan de inquietarnos por su naturaleza, concurridos por las personas más variadas, son dibujados aquí como escenas, todas ellas distanciadas por el tiempo y maquilladas por el recuerdo más sincero. Al fin de cuentas, el recuerdo no es más que eso.

Por: Pompilio Peña M.
@pompiliooo

Lo conocí en la universidad: era listo, de ácido humor y fumador de Piel Roja. Ni para bañarse se quitaba un manojo de manillas artesanales que le olían mal, además de que tenía una envidiable suerte con las mujeres y un crudo escepticismo por la existencia. Lo olvidé, él de mí: nuestra amistad no pasaba de sorber cafés y empujar cigarrillos de cincuenta pesos en los corredores. Luego supe por las redes sociales que llevaba un noviazgo con una actriz de teatro. Pasaron siete años hasta que lo encontré vagando con una expresión lunática. Tenía las manos nudosas, las uñas mugrientas, los dientes amarillos y una risa nerviosa y fácil, y unos ojos de pupilas absurdamente dilatadas. En esencia era el calco de mi recuerdo, algo saturado, por supuesto.

-Tú no cambias –me dijo y no le creí, todos dicen lo mismo.

-¿A qué te refieres?

Sopló el café y sorbió un poco. 

-Bueno, que es fácil reconocerte a kilómetros.

No dije nada. No sé si era un cumplido, un alago o un comentario no más. Pensé que me pediría una moneda.

En menos de diez minutos me contó lo que había vivido en siete años. En resumen: su novia, la actriz, le hizo una escena de celos sin motivo, y tan real y persuasiva que J. F. cayó en una trama y terminó convertido en un actor, uno traicionado, sacado a las patadas “de las tablas de su vida”. “Como si nada, se convirtió en una histérica”, me dijo (y codiciosa de atesorar experiencias más allá de lo tolerablemente ético). Pronto la fumadora de marihuana se fugó con un malabarista a las ciudades de la costa. Lo siguiente que supo de ella es que estaba, como él ahora, enterrada hasta el cuello en la adicción al polvo: dejó el escenario por el asfalto y los semáforos para exhibir un espectáculo lamentable en un sanatorio de mala muerte en Itagüí, pagado por su familia.

Le escuché decir:

-Ahora duermo en la calle, en La Playa hay buenos lugares –dijo.

-¿Y por qué estás en la calle?

-No resistí que se fuera.

Y como el efecto de la droga en su cabeza, yo ya, en aquella panadería frete al edificio de los espejos en la avenida La Oriental, quería esfumarme de su vida.

***

Sentados y con la cansada expresión de viajeros sin rumbo, algunos como J. F. pernotan en la droguería Pasteure. Otros se recogen contra la persiana de la pastelería de la 43, y otros más duermen ceñidos en el acceso de Comfenalco, el dormidero más cómodo y seguro para vagabundos. Finalmente todos se encogen: meten sus brazos y su sucia cabellera por entre lo que llevan puesto, y entran en un sueño pesado en apariencia sin retorno. Esto tras la media noche, cuando el barullo de los vendedores de baratijas, el oleaje de la multitud afanada, las risas de las colegialas de cabello extravagante, además del tráfico demente de los buses, se disuelve en las tabernas que en el día fueron sosegados cafés de paso. Mientras los vagabundos duermen, otros bailan, encienden cigarrillos, se abrazan y besan en las esquinas, hacen promesas que olvidarán al día siguiente, finiquitarán negocios, dirán frases de amor aprendidas de telenovelas, y, ¡qué más da!, se desharán de la rutina de un trabajo mediocre ahogando las preocupaciones en alcohol.

Se puede extender la vista. Desde el bar de solitarios en el costado sur de las Torres de Bomboná, camuflado por las crudas luces públicas, pasando al café de lesbianas a un paso de la Escuela de Bellas Artes en una calle sin tráfico, hasta el Parque del Periodista, el corazón lunático del Centro, mediocre y concurrido por una fofa muchedumbre sin esperanzas. 

Pero a este último lugar no llega precisamente el grupo más libertino de Medellín. Este prefiere perder la cabeza en las cantinas rancias detrás del Museo de Antioquia (Queens, Territorio Indio, Taberna Tiburón), ruidosas de guascas,  rancheras y salsas, donde las putas huelen al perturbador equilibrio entre ambientador para carro y confite de menta. Por allí también caminan traficantes provenientes de la Avenida de Greiff en donde pasan la noche al menos quinientos drogadictos arrojados en la intemperie. Siguen el sendero de un insípido parque con arbustos lechosos y llegan hasta la calle Cundinamarca para surtir a las putas, a los obreros, a los vendedores de pescado y frutas, a los oficinistas, tinterillos y demás.

Se apostan ellas en los establecimientos bajo edificios de perfil republicano; también contra la pared del Museo con la calle 52; se sientan en las escaleras de acceso de los moteles para que los transeúntes pueden ver los encajes de sus interiores, y muchas otras extienden su mano para rosar a los hombres que quieren matar la curiosidad de ver la lujuria a los ojos: el amor fácil. 

Si se escogiera de la ciudad el lugar más pervertido este sería: hay putas para los deseos reprimidos más excéntricos. Negras del chocó, altas, carnudas, de labios protuberantes y bovinos ojos amarillos. Las hay blancas caderonas de piel traslúcida, piernas cartas y gordas como las esculturas de Botero a una cuadra arriba de allí; con cintura de Barbie, cejas pintadas con láser, pestañas de muñeca, uñas postizas de rojo fatal, rubias, cuarentonas, veinteañeras, quienes gustan de viejos verdes, que gustan de jóvenes desesperados, que ponen el precio guiadas por la ropa del pretendiente, que dan descuentos por compasión, que aman como si amaran por primera vez, quienes cuentan su mal pasado luego de la faena, que no sonríen… y desengañadas como cualquier quinceañera a la que le han roto el corazón.

Un asiduo visitador de la cuadra, recostado sobre el muro de un cabaret, bebe un trago de cerveza. Sonríe con cariño y perversidad, y sus manos son rudas pero de movimientos femeninos. Su voz está gastada y aguardentosa:

-Si esta cuadra no existiera, Medellín tendría más violadores que prestamistas (él es uno de ellos). Me gustan las mujeres que llegan de los pueblos del oriente porque son amables, cariñosas, tienen los ojos verdes y la piel blanquita y suave, y no tienen ese vicio de puta de sacarte el polvo entre afanes ¿me entiende? Las de Marinilla y San Carlos son las mejores, sin duda.

-¿Y desde hace cuánto viene usted por aquí?

-Hace cinco años, creo, desde que mi mujer me dejó.

Aquí los sentidos son un fuego agitado por vientos desérticos, y como un frío fuego, por una extraña razón que resulta de la lujuria y el libertinaje, el desamparo ocupa un lugar en el corazón de todos: en el fondo nadie es tan feliz como lo demuestra. Por ello se baila, se canta, y por más noche que haya en la calle, adentro de las cantinas el aguardiente hace su trabajo, embellece a las menos deseables, rejuvenece al más viejo, pone a hablar a los más taciturnos, y a bailar a los más anacrónicos: la timidez aquí es un amigo indeseable.

-A las putas también hay que conquistarlas -se le escucha decir a un hombre de corbata, que bien podrían ser un pastor cristiano. Su rostro, sin duda, resistió a una enfermedad cutánea. Es escuálido, de al menos un metro ochenta de estatura y observa con una sonrisa asomada en las comisuras de sus labios diminutos.

-Solo con plata, como con todas las mujeres –le dijo otro.

-Pero queda la sensación de que conquistar sí se puede. 

La escena parece ser la misma en todas partes. Estimulantes caderas se mueven siguiendo el ritmo de una canción, mientras intentan no caer llevando los pasos caprichosos de un pretendiente. Una puta enseña una de sus tetas de madre por dos mil pesos. Otra consiente una mano torpe entre sus piernas mientras besa a un joven molido por el ron. Aumenta el calor y la fuga de viento de los ventiladores crea un denso aire soporífero que dificulta respirar sin sentir que el tiempo no sucede. Hay un sonido nítido: las carcajadas de las mujeres que parecieran estar más a gusto que los puteros sabatinos.

***

Amoblado con mesas de madera, en el bar de las Torres de Bomboná es posible escuchar el clásico rock en español casi en la completa penumbra. Detrás de la barra (un semicírculo empotrado en una esquina), el propietario exhibe una colección indespreciable de cervezas, güisquis y vinos. Además de ofrecer trozos de zanahoria en limón como distractores, en ocasiones una mesera endiabladamente bella arroja una sonrisa que bien puede ser una invitación sexual o una muestra de piedad absoluta: tiene el cabello a la cintura, liso y lustroso, y su rostro pálido bien podría tener treinta como veinte años, dulce y pervertido a la vez. Así pues, los solitarios ocupan las mesas apartadas de la entrada, y las mujeres prefieren el mostrador desde donde tienen el dominio de su inquietante soledad, fingida por el truco de la indiferencia.

-Tiene usted los ojos más hermosos que he visto en mi vida.
Deja las cervezas sobre el vidrio de la mesa. La joven sonríe con vanidad, tiene razones para serlo.

-Gracias –y se aleja contoneando sus caderas. 

Dos minutos después la mujer endiablada besa al camarero: la envidia es un perro bravo apaleado.

-No es tu tipo –dice el de al lado bebiendo su cerveza sin alcohol.

-Sigo sin entender por qué las mujeres prefieren a los camareros.

-Debe ser porque les fían y les dan la clave del wifi.

-Debe ser porque conocen los secretos de sus clientes, y se valen de ellos como materia gris para conquistar desesperadas.

-Qué comentario tan pendejo parce.

Tal vez no haya en todo el centro un lugar en donde se puedan escuchar los versos más tristes del rock, sin dejar de sentir el deseo contenido de robarle un beso a la camarera de ojos de olivo y boca dispuesta: “La esperanza fue mi amante, el desengaño mi amigo”, Andrés Cepeda; “Quiero vivir dos veces para poder olvidarte, quiero llevarte conmigo y no voy a ninguna parte”, Andrés Calamaro; “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás existió", Joaquín Sabina; “Como no te me quitas de las ganas, aunque nadie me vea nunca contigo”, Silvio Rodríguez; “Aprendieron a citarse, manteniendo el riesgo del azar”, J. M. Serrat. 

Ocurrió algo fantástico cuando una de sus mesas fue ocupada por una pareja de novios, una noche lluviosa. Hubo incomodidad, sin duda, y por más que todos quisieron hacerse los desentendidos, sus ojos en algún momento no podían dejar de mirar a los amantes, como una jauría de perros hambrientos miraría una mesa cubierta de bocadillos de carne dentro de una urna de cristal. Ellos dentro del deseo, estos dentro del vacío oficio de la noche. Tanto hombres como mujeres se volcaron a fumar de a poco a la calle. Nadie parecía conocerse. Hacía frío y la lluvia sin duda duraría la noche entera. Nadie se habló. Eran unas veinte personas y cada una ocupó un trozo de acera. Los amantes seguían allí, medio empapados, sin dejar de mirarse a los ojos y acariciándose con ternura.  Dos mujeres más salieron del bar. Una de ellas dijo:

-Hace cinco meses no fumo.

Un hombre que lucía una bufanda y un abrigo marrón, le extiende una cajetilla. Ella lo mira extrañada. Sonríe. Había estado bebiendo vivo desde las ocho y ya era media noche.

-¿Será?

-Es para el frío.

Y la chica tomó un cigarrillo y aspiró como si con el humo entrara a su cuerpo un placer narcótico.

Todos se dieron cuenta de la escena, que fue interrumpida cuando las dos últimas mujeres salieron del bar, ocupado ahora apenas por la chica endiablada, el camarero, y la pareja de novios. Una espesa nube de cigarrillo se diluía sobre las cabezas, y de algún lugar el tufo de una alcantarilla perturbó el ambiente. 

-Es una noche para hacer el amor –luego con vehemencia- ¡¿Qué mierda hace esta pareja aquí?!

El hombre que bebe cerveza sin alcohol dijo que la novia estaba una ‘chimba’, y que le recordaba a una exnovia.

Nadie parecía querer entrar de nuevo al bar. Entonces el camarero se asomó a la entrada y pareció contar cabezas. Debió pasar veinte minutos, y un cigarrillo en la lluvia no dura más que cinco. Otros repitieron la dosis. Una joven cuyo cabello le ocultaba casi por completo el rostro, entró al bar y ocupó su lugar en la barra. Le siguió otro joven y así, casi en fila, el establecimiento se llenó de nuevo. Esta vez hubo un ingrediente adicional, unos y otros comenzaron a charlar y media hora después nadie se acordaba de la pareja de novios que ardía en la oscuridad. El camarero llenó las mesas de cervezas. Una botella de tequila y una de ron fueron abiertas y sin que se hablara del asunto se comenzaron a encender cigarrillos a pesar de la prohibición. Pronto el salón estaba viciado y se podía ver el humo perderse por un tragaluz, la lluvia hacia más líquida la ciudad, lavada ahora de transeúntes. Un hombre de unos cuarenta años se puso de pie y comenzó a bailar, solo, sin que nadie lo siguiera. Por alguna razón este hizo más feliz el salón. Entones ocurrió algo que no esperábamos, la pareja alcanzó el corredor, pasando por el medio de todos, y mientras el camarero le alcanzaba la devuelta, esta se dio el beso más apasionado que jamás se haya visto en un bar sobre la faz de la tierra. O por lo menos eso nos pareció.

Un incómodo silencio se instaló entre las mesas y se pudo escuchar con claridad la música. Cinco minutos después todo el mundo pagó y se marchó.
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