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Artículo: Anatomía de la ropa de segunda mano en un friperie costeño


En Montería adquirir y portar ropa de segunda mano es más común de lo que se cree, y prueba de ello es que en la ciudad hay repartidos por todos los barrios almacenes que solo se dedican a eso, y a cuyos dueños les genera generosas ganancias.

Por: Pompilio Peña M.

¿Alguna vez ha considerado vestirse con ropa usada? ¿No? ¿Le daría vergüenza? Sépalo de una vez que, afirman los que están en el negocio, que al menos el 45 por ciento de los monterianos visten segundazos (unas 250 mil personas), y nos les importa de quién haya sido la prenda o cuál fue su normal o accidentado destino; si la vistió un profesor reputado, un esquizofrénico, un loco, un violador, un asesino, da igual, mientras la prenda no tenga rotos o imperfecciones demasiado evidentes, en los barrios de estratos bajos pasa como prenda de primera.

Porque el negocio es redondo y todo el mundo tiene que vestirse, a Kenia Martelo, en cabeza de su esposo, se le ocurrió abrir uno de estos almacenes en el barrio Cantaclaro hace ocho años después de vender ropa nueva puerta a puerta sin mucha suerte. Allí hoy vende, en promedio, 130 bluyines semanales y al menos doscientas camisetas y camisas. Pero en Cantaclaro este no es el único negocio dedicado al segundazo, siete almacenes más, ninguno legalmente constituido, surten a aquellas personas de bajos fondos que cada tanto quieren darse el gusto de estrenar.

Cada viernes sagradamente, los cientos de mecánicos del sector llegan allí y desembolsillan 5 mil pesos y estrenan una o dos prendas que acabarán en una semana. Otro grupo grande de personas, sobre todo de muchachas, abarrotan su almacén y hacen un barrido meticuloso de las blusas y las faldas más bonitas para lucir en las noches. Estos lugares son lo más parecido a los almacenes de segunda mano franceses conocidos como ‘friperie’, y si bien no se consigue ropa y accesorios de alta costura desechados por adinerados, basta con tener paciencia para hallar el vestido con estilo, el pantalón sin rasguños y hasta la chaqueta sin rotos a un precio no mayor de 15 mil pesos.
-Lo importante es lavar bien la ropa con algún suavizante para que huela rico y ya está –comenta una compradora asidua del lugar que viene desde el otro lado del río Sinú.

El local principal de Kenia Martelo está en el Mercadito del Sur. Pero a este no solo van los mecánicos sino también las amas de casa, sacerdotes y comerciantes de pueblo que han visto en la ropa de segunda una manera de ganar unos pesos de más.


Kenia prefiere trabajar allí porque el ajetreo en ocasiones no es tan monótono, aunque le fastidia tratar con usureros y ladrones; los primeros piden rebaja para una prenda cuyo precio ya es ilusorio, casi simbólico; los segundos asechan todo el tiempo. En este, su almacén principal, tiene más de veinte mil prendas de todo tipo, incluso para niños y mujeres en gestación, clasificadas y ordenadas como en cualquier establecimiento de centro comercial. Por ello es tan conocido en Montería. Allí llegan colegialas de barrios de estratos bajos tan apartados como Rancho Grande, Juan XXIII, Pasatiempo, Costa de Oro, La Pradera y El Dorado.

En este almacén del Mercadito la gente entra, observa y pregunta precios como en cualquier almacén de cadena o boutique exclusiva. En un día malo, Kenia vende 200 mil pesos, en buenos días hasta 5 millones en menos de ocho horas.

Para asegurar el éxito de la empresa hay que conocer todas las retículas del negocio. Kenia las ha recorrido, lleva 23 de sus 51 años tejiendo contactos y estableciendo clientelas. Su vocación de comerciante se la debe a su esposo, Jonh Jairo Mesa, un paisa que había aprendido las mañas de la actividad en la Minorista de Medellín, la despensa de la ropa de segunda de las ciudades pequeñas de la Costa Caribe, el Urabá y el Chocó. El negocio da tan buenos dividendos, que los tres hijos de Kenia estudias en universidades privadas de Medellín y Bogotá.

¿De dónde viene la ropa?

Cada semana arriba a Montería un camión de Medellín con unas cuarenta mil prendas para mujeres, señores, jóvenes y niños, ropa que, a su vez, fue recogida en los barrios de esta ciudad por personas a cambio de loza, pendiente, manillas artesanales o cualquier bisutería. Pero este camión no llega directamente a la capital cordobesa, primero distribuye las preciadas prendas en los municipios de Caucasia, Buenavista y La Apartada. Pero Kenia no se preocupa, en el camión ella sabe que hay dos sacos con su mercancía, las mejores ropas extraídas de barrios pudientes de Medellín como Laureles y El Poblado.

El menudeo de este tipo de ropa es tan acelerado, que Kenia asegura que por lo menos el 45 por ciento de los monterianos se viste con ella. Lo sabe porque está muy atenta a cómo le va a su competencia, cuánto venden y cuáles son los mejores puntos. “En la ciudad hay más de 50 locales legalmente constituidos como el mío, pero casi el doble que no lo son”, afirma Kenia que sabe que de Barranquilla, de modo casi clandestino, llegan pequeños camiones con ropas que surten a los ilegales.


Por supuesto, en esta clase de almacenes, la mayoría ubicados en el Mercado Central, y en la calle 36 con Primera y Segunda, no se hallarán prendas para fiesta de etiqueta, pero si la ‘pinta’ para un fin de semana. Observe: un bluyín puede comprarse, máximo, en 15 mil pesos, casi nuevo; una camisa que le costaría nueva 70 mil pesos, allí la encontraría en 10 mil, con uno que otro hilo suelto. Un traje con flores estampadas de una sola pieza puede conseguirse en 13 mil pesos y hacer feliz a una jovencita en apuros de algún pueblo cercano. El calzado es la única prenda cuyo deterioro es evidente, y solo es adquirido por mecánicos y por aquellas personas que deben hacer oficios duros. Sobra decir que no hay devoluciones por lo que cualquier reclamo posterior no tiene efecto.

Buena compra

No solo citadinos vienen a comprarle a Kenia. Los sábados, cuando está surtida, personas provenientes de todos los municipios de Córdoba se surten de ropa con 60, 80 y hasta 300 mil pesos, para luego revender por el doble. Así que no es extraño ver a campesinos y jornaleros estrenando pantalón, camisa y hasta zapatos los días de fiesta, tanto en Tierralta como San Carlos, Lorica, Moñitos, Chimá o Tuchín… En este negocio ganan todos.

Incluso, pastores de iglesias cristianas también llegan hasta el almacén de Kenia, con el fin de adquirir ropa para niños desamparados; allí llegan incluso modistas expertas que tienen como único propósito aprender cuáles son los últimos corte de la moda para reproducirlos a sus clientelas, que no han perdido la costumbre de la ropa de sastre.

 Y es que usar una que otra prensa de segunda mano no tiene nada de malo, aseguran, siempre y cuando nadie lo sepa. ¿Usted qué piensa? ¿Se le mide?

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Publicado en El Meridiano de Córdoba julio de 2012.
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