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Recuerdos del sobrino de Gabriel García Márquez: "El amor por el vallenato nos unió más que nada"

Gabriel Eligio Torres García.

Por: Pompilio Peña M.
@pompiliooo

-Cuando llegue a México destruye el manuscrito –escuchó que le dijo su tío minutos antes de abordar el avión desde Cartagena.

El sobrino conocía bien el miedo patológico que el hermano de su madre le tenía a estar a más de 20 mil pies de altura dentro de un cilindro con alas. Así que, tras despedirse de su tío cosmopolita, se encerró en su casa y en su cuarto y pasó a convertirse en, tal vez, el primer lector del borrador de El general en su laberinto. Fue una noche en vela tras el rastro de los últimos días aciagos de Simón Bolívar, de la mano de una prosa deslumbrante y reinventada. El autor era Gabriel García Márquez, y el sobrino Gabriel Eligio Torres García, que no pasaba de los 25 años.

Este episodio ocurrió a finales de los años ochenta. García Márquez ya se había consagrado y asistido a cientos de homenajes, y había publicado la que fue para él su novela mejor lograda: El amor en los tiempos del cólera. Ahora intentaba seguir con su idea de escritor consumado sin las fugas obligadas a los discursos y las invitaciones a toda clase de convenciones literarias. Tal vez por ello le tomó tanto cariño a Gabriel Eligio, por aquel entonces estudiante de contaduría, porque él lo alejaba de los elogios de etiqueta. Lo que Gabo –lo llama Eligio- deseaba era saborear sus gustos por el vallenato, la algarabía y la parranda. Para ello Gabriel Eligio era el correcto, había conformado una agrupación que interpretaba las canciones de acordeón más memorables de la sabana del Caribe.

-En esas parrandas con mis compañeros, Gabo pasaba como un parroquiano más, no como el gran escritor –reflexiona Gabriel Eligio, y añade en el recibidor de un hotel en Montería-. Y eso lo fascinaba. Nuestros encuentros eran cada vez que regresaba de México. Cantábamos Leandro Díaz, Los Zuleta, Escalona…


Foto tomada del facebook de Gabriel Eligio Torres.

Poco después de publicada en el 2002 Vivir para contarla, las memorias de su niñez y juventud, en un encuentro casual en Cartagena, García Márquez le dio a leer unos cuantos párrafos de la segunda parte de estas. Palabras más palabras menos, decían que en la familia había personajes tan peculiares que tenía un sobrino capaz de cantar vallenatos con la voz desafinada y aun así se le escuchaban bien.

¿Alguna vez los amantes a la literatura de García Márquez leeremos la segunda parte de Vivir para contarla? Gabriel Eligio cree que nunca, por la sola razón de que ese libro no llegó a completarse por la gravedad con que el alzhéimer devoró la memoria del escritor. Esa segunda parte prácticamente no existe, pero Gabriel Eligio atesora esas pocas líneas que leyó como una revelación divina.

A este recuerdo se une el de la primera vez que lo vio. No tenía más de siete años. Venía de jugar con unos amigos en las playas de Cartagena y entró en la casona de sus abuelos en el barrio La Manga. La madre de García Márquez, Luisa Santiaga Márquez, le advirtió que no debía hacer mucho ruido porque había acabado de llegar el tío Gabo del exterior. La observación se la tomó tan en serio que ni se acercó al escritor a saludar. Éste, en cambio, se arrimó al pequeño Gabriel Eligio, en medio de la sala, y le dijo: “Ajá, ¿y es que usted no saluda?”

-Lo que pasa es que la abuela dijo que a usted no le gustaba el ruido –contestó.

-¿Pero cómo es posible? –dijo Gabriel García Márquez sorprendido y fue a hacerle el reclamo a su madre.

Pero el lazo que los une va más allá. Gabriel Eligio no se cansa de decir en todas las convenciones literarias a las que es invitado, que le debe la vida a Gabo, como le dicen en la familia. A mediados de los años 50, cuando el escritor no pasaba de los 30 años y se destacaba como un joven periodista que hacía un par de años había publicado una novela elogiada, La Hojarasca, se encontró con que su hermana Rita Carmen García Márquez padecía un mal de amores. El padre de García Márquez, Gabriel Eligio García, no permitía que su hija de 16 años quisiera estar con un hombre sin haber terminado al menos el bachillerato.

García Márquez había llegado desde la fría Bogotá a dar la noticia de su casamiento con Mercedes Barcha, que finalmente se realizaría el 21 de marzo de 1958 en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Barranquilla.

García Márquez le dijo a su padre ante la angustia de su hermana.

-Ya es hora de vender la mercancía.

Tras una larga deliberación, finalmente Gabriel Eligio dijo: “Bueno, pueden estar juntos siempre y cuando se casen”.

En 1966 nacería Gabriel Eligio Torres García. Le pusieron el mismo nombre de su abuelo. “Por eso digo que si no fuera por Gabo yo no existiría”, dice Gabriel Eligio, que también se ha tomado muy en serio la literatura y tiene en proceso dos novelas. Es un hombre entusiasta, tranquilo, de hablar pausado pero seguro, que se ha encargado de hacer presencia en encuentros literarios en el Caribe, en homenajes a su tío. Y en ellos, con fascinación, cuenta detalles de su relación con él y lo que significó García Márquez dentro de la familia: “un tío más, cariñoso, amable, pendiente de uno. Siempre que necesitábamos su ayuda estaba ahí, incondicionalmente”.

Cuando se le pregunta a Gabriel Eligio sobre su producción literaria cuenta:

Yo estudié contaduría y trabajé en un banco, y pasé de ser el mensajero a gerente. Luego viví en Nueva York y luego en Miami; fueron casi diez años en Estados Unidos tras el sueño americano, cosa que no existe. Regresé en el año 2008. El caso es que estando allí, en el año 2000, muere Eligio Gabriel, el último de mis tíos, hermano de Gabo y mi madre, que también fue escritor y al cual yo tenía un tremendo apego. Yo lo quería mucho, pero no pude volar a Colombia a su entierro. Todo ese sentimiento de frustración lo desahogué escribiendo. Allá trabajé vendiendo bienes raíces.

Mi primera novela la destruyó junto con mi casa el Huracán Katrina. Mi esposa, mis dos hijos y yo estábamos guardados en un closet mientras terminaba el desastre. Fueron 400 páginas perdidas; era una historia de amor que ocurría en Cartagena por allá en 1700: el huracán entró por la ventana y revolvió todo dentro de la vivienda. Cuando acabó solo hallé un par de hojas de la novela a la que le había invertido mi tiempo libre. Varios meses después comencé a reescribirla. Aún le faltan detalles.


Ahora estoy trabajando en otra novela: El telegrafista, que es la vida de mi abuelo, que muchos llaman el telegrafista de Aracataca pero no es así, el nació en Sincé. Allí quiero reconstruir la importancia que tuvo la sabana de Sucre, Bolívar y Córdoba en la obra de Gabo y nuestra familia. Tengo tíos en Córdoba, en el municipio de Momil, hermano de Gabo y mi mamá, pero hijo de mi abuelo solamente. Esta novela, si todo sale bien, saldrá en el 2015.

(Más sobre el padre de GGM)

Continuamente Gabriel Eligio representa a la familia en homenajes a Gabriel García Márquez y siempre le hacen la misma pregunta: ¿Cuál es el libro que más le gusta de él? Él responde sin ambages que El otoño del patriarca, porque es allí donde su tío despliega toda su capacidad creativa y poética al servicio de la literatura. “Y porque allí hace un experimento literario que hasta entonces no se había hecho con éxitos, y es manejar el foco narrativo desde varios puntos de vista en unidades completas”, afirma. Recuerda, también, que este es el libro más estudiado de Gabo y uno de los más difíciles de leer.

¿Y cuál es el libro que menos le gusta? Aquí duda, echa cabeza, y finalmente dice que el que menos lo convence es Memorias de mis putas tristes, pero como escritor, porque como lector encontró en este corto relato un elogio idílico hacia la belleza de la juventud y la mujer. Según Eligio ya esta novela fue terminada por simple técnica literaria. Gabo, como siempre lo nombra, ya no era capaz de mantener la correlación de las partes de un relato largo: el alzhéimer, una enfermedad que ha despertado en varios familiares, entre ellos su abuela y bisabuela, había hecho lagunas en su creatividad y memoria.

Sin embargo, Gabriel Eligio a pesar de que había escuchado toda clase de rumores sobre la salud de tío, el hijo de este, Gonzalo, lo mantenía al tanto de lo que en verdad sucedía en los últimos años del Nobel de literatura de 1982.
La precariedad de su estado la comprobó el mismo día del gran homenaje que le hicieron en el IV Congreso de la Lengua Española, en 2007, en Cartagena, cuando se le acercó para saludarle en uno de los corredores del evento y García Márquez lo miró de arriba abajo: “¿Y tú quién eres?”. Gabriel Eligio estaba preparado para esta pregunta, así que con toda tranquilidad le recordó su parentesco. Luego llegó la muerte.





Lo que sí es cierto es que el manuscrito de El general en su laberinto, cuya idea le fue dada por su amigo Álvaro Mutis que a su vez le dio todo el material bibliográfico necesario,  no tendrá la misma suerte que el de La hojarasca, que fue regalado por Ligia Ester García Márquez, la guardiana de las memorias de los García Márquez, y quien muriera el pasado 7 de diciembre del 2014, a los 77 años. Muchos años después se supo que este manuscrito fue vendido en una subasta en Nueva York por 250 mil dólares.

La copia del manuscrito original de El general si fue destruido, consumida por el fuego.



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