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Artículo: Los libreros están desapareciendo en Medellín... y los lectores también


 Autor: Pompilio Peña Montoya
@pompiliooo

Medellín. Son otros tiempos, la vida es acelerada y sólo hay ocasión para lo necesario, lo más inmediato. Por ésta y otras razones la profesión de librero está en crisis. Estas son algunas reflexiones de Darío Úsuga, un experimentado librero con más de 45 años en la profesión que tiene como uno de sus orgullos haber hecho parte de la Librería Continental que duró en pie casi 58 años (entre 1943 y 2001) y cuyo propietario es un hombre ilustre entre los libreros de toda Colombia, don Rafael Vega Bustamante. 


Centro Comercial del Libro y la Cultura, Pasaje La Bastilla.
Esos fueron otros tiempos. Hace más de 10 años cerró la Continental y ahora Úsuga no recorre los largos corredores de una librería. Hoy tiene un pequeño y limpio local llamado El Péndulo, ubicado en el segundo piso del Centro Comercial del Libro y la Cultura, Pasaje La Bastilla, en el centro de Medellín. En el primer piso se venden, sobre todo, libros educativos, además de revistas y discos de vinilo. Hoy viernes, 10:00 a.m., es contada la gente que recorre el bulevar. Desde el segundo piso, Dario Úsuga se sienta y comienza a limpiar sus libros. Molière, Borges, Marcel Proust, Conan Doyle, Juan Rulfo, son sólo algunos de los autores que tiene ordenados junto a enciclopedias de variadas áreas. Abrió su negocio hace una hora. En todo el día solo venderá un libro a un amigo casual. Se llevó La isla del tesoro, de Stevenson. “Es para mi hijo”, dijo al despedirse.

Por la escasez de compradores es que aprendió gajes del oficio que muy pocos son capaz de hacer en la ciudad. Se convirtió en una especie de telemercaderista. El hecho de conocer a muchas personas en variados campos del conocimiento le permite tener contactos, conseguir libros, cambiarlos y venderlos. Es así como logra sobrevivir, aunque hay meses en los que apenas gana para el alquiler del local. Hay un factor de peso para que también se le dificulte vender, el hecho de estar en el segundo piso, que desde el primero se ve casi abandonado.

“Diez años atrás aún era posible que alguien me dijera que le empacara cinco libros porque se iba a leer a un finca. Ahora no, son contadas las personas a las que les vendo. Lo que hago es que cuando me llega un libro, llamo a un posible comprador y se lo ofrezco. Conozco a muchos investigadores y personas que tienen sendas bibliotecas”, añade Úsuga. 

Abajo, en el primer piso, después de las 2:00 p.m., el movimiento es continuo, pero no precisamente de compradores sino de otros libreros que traen y llevan mercancía. Aquí se pueden comprar libros que en librerías tendrían un precio alto. Literatura, filosofía, ciencia, revistas; los géneros y la calidad son múltiples. Aquí la gente no solo puede comprarse un libro sino también vender los que ya no quiere tener en casa. 

Por supuesto, estos puestos no son pequeñas librerías. Son más bien tiendas, como podría serlo una de barrio. Las librerías, las verdaderas, comparten otro ámbito, menos mercantil y más culto. Está claro, si se llega a una librería y allí no se forma la tertulia, la discusión en torno a un autor, algún músico, algún artista, alguna época, entonces no es más que una tienda cualquiera. Y el librero, dueño del sitio, es el primero que debe propiciar esta clase de corrillos.

Otros tiempos 
La economía del libro en Medellín hace unos 45 años era dinámica. Según algunos libreros de profesión en la ciudad aún existía apego a los libros. Era poca la gente que no llevara en su maletín o bajo el brazo un ejemplar cualquiera, como también existían cafés en donde se acostumbraba a hablar de literatura como si no hubiera otra cosa más que comentar en la vida. 
Fundadores de Palinuro: Luis Alberto Arango, 
Sergio Valencia, Elkin Obregón y Héctor Abad. 

Luis Alberto Arango, librero de la Librería Palinuro (entre Caracas y Córdoba, en el Centro de Medellín), como Darío Úsuga, cree que vender libros es un negocio duro y que cada vez es un poco más difícil sostenerse en el mercado. Es por ello que recuerda con gusto cuando Palinuro estaba recién inaugurada hace ya más de siete años. En muchas ocasiones, en medio del remolino de los visitantes y compradores, se formaban pequeñas romerías que terminaban agrupándose en tertulias jocosas e intelectuales. Siempre hubo alguien que criticara un libro, recitara un poema o lanzara nueva luz sobre una discusión que se creyó dilapidada en encuentros pasados. 

“La gente prefiere leer los libros que sacan los secuestrados, textos que por cierto tienen muy poca fuerza literaria. En Palinuro vendemos libros de segunda y de la mejor literatura, desde los clásicos pasando por el siglo de oro español. Sin embargo, uno tiene sus clientes y la librería se mantiene en pie. Cuando comenzamos, el escritor Héctor Abad Faciolince, uno de los socios, hizo el siguiente comentario para calmar nuestra zozobra cuando vimos que el negocio comenzaba a decaer: “Dentro de un mes nos quebramos, pero vamos a quedar todos con buena biblioteca”, comenta Arango. 

Y es que, primero que todo, ser librero no es sencillo, la profesión no se reduce sólo a leer y conversar: Hay que saber de literatura, de autores, de editoriales, de cultura general. De hecho, hay que saber sobre los gustos de los lectores, saber recomendar. Hoy la mayoría de personas que trabajan con los libros no saben siquiera nombrar cinco escritores colombianos, no saben quién es Germán Espinosa o Andrés Caicedo. A duras penas tienen en la cabeza unos cuantos títulos de Vargas Vila, y eso porque, a pesar de ser un escritor satanizado, hoy se lee igual o más que García Márquez. Los vendedores de libros piratas, como José Salgado, quien se ubica a las afueras del Pasaje La Bastilla para pescar clientes que nunca llegarán al puesto de Úsuga, afirman que las novelas y aforismos de Vargas Vila son reeditados clandestinamente cada tres meses.

Luis Alberto Arango y Darío Úsuga conocen bien los libros de Vargas Vila, uno de los llamados escritores malditos colombianos. También tienen en la mente algunos títulos de narconovelas y sicarescas, y otros tantos de la llamada literatura de ‘auto ayuda’, cuyos autores más reconocidos son Paulo Coelho y Water Riso. Estos son los libros que más se venden. Sin embargo, ambos libreros se reúsan a adquirir este tipo de libros, sobre todo los editados en la última década. Según Úsuga, hay novelas ejemplares como La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, pero Vallejo es pura fuerza narrativa. 

Una de las razones para no vender esta clase de textos es la siguiente: la ‘auto ayuda’, por una parte, es una literatura que no le salvará a la vida de nadie, y casi siempre quienes la adquieren son personas con serios desequilibrios emocionales que buscan consuelo en los consejos cifrados de estos autores; en vez de cultivarse intelectualmente, lo que están haciendo es limitar su conciencia. 

Las narconovelas y demás, por otro lado, lo que hacen es revindicar el papel de personajes que viven dentro y para el hampa colombiano, dándoles valores que, gracias a la trama, puede llegar a confundirse con los ideales. En una sociedad como esta, que ha experimentado toda clase de violencias, para muchos libreros esta literatura es deleznable. Además de que está pésimamente escrita.

Lo peor del caso es que quienes leen este tipo de libros nunca comprarán un ejemplar original, siempre echarán mano de los libros piratas. Y para un genuino librero, vender un libro pirata es casi como si un joyero se atreviera a vender cadenas y anillos de bisutería. Claro que los joyeros nunca estarán tan mal.  


Vendedor de libros piratas.
Pero los librero tiene que hacer más cosas: hay que limpiar el polvo, atender los cliente, vigilar que algún intrépido no se robe un ejemplar, hacer los pedidos, lidiar con los persistentes vendedores de las editoriales, comprar, clasificar y ordenar los ejemplares y soportar aquellos clientes que llegan por un libro que desean leer desde hace más de diez años y del que solo recuerdan que es “pequeño y de tapa azul”.

Lectura, de pocos 
Lo que más molesta a Úsuga no son los libros piratas, sino los libreros piratas, es decir, aquellas personas que comercializan con los libros sin realmente no tener la vocación. Según Úsuga, lo que ha estado haciendo mucha gente en los últimos años es vender libros como una mercancía cualquiera. De igual modo, las personas que quieren tener un libro, desde el momento en que ingresan al Pasaje, están siendo asechadas por personas que preguntan “qué libro busca”, obstruyendo la posibilidad de que ingresen a La Bastilla y adquieran su ejemplar con los que saben. 

La gente tiene que saber que leer un buen libro no es caro. Con 5 mil pesos puede tener un ejemplar de los cuentos de García Márquez, por decir alguna cosa, y por el mismo precio adquirir un ejemplar de La Metamorfosis de Kafka o Pedro Páramo de Juan Rulfo. “Lo otro que nos está matando es el facilismo a la que la gente se está acostumbrando con las nuevas tecnologías: descarga libros de internet y comprarlos también por allí tanto electrónicos y físicos”, puntualizó Úsuga.

Entrevista a Rafael Vega Bustamante, fundador de la librería Continental:




Publicado originalmente en EL MUNDO de Medellín en noviembre de 2010.
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