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Crónica: De cómo se llega a ser atea a los 17 años


Por Pompilio Peña Montoya. 
@pompiliooo

Fue una resolución sin dramatismos. Cuando Aura* leyó la última palabra del libro dijo como Nietzsche, "Dios ha muerto", y sintió que el miedo que le oprimía el pecho desaparecía. De repente, también, todo adquirió ante sus ojos sentido: la doble moral de la gente, la verborrea de su vecina cristiana que condena a la hoguera, lo que ella llama "el machismo religioso" de la mayoría, el mal sin sentido, la guerra entre religiones, la inquisición y los crímenes pasionales.

Este episodio ocurrió hace un año, una madrugada sofocante en su cuarto. El libro se llamaba El papa rojo, de J. J. Benítez, que no trata del ateísmo, pero en cuyas páginas se despliega una trama accidentada sobre los hilos oscuros del poder en el Vaticano. Su mamá, su padrastro y su hermano dormían. Y Aura se creyó poseedora de un secreto.

Ella nunca ha leído a Nietzsche, de hecho no sabe quién fue. De hecho, nunca ha tenido en sus manos libros que defienden el ateísmo. No sabe quién es A. Schopenhauer, ni B. Russell o Sartre, conocidos pensadores ateístas, cuya negación de la existencia de Dios es tan mutante entre ellos como el Dios en que cada quién cree. Lo increíble es que Aura tiene 17 años y una vocación frenética por la lectura. Vive en un barrio del sur de Montería, ama los animales y defiende la homosexualidad. La persona que más ama es a su abuela, así ella le haya dejado de hablar cuando supo que había matado a Dios.

Aura ríe con facilidad y más cuando recuerda aquella tarde en que llevó a su abuela al parquecito cerca a su casa para confiarle el secreto. Temió que la rechazara, que se desmayara, que le diera un infarto.

—Oh, mami, ¿qué pensarías si te dijera que soy atea?

—Si eso es lo que quiere, yo la acepto.

—Menos mal, porque lo soy.

Al tercer día la abuela se desahogó: "Ay, mija, y yo que te llevaba tanto a la iglesia". Su abuela era una gran lectora. Lo atestigua un baúl suyo atiborrado de libros que guardaba en una finquita que luego desapareció. De ellos Aura pudo rescatar un libro de cuentos de Edgar Allan Poe que hoy ocupa un lugar en su biblioteca de un centenar de libros por los que, según ella, sabiendo lo inútil del acto, "metería las manos al fuego".

Cuando su madre se enteró de su ateísmo pegó el grito en el cielo. Bajó a la tierra y se calmó; estuvo a punto de golpearla. Le hizo a Aura una advertencia.

—Solo no le cuentes a los vecinos tu locura.

Hoy Aura estudia Literatura en la Universidad de Córdoba y está en primer semestre. Allí supo que no era un bicho raro, que había otros como ella, ateos. El descubrimiento: la biblioteca del Alma Máter. Este mundo era inimaginado hace dos años atrás, cuando comenzó a abandonar la religión.

Lo sorprendente es que Aura se graduó de un colegio religioso del Centro de Montería, donde se comienza la jornada con una misa. En grado 10°, su profesor de religión leyó una cita del Deuteronomio, que, según recuerda, exigía a las mujeres ser sumisas ante sus esposos, casi de un modo esclavizante. Así que se embarcó en una tarea titánica para sacar sus propias conclusiones: leer de cabo a rabo la Biblia. Un mes después tenía anotadas todas las "barbaridades que hallé, desde genocidios, traiciones, plagas, exterminios e insultos, humillaciones y esclavitud, hasta asesinatos de niños y mujeres", comenta Aura, y apunta que el Apocalipsis le pareció una extraordinaria historia de terror.

Quedó confundida, ¿cómo un libro tan violento es la guía espiritual de muchos? Jesús, sin duda, fue una persona buena, pero ¿por qué hay tantos jesuses y tan diferentes? Investigó en Internet y se enteró de la inquisición. Luego llegaron los interrogantes existenciales, los mismos que se han hecho los filósofos ¿Por qué si existe Dios, un ser de absoluta misericordia, omnipresente, hay violencia en el mundo? Sintió miedo. Pensó que el diablo era quien gobernaba.

Aura advirtió después la violencia de la vida cotidiana: gente que habla pestes de otras, los envidiosos, los engreídos, los humillativos. En apariencia, pequeños males individuales, pero que sumados representan grandes males sociales. "Allí nacen los oportunistas; y la gente es hipócrita, si hay algo que odio de mi sociedad es eso, y va a la iglesia, se santigua y da diezmos", apunta Aura.

Reflexiones parecidas se generaban en los descansos en la escuela con un grupo de amigos: una compañera que quería ser monja, uno sacerdote, un testigo de Jehová y una rockera que creía en Dios pero que no en el cielo ni en el infierno. Fuera de estas charlas, lo que más le gustaba a Aura era ir a la biblioteca del colegio donde una mañana descubrió la novela Verónika decide morir, del brasileño Paulo Coelho.

Aura, por supuesto, no había decidido morir, aunque alguna vez intentó el suicidio. Su padrastro, desde hace nueve años, cuando llegó a su casa "a vivir a costa de mi madre", le hizo la vida imposible. Entonces nació su hermano y ella se volvió un cero a la izquierda. Y su padrastro su perdición: "Eres una hija de Satán", le decía. A los 15 años tomó un cuchillo de la cocina, se encerró en el cuarto, se imaginó muerta en el suelo sobre un tapete de sangre. Se horrorizó. Entonces llegó el amor por los libros y el encierro, en un cuarto en donde lo único ordenado es la biblioteca.

El libro de Coelho trata de una joven que lo tiene todo y no le halla sentido a la vida; tras un suicidio fallido descubre, dentro de un centro psiquiátrico, que su muerte está cerca: descubre la naturaleza del arte, el amor, la sexualidad, entonces su vida adquiere sentido. Aura se sintió conmovida por el Verónika. Algo de ella se dibujaba en su interior.

Aura tiene una nariz afilada, los ojos interrogadores, los dientes blancos y parejos, y un cabello castaño que cae sobre unos anchos hombros. Es de pocos amigos, y quienes la conocen afirman que es extraña y obsesionada: no toma, no fuma, no está interesada en hombres ni en la moda; tiene una lista de 47 libros que pretende leer, y otra lista con los 102 libros que ya leyó. Como no tiene plata para comprar los libros que no encuentra en la biblioteca, los descarga del internet y lee hasta la madrugada. Hace cinco meses usa anteojos.

Hace cuatro meses abrió, con una amiga, una página en Facebook para que los ateos de Montería expongan sus puntos de vista; no tiene más de cien integrantes, pero es activa, aunque ya está siendo filtrada por personas que no hacen otra cosa que poner insultos.

La lectura le enseñó algo valioso, aprendió a hablar sin miedo en público y, como ella misma dice, "en un mundo de hipócritas, los sinceros son los malos". Leyó la frase en algún lugar. No piensa en el infierno. El diablo para ella es un invento, como Dios. Lee, lee mucho. Investiga en Internet. Todas las noches, antes de acostarse, practica un juego en la oscuridad, toma un libro de su biblioteca y adivina al tacto cuál es: No falla. Prende una lámpara de su mesa de noche, se acomoda en la cama, aprieta el libro contra su pecho como si fuera una muñeca que mima, y comienza a leer hasta ser vencida por el sueño.


*Nombre cambiado por solicitud de la fuente.

Crónica publicada en EL MERIDIANO de Córdoba el 14 de septiembre de 2014
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