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Crónica: El optimista fabricante de ataúdes del barrio Aranjuez en Medellín


Gustavo Vélez, carpintero de profesión.
Por: Pompilio Peña Montoya
@pompiliooo

Aranjuez, Medellín. Gustavo Vélez dice que vivimos en el infierno. “Y hago cajones pa’ los muertos”, comenta con una sonrisa tomando el martillo para fijar una de las puntillas que sostendrán la tapa de un féretro. “Llegas a este mundo y tienes que preocuparte por un arriendo, la comida, los hijos”, añade y se mete dos clavos más a la boca. Levanta su brazo un poco y da el martillazo. Lo repite. El féretro que está terminando es para una persona joven, mujer preferiblemente, por el color azul celeste del esmalte. Luego dice: “Esto aquí es una lucha constante. Aquí está el cielo y el infierno”.

Cualquiera que lo escuche decir estas palabras pensaría que es un hombre pesimista y aburrido. Sin embargo, se considera un hombre tranquilo al que la vida lo predestinó a trabajar en un oficio particular que podría considerarse un arte, pues la manufactura de sus cajas mortuorias es compleja y requiere una dedicación que sólo unos pocos alcanzan. Gustavo apuntala que quiere que todos sus ataúdes sean perfectos porque puede llegar a pasar que algunos de ellos sea el que utilizará para su sueño eterno.

Su taller es una de las viviendas más antiguas de la Comuna 4 de Medellín: tres pisos de gruesas y frías paredes de tapia envejecidas por el polvo que flota en todo su interior como una neblina. Según Gustavo, la última mano de pintura que recibió su fachada fue hace 25 años, pocos meses después de que dejara de funcionar como residencia de paso para viajeros. Hoy esta casa, que cuenta con más de 70 años, tiene un aspecto lúgubre y casi sombrío, que corresponde muy bien a lo que allí se fabrica: ataúdes, aquellas últimas moradas estrechas y duramente acolchonadas, en las que los cuerpos se consumirán por el abandono del tiempo.

Según Gustavo, cuyo lugar de trabajo es el tercer piso en una amplia habitación, trabaja de la mano con la muerte. Asoma de vez en cuando el cuerpo por el ventanal y mira los cajones que se secan al sol en la acera y que terminó de ensamblar después de que pasaron por las manos de sus trabajadores, tres de ellos hermanos suyos. Después verificará que el terciopelo esté bien engrapado, que la pintura no esté corrida, que las curvas de la madera sean las adecuadas. Hay sonidos de sierras, de lijas, golpes de martillo que si no fuera porque las seis ventanas de la fachada están abiertas, podrían quedarse por varios segundos rebotando contra las paredes.

Y es que según como cuenta su historia Gustavo, es como si la muerte le hubiera encomendado este oficio desde la niñez. En su juventud fue un chico rebelde a quien no le gustaba ni poquito el estudio. Por aquel entonces cursaba el bachillerato en el Liceo Gilberto Alzate Avendaño, y siempre al final de un periodo las faltas por asistencia manchaban con bajas calificaciones sus notas finales. Su pasión estaba detrás de una pelota; prefería convocar a un grupo de amigos iguales de rebeldes que él a jugar un ‘picado’ de fútbol en la cancha más cercana.

“Mi padre fue un tipo recio y, por supuesto, a él no le gusta nada que yo fuera tan desjuiciado. Mi mamá si era más alcahueta”, comenta Gustavo quien lleva más de 30 años en el oficio. La verdad es que él sólo quería jugar y odiaba, como ahora, tener un horario de trabajo. Fue entonces cuando conoció, no teniendo más de 20 años, a Orlando Lotero, quien en la actualidad es el mayor proveedor de cajas mortuorias que posee Medellín. “Él me dijo, ‘Gustavo, vos como que no haces nada, mañana te espero en el taller’, y al día siguiente fui”, dice.

Las primeras puntillas
Trabajar con la madera, y más para hacer ataúdes, fue para Gustavo una revelación, aunque no le causó mucha gracia manipular cortadoras ni mucho menos lijar o sacar brillo a la madera; el trabajo lo sentía rudimentario, sin gracia… sin pelota.

-¿Pero entonces qué es lo que querés hacer? -, le preguntó el señor Lotero una tarde en la que el rebelde Gustavo se quejó de tener las manos agotadas de frotar las curvas de las tablas.

Fue entonces cuando se dio cuenta que su gusto estaba en pintar. Así, poco a poco, Gustavo fue conociendo el oficio, el proceso de creación de un féretro desde el momento en que llegaba la madera del aserradero hasta que el cajón adquiría esa forma fúnebre y sin esperanzas. Había que trabajar si quería tener plata para conquistar a la que hoy es su mujer.

Desde entonces sus manos adquirieron ese aspecto duro, calloso y áspero. Hoy las tiene manchadas de pintura y comidas por los químicos de los colorantes y los disolventes. Ya han pasado más de 15 años desde cuando el señor Lotero decidió dejarle la carpintería de Aranjuez, para él irse a administrar otras fábricas de féretros en el centro de la ciudad. Eran mediados de los años 90, cuando la violencia del narcotráfico comenzaba a cesar y no dejaba los 90 muertos diarios de finales de los años 80 y las fábricas de cajones mortuorios de la ciudad no daban abasto.

Hoy en la casa los cajones van y vienen por los corredores y las escaleras y el sonido de una canción de salsa sale de una vieja radio junto a una mesa repleta de instrumentos de carpintería, latas de pintura, clavos, lijas y estopas. Uno de los hermanos de Gustavo está en el primer piso tratando la madera virgen, clasificándola, ejecutando algunos cortes. Su otro hermano permanece en un cuarto oscuro en el segundo piso rociando la madera tratada con pintura; también lija y pule.

Cualquier persona pensaría que este es un negocio redondo, al fin y al cabo, muertos hay todos los días. Lo que la gente desconoce es que el mercado que gira en torno a este quehacer es competitivo y hasta sucio. Por ejemplo, según Gustavo, es normal que la competencia mande un carpintero a las funerarias para ver los cajones más bonitos y buscar la forma de imitarlos. Se ha sabido que incluso los carpinteros espías asisten a los entierros de personas ricas y se hacen pasar por amigos del difunto; ponen cara de compungidos, se acercan cuando el muerto está expuesto en medio de la muchedumbre y toman fotos. Cualquier detalle en el féretro podría ser decisivo para postularlo como único y original.

Pero los estilos de la ‘Carpintería Gustavo Vélez’ son casi todos invenciones de Orlando Lotero, a quien considera como un padre, un hombre que tiene el ingenio para acoplar a sus ataúdes formas y estilos únicos que poco a poco fueron siendo reproducidos por competencias inescrupulosas. Lotero, extraña mente, soñaba con féretros: por semana enterraba en sus profundos sueños a algún amigo o familiar, y al día siguiente a primera hora llegaba a dar instrucciones en la carpintería de cómo cortar algunas de las cerca de 40 piezas que conforman un ataúd. Además llama a Gustavo r

“Pero nosotros ya tenemos mucha tradición y muchas funerarias saben que nosotros hacemos cajones de buena calidad”, comenta Gustavo, quien añade que otro de los factores que hace el negocio difícil, es que hoy por hoy se está implementando con mayor regularidad la costumbre de cremar los cuerpos. “Es por ello que los cajones ya no se venden como antes, las funerarias lo que hacen es reenviárnoslos para que nosotros volvamos a tapizar”, afirma y saca cuentas: por semana está tapizando de nuevo unos cinco féretros, en una fábrica que manufactura 30 por mes.

Las horas se van volando en esta casa que antes de las 4:00 de la tarde comienza a prohibirle el ingreso a los rayos del sol. Ahora lo que tiene en mente Gustavo es terminar de darle la educación universitaria a su hijo y compartir buenos momentos con su familia. “A pesar de que trabajo para la muerte, nunca pienso en ella. Creo que ésta es como la suerte; siempre está a tus espaldas, nunca se sabe cuándo va a llegar”, concluye.

Esta crónica fue escrita para La Pupila, periódico de la Comuna 4 de Medellín, año 2009.
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