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Crónica: Del infierno a La Gloria, de como una casa propia cambia la vida de una familia

Las casas de interés prioritario que la Alcaldía comenzó a entregar le han cambiado la vida a cientos de personas que por años han pasado dificultades. Marciana Torres es una de ellas. Madres de seis hijos y víctima de la violencia, ha tenido que salir adelante con grandes esfuerzos. La vida le fue adversa en varias ocasiones. Hoy su historia es distinta y vive feliz.


Urbanización La Gloria, tiene mil 600 Viviendas de Interés Prioritario.

Por: Pompilio Peña Montoya

Marciana Torres cuenta su historia:

Vivo en un sueño. Todavía me pasa que me levanto en mitad de la noche para mirar por la ventana a ver las torres de enfrente, las luces titilantes del barrio 2 de Septiembre junto al Cerro, y el cielo, ese cielo bonito donde está Dios, en el que siempre creí en los momentos difíciles. Siento el viento. Se me salen las lágrimas y me digo 'esto no puede estar pasando'. Todo desde aquí arriba se ve más bonito, limpio. Siento a mis hijos durmiendo. Miro a mi compañero en la cama. Eso me pasa estas noches, que no me creo que estoy viviendo aquí en La Gloria. Soy la mujer más afortunada, y se lo puedo asegurar porque viví épocas que no se las deseo a nadie.

Hoy tengo un palacio. Vivo en el cuarto piso de una de las torres de La Gloria (una de las urbanizaciones de Viviendas de Interés Prioritario, VIP), desde hace dos meses. Hoy tengo de todo gracias a mi compañero: nevera, estufa, lavadora, camas, televisor, tacitas donde servir el café; antes no tenía ni para el café. Dos de mis hijos mayores trabajan ya. Son juiciosos. Pero antes, hace unos cuatro años, vivía en una casa donde el piso teníamos que tapizarlo de periódicos porque era casi de pantano. Teníamos techo de palma en Cantaclaro; ni con pozo séptico contábamos. Yo, sola, y con mis seis hijos.


Yo, como cientos de víctimas de Montería, tengo recuerdos difíciles. Y para que entiendan por qué me despierto a media noche tengo que contárselos. Y no les diré mentiras porque Dios me castiga, y él me dio esta casa.


Mi nombre es Marciana Torres Guzmán. Nací en junio de 1973 en el corregimiento Nuevo Paraíso (Montería). Esa tierra fue hasta mis 14 años eso, un paraíso, porque luego fue mi infierno.



Marciana Torres Guzmán junto a Carlos Sevilla y su hija menor, en
su nueva casa
.
Vivíamos en una finca de diez hectáreas, mis 15 hermanos y mis papás, todos trabajábamos la tierra. Sembrábamos yuca, papoche. Los hombres eran jornaleros. Las mujeres estábamos dedicadas a la casa.

Yo tenía 15 años cuando mataron a mi hermano Víctor. Él tenía 35 años. Meses antes nos habían intimidado a todos en el pueblo con mensajes de guerra: que iban a bombardear cada casa. Luego aparecieron los malos. Eran hombres vestidos de camuflado, con armas largas, morenos, algunos de bigote, flacos. Sabíamos que ellos habían escrito las cartas. Pero como no debíamos nada, ajá, ¿por qué nos íbamos a ir si era la tierra nativa de nosotros?


"Fue más fuerte su carácter"


Recuerdo entonces que una noche, antes de lo de Víctor, escuchamos unos gritos. Salimos y vimos cómo las llamas terminaban de consumir la única tienda del pueblo. Los malos nos estaban haciendo a todos una advertencia.


Así que mi familia cogió miedo y decidimos irnos para un pueblo cercano. Allá una tía nos dio posada hasta que las amenazas pasaran. A pesar de las malas noticias que nos llegaban de allá, mi hermano Víctor, el mayor, junto a su esposa y sus cuatro hijos, decidió regresar a la finca. Le rogamos, con lágrimas, que no fuera. Pero fue más fuerte su carácter.


Nosotros lo íbamos a visitar de vez en cuando allá, sobre todo las hermanas mujeres porque se rumoraba que a los hombres toditos los iban a matar. Corría el rumor que Nuevo Paraíso lo iban a convertir en un pueblo de viudas.


En una de esas visitas con una hermana mía un grupo de soldados nos detuvo en el camino y uno me miró a los ojos y me dijo: '¿No ve? ¡Eso les pasa por no decir nada!'. Nosotras nos miramos y nos pusimos nerviosas y seguimos adelante en burrito.


De ahí llegamos a la finca pero no había pasado nada. Respiramos. Mi hermano, al que le decíamos papá, nos dio un abrazo. Le contamos lo que nos pasó en el camino. Nos dijo que no debía nada.


A los ocho días fue que pasaron las cosas. Esa noche estuve ahí. Llegaron unos hombres y primero fueron por el marido de una vecina. Uno de ellos lo buscó por los cuartos de la finca. Cuando abrió el dormitorio uno de los hombres encontró a los niños llorando. Entonces gritó: '¡No jodaaaa, aquí solo hay niños!'. Lo encontraron atrás, cogiendo el burro para escaparse. La vecina me contó que se fue detrás de los hombres suplicándoles que no le hicieran nada a su marido. Eran como diez. De ahí se acercaron a la finca donde estábamos.

Carlos Sevilla, Marciana Torres, Nicol Esteves, Mirleth Julio y
Abraham David Julio
.

Nos dimos cuenta de su presencia porque uno de ellos pateó el perro. Mi hermano se encerró en el cuarto. Estaba tembloso. Entonces los hombres le prendieron fuego al frente de la casa. Salimos por la parte de atrás con los cuatro niños. Entonces escuché las últimas palabras que dijo mi hermano, ya sin miedo, con una determinación que hoy me eriza la piel: 'Ajá, ¿y por qué me van a matar si yo no he hecho nada?'. Uno de los hombres le gritó: '¡Baje el niño, baje el niño!'. Porque él tenía una de sus hijas en brazos. Igual le dispararon. Mi hermano cayó a un lado, la niña al otro. Luego mataron a mi vecino y vi a su esposa llorar sobre su cuerpo. Nosotras llorábamos el nuestro. Era 1988.

Mis padres se fueron para Palo de Agua, en Lorica, e invadieron en la orilla del río. Mi familia se desintegró. Unos se fueron para Leticia, otros a San Rafael, otros se marcharon a Moñitos y otros más cogieron para San Pedro de Urabá. Yo cogí para Moñitos.


"Mi segundo calvario"


Allá me enamoré. Conocí al papá de mis hijos. Era jornalero. Quedé embarazada y me fui a vivir con él y su papá. Luego nos mudamos para Cartagena. Allá comenzó mi segundo calvario. Él me trató muy mal, me hacía desprecio y otras cosas feas. Tuve cinco hijos seguiditos. Decidí dejar a ese hombre y me regresé a Montería. Dejé a mis hijos menores en Moñitos, al cuidado de mis hermanos y me vine con la mayor, que tenía siete años, a Montería.


Comencé a trabajar en una casa de familia que me aceptó con mi niña. Allá duré cuatro años. Trabajaba juiciosa. Con el tiempo me conocí con el papá de mi hija menor. Pero también me fue mal. Cuando nació la niña se comportó como un patán: borracho, grosero, y eso que antes para conquistarme era todo bonito. Nos mudamos muchas veces y yo no duraba en un trabajo. Nos echaban de las casas. De Edmundo López fuimos a Cantaclaro, ahí viví en una casa de palma humilde que cuando llovía el agua nos llegaba más arriba de los pies. El tipo con que estaba no nos compraba nada: eso no es un hombre. Hasta que me dejó. Lloré.


Por cosas de la vida decidí traerme el resto de mis hijos a la casita de Cantaclaro. Así que éramos siete, mis hijos y yo. Me iba a trabajar en casas de familia por muy poco. A mis hijitos menores los dejaba encerrados y una vecina me les echaba ojo en las mañanas. Llegaba yo a hacerles la comida. No sé de dónde sacaba fuerzas. Ellos son mi luz.


Cuando pensé que todo estaba perdido a mi vida llegó Carlos Sevilla, mi actual compañero. Él comenzó a cuidarnos. Se fue a vivir con nosotros en esa casa con piso de barro que teníamos que cubrir con periódicos. Hasta se enfermó porque no estaba acostumbrado a vivir en esas condiciones. Mis hijos lo aceptaron. 


Una tarde Carlos llegó con el periódico EL PROPIO y me dijo que yo estaba en una lista de beneficiados con casa. Por primera vez en 20 años volví a sonreír con alegría. La nota decía que tenía que llevar unos papeles a Tacasúan para entrar en una convocatoria.

En una casa como estás vivía Marciana Torres con sus seis hijos hace
un par de años
.

Comenzó a cambiar mi vida. Carlos nos hizo pasar para una casa en Villa Sorrento. Por primera vez en más de cinco años comencé a vivir en una casa con piso de cemento.


En el proceso de convocatoria para las casas VIP me asignaron el número 699. Un número feo. Hasta una vecina me dijo que con ese número era imposible ganar algo. Y yo tenía mal agüero con los número porque una vez soñé con mi hermano y él me dio el 475 para el chance. No lo hice y cayó. Por poco y me desmayo.


Hasta que la Alcaldía nos citó en el coliseo del colegio Guillermo Valencia para el sorteo de 320 casas. Los que aspirábamos a una estábamos sentados mirando cómo giraban una burbuja llena de balotas. Una de ellas tenía mi número, 699. Habíamos como quinientas familias. Yo veía cómo los ganadores iban pasando al frente. Lloraban de felicidad. Saltaban. Yo por dentro le pedía a Dios. Cuando asignaron la casa 300 fui perdiendo las esperanzas. Hasta que escuché mi nombre cuando por los altavoces lo repitieron por tercera vez, no me lo creía.


Hoy vivo en La Gloria. Tengo un palacio. Dios me regaló a Carlos, un hombre que me quiere. Aquí la gente se comporta bien. Mis hijos están sanos. Soy feliz. Y mi pasado, ese está enterrado.


Crónica publicada en El Meridiano de Córdoba, Día 7.
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