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Crónica corta: Motilando en la Ronda del Sinú, a la orilla del paraíso, en Montería





























Por: Pompilio Peña Montoya - 
@pompiliooo
pompiliooo@gmail.com

Domingo Villalba toma entre sus dedos un mechón de pelo encanado de su hermano, y ejecuta un corte limpio (otras veces simplemente pasa la máquina). La mota ahora sin dueño, como algodón de azúcar, parece ir desapareciendo al caer. Domingo peina de nuevo y cierra las tijeras. De una vieja radio emana un herrumbroso bullerengue que se pierde entre el cantar de los pájaros. A un par de metros, a donde no llega la sombra de los altos árboles de la Ronda del Sinú, una luz ardiente de plomo que atraviesa todo con su letargo, rivaliza con el delicioso fresco donde está el quiosco de los Villalba, los peluqueros del paraíso.

Hoy no hay clientela. Así que una vez Domingo termina con Agustín, también peluquero con 53 años en el oficio, dispone un tablero donde las damas son tapas de gaseosa. Comienza el juego. En menos de tres minutos Domingo pierde. Él tiene 79 años y Agustín 86. Este último enviudó hace dos años. Dice sentirse solo. Domingo, por su parte, es un aventurero: “Una forma fácil de envejecer de prisa es quedarse en un mismo sitio”, sentencia, y añade que no ha tomado carretera porque teme que la muerte abrace a Agustín sin su presencia. Solo se tienen uno al otro.

El negocio está a la altura de la calle 33, escondido en el espesor de los ramajes. Es medio día y con forme pasan las horas llegan otros viejos a jugar damas y a contar quién es el último muerto conocido. Así distraen el hambre. “Si ese río hablará, habría que descomulgar a más de un muerto”, dice con humor Domingo, que tiene hijos hasta en las Antillas francesas.

Cincuenta años atrás, Domingo era un vigoroso mujeriego que, como Agustín, comenzó a motilar en la orilla del río Sinú, cuando este aún era un surtidor de bocachico y no había mayor espectáculo que ver llegar embarcaciones con las últimas mercancías del mundo. Domingo también recuerda que con los otros seis peluqueros que había al margen de la muralla, se ponía de acuerdo para imponer, cada mes, un corte de pelo diferente en Montería, luego ese lugar pasaría a ser invadido por vendedores de pescado. Los barcos dejaron de llegar al puerto a mediados de los años 70.

Pero las primeras personas que motiló Domingo fueron los enfermos de dengue del Hospital San Jerónimo. “Yo tenía unos 25 años. A los primeros los trasquilé hasta que aprendí, luego comencé a beber trago y me fui a motilar en el río”, recuerda.

A los 45 años, después de haber recorrido toda la Costa Atlántica haciendo lo que le resultara, Domingo regresó, naufragando en alcohol, a motilar de nuevo junto a Agustín. Como cliente consiguió a un comerciante paisa que solo se dejaba rasurar de él cuando estaba borracho. ¡Qué juego macabro, buscaba ser degollado! “No –dice Domingo- es que yo tenía el pulso más firme con la navaja.

Hasta que su madre, días antes de su muerte, una noche de rones, a la orilla del río, le hizo prometer que abandonaría la bebida, la que le había arrancado la cercanía de quienes más lo querían.

“Y le cumplí a la vieja”, dice con una sonrisa, mientras Agustín dispone las tapas para reanudar un juego. A un par de metros, el río empuja con su viento la fragancia juguetona de los cedros y las acacias.

Hoy las peluquerías con sus cómodas sillas giratorias y sus enormes espejos, les han ido quitando a los Villalba la clientela. A los viejos les avergüenza ser motilados al aire libre, mientras a un par de pasos por el bulevar pasean familias que buscan en lo alto a los osos perezosos, los monos aulladores, las ardillas y los dinosaurios... las iguanas.

El negocio decae. Domingo hace una semana empeñó la bicicleta para comer. Y Agustín aún tiene viva la ausencia de su mujer. Los hermanos viven en un cuarto angosto a un par de cuadras de allí en un hotel de mala muerte cuyo dueño les alquila por caridad.

Disponen de nuevo las damas.

¿Y el río, Domingo? En su juventud, antes del alcohol, las mujeres, las papayeras, las fiestas, las corralejas… “Antes sí era un río –dice- jugué, me bañé, pesqué, remé, navegué, vi los amaneceres más bonitos de mi vida”. ¿Y usted que le faltó por hace en sus aguas? Le preguntó un compadrito al peluquero del paraíso, y este respondió como si revelara un secreto: “Creo que hacer el amor, bueno, eso creo”.


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