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Reportaje: El sombrero vueltiao de Tuchín no es un cuento chino

El Gobierno comenzó una cruzada por el país para decomisar el sombrero chino fabricado con fibra sintética que esté siendo comercializado como el sombrero legítimo vueltiao. Mientras esto ocurre, en Tuchín, un municipio a 127 kilómetros de Montería, cuna de este símbolo nacional, se vive una incertidumbre con respecto al futuro de sus artesanías y costumbres. ¿Qué viene ahora para este pueblo?
  

Por: Pompilio Peña Montoya
@pompiliooo

En Tuchín muchos afirman que hay un comerciante desleal; otros no lo creen así. Tiene su almacén en la calle más concurrida, frente a la parroquia, y su nombre es Elkin Aristizábal Ramírez, un paisa con un atino en los negocios que ningún tuchinero logra imitar: vende los accesorios más elaborados en caña flecha, desde sombreros hasta carteras, y tiene clientes en tres departamentos. El negocio no podía ser más redondo: se surte en el corazón del vueltiao, donde está uno de los grupos artesanales más importantes del país: los zenúes.

Ariztizábal, el ‘cachaco’, en sus más de cinco años de comerciante de artesanías, se creó una pequeña fama en Tuchín. Su almacén era (y es) el mejor del pueblo. Vendía sin problemas. Hasta la mañana del 17 de enero cuando 20 guardias indígenas zenúes irrumpieron en su local y le confiscaron 130 de los 516 sombreros chinos que hallaron en este poblado y en San Andrés de Sotavento. Dos semanas atrás había estallado el escándalo de que en el país, desde hacía un año, se comercializaba una vulgar imitación del vueltiao sinuano.

Aristizábal no se opuso al decomiso. Sabía que ese momento llegaría (pero no tan pronto) y se lo hizo saber a los medios de comunicación que lo habían asediado durante una semana. Así que cuando vio el tumulto de líderes escoltados por ocho policías y una romería de curiosos que se apostó a lado y lado de la calle, supo que había perdido parte de la inversión de hacía unos días.

El cachaco apenas lo sospecha, pero en Tuchín creen que hace un año trajo al pueblo una tragedia, una que vieron crecer sin declarar una palabra en su contra. Así es la naturaleza del indígena zenú: perspicaz, y antes que cargar con un conflicto declarado, prefiere el silencio. Hasta hace dos semanas, cuando luego de una reunión tardía de líderes de los cabildos con el Cacique Mayor Eder Espitia Estrada y el alcalde Eligio Antonio Pestana, decidieron barrer con todos los sombreros chinos, los impostores; la prenda que estaba haciendo tambalear su economía, además de burlarse de una tradición milenaria.

Y es que los artesanos leales a su cultura veían cómo al almacén del cachaco acudían vendedores de municipios de Córdoba y Sucre, con el fin de surtirse del polémico sombrero. No importaba si era temporada alta o no, en las playas de Coveñas, así como en las de San Bernardo del Viento y Arboletes, la prenda farsante se ofrecía como legítima. Elkin vendía el sombrero al por mayor a 6 y 5 mil pesos. En las playas este valor se triplicaba.

Y esto a pesar de que el ministro de Comercio, Industria y Turismo, Sergio Díaz-Granados, había ya prohibido desde el 11 de enero su comercialización tras la ola de reclamos que le llegó al revelarse la noticia de que al país estaba entrando, desde hacía un año largo, un sombrero de origen chino, de estéril fibra sintética, que imitaba un símbolo nacional: el vueltiao. Lo peor es que sigue una duda sin resolver: ¿por qué ingresaron al país casi un millón de imitaciones si existen leyes que protegen el vueltiao?

Aristizábal, en temporada baja, afirma él, vendía unos 200 sombreros chinos y unos 400 originales quincenalmente. En diciembre pasado vendió más de 700 chiviados y casi la misma cantidad de legítimos. Por esto, Aristizábal tenía dividida a la comunidad: la rentabilidad de la prenda impostora era tan buena, que una gran parte de artesanos del mismo Tuchín, cuyas ventas se estaban yendo al piso, no vieron otra alternativa que surtirse de la prenda farsante.

“Chinos jodidos”

El maestro en tejido Medardo de Jesús Suárez tiene 74 años y ha viajado, entre otros países, por España, Alemania, Italia, Japón y Rusia promocionando el vueltiao. De hecho, le confeccionó uno a Bill Clinton. En los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 le pidieron 600 sombreros y se disparó su fama, y la de su resguardo indígena Tuchín, conformado por 63 cabildos, unos 36 mil habitantes. El 80 por ciento de las familias subsiste de las artesanías: sombreros, pulseras, collares, anillos, pendientes, carteras, cestas… Todo lo que se pueda tejer con caña flecha.

En el año de los Olímpicos el casco urbano de Tuchín era lo que es ahora: un par de calles (donde abundan los puestos de fritos, las cantinas y los juegos de azar), que se encuentran en la iglesia de la Inmaculada Concepción, una estructura simple donde caben doscientos feligreses, con un campanario mudo. No hay alcantarillado y el agua llega día por medio. Ese mismo año el vueltiao fue elevado a Símbolo Nacional por el Congreso de la República. “Eran buenos tiempos, todos estábamos vendiendo –dice pensativo Medardo-, ahora, al abandono en que nos tiene el Gobierno, se suma que nos metieron el chino”.

Y no es para más. Entre el 4  y el 7 de enero se realizó en Tuchín el XVII Festival de la Artesanía y el Sombrero Fino Vueltiao: toda una expectativa: todo un fracaso, aseguran los tuchineros. Marcial Montalvo Solano, organizador del evento y presidente de Fundarte, organización que agremia los artesanos, afirma que esto se debió a la falta de atención del Gobierno, de los grandes dirigentes de departamento que se jactan de decir que están buscando recursos para el progreso y la cultura. El alcalde de Tuchín, Eligio Antonio Pestana, puso un poco de dinero. El festival pasó desapercibido, como el año pasado y el antepasado.

Es increíble, afirma Montalvo, que siendo el vueltiao tan famoso ni MinCultura ni ninguna empresa se interesó en patrocinarlos. Al final, los 38 artesanos expositores no alcanzaron ni a vender la mitad de su mercancía. Todo volvió a los sacos. Los clientes potenciales no aparecieron. Según Medardo, si los chinos hubiera logrado imitar las ‘pintas’ de la copa del sombrero, las figuras que caracterizan, (digamos, el 21, es decir, cuyo tejido se realiza con 21 pares de fibras), “nos hubiera arruinado, ¡Ah chinos jodidos!”.

Este estado de abandono ha puesto a reflexionar a académicos e investigadores. Uno de ellos es Roger Serpa Espinosa, quien afirma que al vueltiao convertirse en Símbolo Nacional, tanto el Gobierno como los zenúes adquirieron compromisos y responsabilidades "para conservar y proteger esta prenda, por ello no me explico la falta de apoyo del Estado con los zenúes, así como la aparición de esa vulgar imitación china", asevera.

Tradición manchada de sangre

El vueltiao cobró más fama de la que ya tenía por Miguel el ‘Happy’ Lora, el boxeador monteriano que colmó de gloria el deporte nacional al ser campeón mundial en la categoría gallo del Consejo Mundial de Boxeo entre 1985 y 1988. El ‘Happy’ llegaba al cuadrilátero con su vueltiao, y tras la victoria, en hombros, lo primero que hacía era enfundárselo de nuevo. El vueltiao no fue solo entonces típico de la sabana cordobesa y sucreña, protección contra el plomizo sol del Caribe, para convertirse en una identidad nacional. Entonces dejó de ser para corronchos, como le dicen despectivamente a la gente del campo. De los indígenas el sombrero pasó a ser utilizado por los políticos y hacendados: llevarlo puesto era estamparse una identidad.

Ya en el 2004, cuando el vueltiao se hizo símbolo nacional, Tuchín prometía amplias perspectivas. Se terminó de convertir en un centro del comercio. Hasta los hijos del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, aprovecharon la fama. Las ventas del vueltiao se incrementaron un 200 por ciento, y un artesano, yéndole mal, vendía 20 millones de pesos en un mes. Se abrieron almacenes en toda Colombia. En Tuchín se vendía el 21 hasta en 200 mil pesos, y en Cartagena o Bogotá este precio se duplicaba, en el extranjero ni se diga. Diseñadores incluyeron en su ropa la caña flecha. Por un par de años todo fue prosperidad. Por segunda vez los Zenú, en los últimos 20 años, eran el centro de atención nacional.

La primera vez fue en los noventa: años crudos, violentos. El más sangriento, 1996, dejó 13 indígenas acribillados, entre ellos a candidatos al senado, aspirantes a la alcaldía, líderes y caciques. A mediados de los noventa, por fin, se señaló como culpable de esta persecución a los terratenientes, quienes se habían estado apoderando de la tierra desde hacía cien años, y ahora, ante el reclamo de los indígenas por el territorio que ancestralmente les pertenece, comenzaron a utilizar la fuerza, la intimidación, la muerte.

El senador indígena Gabríel Muyuy le pidió al entonces presidente Ernesto Samper que hiciera algo. Nada se hizo. Allí no había Policías, Ejercito. La estrategia de los terratenientes para apoderarse de la tierra era simple: financiaban a los indígenas en sus cultivos de maíz, yuca, ñame y plátano. Si la cosecha no pelechaba, el prestamista, poco a poco y con engaños, iba embargando las tierras, y las hacía suyas con complicidad de notarios.

El reclamo de los indígenas, afirma el investigador Roger Serpa Espinosa, comenzó a darse en los setenta, pero finalmente reventó en los noventa el deseo de reclamar lo usurpado. Entonces comenzaron los genocidios.

Uno de los más recordados fue el del Cacique Mayor Héctor Aquiles Malo Vergara, quien murió baleado junto con tres de sus compañeros. La sentencia de muerte, dos semanas antes, le llegó escrita en un papelito metido en una caja de fósforos: “Cuídate que te vamos a quemar”. Rodaba 1994.

A la expectativa
Hoy la historia es otra. Elkin Aristizabal estaba bien enterado del escándalo del sombrero impostor pero no hacía nada: “Sé que estaba perjudicando a los artesanos, pero hay que ver que hasta ellos mismos me compraban y yo tenía que buscar estabilidad”, afirmó. ¿Dónde estaban las autoridades? ¿Por qué el cabildo no actuó a tiempo? El artesano y líder Marcial Montalvo Solano dice que es verdad que hay una desunión entre los tuchineros, y ante la progresiva mala venta de sus artesanías, cada quien quiere hacer negocios por su cuenta.

Sobre otros comerciantes recae una culpa más: haber introducido el peróxido de hidrógeno, un ácido barato e inodoro, que los artesanos comenzaron a utilizar para acelerar el blanqueamiento de la hoja de caña flecha antes de ser tejida. Esta labor se realizaba con caña agria, zumo de naranja o limón. Según el maestro Medardo de Jesús Suárez, solo hasta hoy se ven las consecuencias: a los artesanos se les está pelando las manos y la frente, y otros pocos más están perdiendo el cabello, y peor aun, la vista. La fibra caña flecha que pasó por este líquido hoy se está resquebrajando, y los sombreros parecen galletas de soda.

A este hecho se adiciona uno más escandaloso: se rumora incluso en las calles, en las cantinas, al pie de la iglesia, que la fibra sintética de origen chino ya entró al pueblo, y artesanos avezados, ante su delicada situación económica, están tejiendo con ella. Quienes hacen esto viven en veredas apartadas y al mando de una especie de mafia que nadie se atreve a denunciar, y que no se sabe si terminará tras la medida de confiscar los sombreros impostores. 

“Pa’ saber que el sombrero chino no solo es desechable, sino que da dolor de cabeza, pesadillas y oscurece la mirada”, dice Tranquilino Sánchez, un comerciante de artesanías tuchinero con 15 años en el negocio.

Y con todo esto, en el pasado va quedando también la tradición de que todos los miembros de un núcleo familiar indígena, desde la madrugada, se reúnan a elaborar el sombrero vueltiao: los niños que tejen, la madre que arma, el padre que cose. Lo afirma Medardo  de Jesús Suárez y Marcial Montalvo Solano, quienes llevan más de 50 años perfeccionando este arte. Incluso esa bella costumbre de que una indígena le elabore a su amado un vueltiao para declararle su amor eterno, parece cosa de fábula.

Lo cierto es que el vueltiao encierra una paradoja: la prenda, extrañamente, a pesar de su sólida fama, en las calles de Tuchín se abarata de forma alarmante. Y ahora con la aparición del chino y la baja en ventas del legítimo, todo parece indicar que la economía de 56 mil familias indígenas en Córdoba y Sucre es incierta. ¿Qué está pasando? Es la pregunta que se repiten los tuchineros.

Por ahora Mincomercio, en cabeza de Sergio Díaz-Granados, anunció que emprenderá todo lo que esté a su alcance para devolverle al sombrero vueltiao, y en general a toda la variada artesanía del pueblo Zenú, su identidad, su potencial frente al mercado. No solo es Tuchín: San Andrés de Sotavento, San Antonio de Palmito, Chimá, Purísima, Momil, San Onofre, Sampués (Sucre), también son pueblos que necesitan el impulso que promete el Gobierno. Y el chino sigue siendo perseguido, en Barranquilla confiscaron hace una semana 800 sombreros ilegítimos listos para ser comercializados en el Carnaval.

"Somos optimistas con lo que se viene. Solo tenemos que estar más unidos, actuar más rápido”, dice Medardo de Jesús con humor. Y añade: “Esos chinos por poco y nos quitan la teta".

Publicado: El Meridiano de Córdoba, día 3 de febrero 2013, págs. 2 y 3D
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