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Crónica: ¡Cuidado: burros en la vía! Sobre el peligro de los animales en las carreteras


Los burros en las vías de Córdoba son un verdadero problema, en promedio provocan dos accidentes por mes; lo peor es que, en últimas, nadie responde a la hora de hallar culpables. Las empresas le echan la culpa a los dueños de los burros, y las autoridades, los pasajeros e incluso los burros, al exceso de velocidad y a la imprudencia de los conductores.


Por: Pompilio Peña M.
La mañana del accidente, el azar le arrojó a Jennifer Díaz Sánchez las cartas más improbables de su vida. Aquella noche del 3 de marzo de 2012 no durmió bien. Al despertar, advirtió con temor que no alcanzaría el bus de las  5:15 a.m. que la llevaría de su ciudad costera Arboletes hasta Montería. Su madre Ayda Sánchez aprovechó para repetirle que odiaba los buses, esos armatostes viejos, y sobre todo a sus choferes, "imprudentes y groceros": “Vete en taxi como siempre”, le suplicó. Pero Jennifer ya había tomado una decisión: se deshizo el mal sueño con un baño de agua helada y se vistió con su uniforme blanco de estudiante de Cosmetología de segundo semestre, sin sospechar que 40 minutos más tarde lo mancharía con su propia sangre.

Jennifer no fue la única a la que había dejado el primer bus. En la terminal de transporte, inquietos, estudiantes de varias instituciones esperaban la salida del próximo automóvil. Era evidente: llegarían tarde a clases. Jennifer vio muchas caras conocidas, más no a las dos amigas con que había planeado la noche anterior viajar. “Seguro se fueron en el primer bus”, pensó resignada.

Al fin, Jennifer se sentó detrás del conductor, del lado del pasillo. El sonido que se desprendía del bus de Sotracor cuando Bienvenido Londoño aceleraba, era igual al que se podría hacer si se agitará un enorme contenedor lleno de tuercas y tornillos. El intermunicipal era un armatoste que en sus más de 20 años de combate apenas si había tenido uno que otro accidente sin mayores consecuencias.

Burros que se asustan
No sólo el bus antes de salir de Arboletes había ocupado sus 38 puestos, sino que incluso, y en contra de las normas, ya llevaba varias personas de pie. Un informe posterior de las autoridades indicaría que el bus tenía, por lo menos, 60 pasajeros.

Uno de ellos era Luz Soley Verona Calderón, quien se sentó detrás de la palanca de cambios, sobre lo que parecía ser una caja de herramientas. Jennifer la conocía bien, había estudiando con ella en el bachillerato y sabía que, dos años atrás, había sufrido un cáncer que le costó parte de la pierna derecha. Hoy todo aquel que entra a la Clínica de Traumas y Fracturas escucha su historia, pues incluso cuando la trasladaban hacía Montería tuvo la valentía de llamar a sus padres y contarles que había perdido su otra pierna.

Así pues, antes de salir del casco urbano de Arboletes, ya los pasajeros parecían cerillas dentro de su caja. Atrás, un grupo de cristianos, con biblia bajo el brazo, oraban, haciendo oídos sordos a la ‘mamadera de gallo’ de los estudiantes y al alto volumen de la radio. En declaraciones posteriores del conductor Bienvenido Londoño desde su casa, aún con su ojo izquierdo hinchado y hematomas en todo el cuerpo, afirmó que iba con el cupo lleno pero sin ninguna persona de pie. “Todo es culpa de las burras”, afirmó.

En el municipio de Los Córdobas se subió una mujer con un bebe en brazos a la que nadie dio el puesto. Jennifer se ofreció para cargarle el niño, pero tuvo que devolverlo en seguida porque comenzó a llorar. El bus siguió rápido y tropellado; había salido 10 minutos tarde de la terminal, y debía llegar a una hora fija a Montería sino quería hacerse acreedor a una multa.

Los primeros 15 minutos de viaje corrieron con normalidad, hasta que Bienvenido Londoño, a la altura del corregimiento Buenavista, en el municipio de Los Córdobas, en un tramo que todos allí conocen como ‘el botadero de los burros’, divisó cómo dos burras se asustaron ante la proximidad de un campero que venía en sentido contrario, a alta velocidad y con las luces altas.

De modo inesperado, las dos burras se metieron a la carretera. Jennifer encontró divertido el primer brusco timonazo de Bienvenido (foto) hacía la izquierda. “Recuerdo que me reí”, confiesa. Pero lo que siguió no fue divertido: por no chocar al campero hubo un segundo timonazo a la derecha que hizo a Bienvenido perder el control. No hubo tiempo de gritar. La ventanilla del lado de Jennifer se hizo pedazos al bus dar de frente contra un árbol. Cuando tomó conciencia, Jennifer estaba atrapada, con su pierna izquierda atrapada contra el puesto de adelante. Eran las 6:30 a.m.

Momentos de pánico
Confusos fueron los instantes que siguieron. Jennifer no sintió dolor, pero la aterrorizó el dramatismo de la escena: la gente comenzó a gritar, una sobre otra, y a salir por las ventanas de la izquierda cuyos vidrios rompían a las patadas; la parte derecha del bus había quedado al borde de un abismo. Por instantes, por el interior del vehículo circulaba un espeso humo que atosigaba la respiración de los desesperados.

“El muchacho que iba a mi lado logró zafarse y socorrió a su hermana que iba adelante. Yo pedía auxilio pero en cambio me pisaban y se me montaban por encima para salir por mi ventana; fueron momento terribles”, confieza Jennifer, y añade que por fortuna no llevó al niño sobre sus rodillas.

Luz Soley fue la que llevó la peor parte. Al instante del choque su cuerpo giró bruscamente a la izquierda y su pierna se hizo pedazos contra un borde. Enseguida, el tumulto de gente que iba de pie adelante cayó sobre ella. Todo ocurrió tan rápido que Luz Soley vino a saber sobre el destino de su pierna una vez la sacaron a un claro y sintió un agudo dolor.

Jennifer la vio extendida sobre el pasillo y por un momento la aterró aún más la idea de que pudieran ellas quedar solas dentro del bus. Una vez pudo liberar su pierna, se aferró al brazo del árbol que había roto el vidrio y comenzó a salir por la ventanilla. Cuando sacó medio cuerpo la rama se quebró y cayó de nalgas dos metros; fue allí donde se fracturó la pelvis.

Luz Soley fue socorrida por dos hombres. Uno de ellos se quitó la camiseta y le aplicó un torniquete en la pierna mutilada. Los pocos estudiantes ilesos y algunos habitantes de Buenavista, comenzaron a sacar a un lado de la vía a los heridos, entre ellos a Jennifer y a Bienvenido que había quedado atrapado contra el timón, semiinconciente. A una de las personas a la que no le sucedió nada fue la mujer que iba de pie con su hijo en brazos: al instante del choque fue a dar contra un grupo de personas.

Jennifer vio varios heridos ensangrentados y tocándose el cuerpo para comprobar que todo estaba en su sitio. Más allá estaban también las dos burras, una con el cuello roto y la más pequeña, la cría (foto), mal herida a un lado de la vía. 

Un confuso dolor en la cadera y en la pierna izquierda trajo a Jennifer a la realidad. Tomó el celular y al escuchar la voz de su padre le dijo que iba a perder una pierna. Su uniforme blanco, que cuidaba tanto como su mejor vestido de fiesta, tenía parches de un rojo intenso. Quince minutos después sus padres llegaron. Fue la primera vez que Jennifer vio llorar a su papá.

La primera ambulancia se llevó a Luz Soley, la segunda a un joven que convulsionaba. A Jennifer (foto) la subieron en la tercera, con su madre. El resto de los lesionados fueron transportados en carros particulares. A las 7:30 a.m. en la Clínica de Traumas y Fracturas de Montería ya se aglomeraba una gran cantidad de familiares a la espera del listado de los heridos de gravedad. Allí llegaron 26 lesionados. Al hospital de Arboletes fueron otros 15, y al de Los Córdobas otros tantos. No hubo muertos.

Cuando al fin un funcionario de la Clínica dio el reporte, uno de los religiosos que había resultado ileso en el accidente y que esperaba saber sobre la suerte de uno de sus correligionarios, dijo en voz alta: “Si no viniéramos orando de seguro que nos matamos todos”.

El comandante de Tránsito y Transporte de Córdoba, el capitán Juan Andrés Gómez, confirmó que las burras habían sido abandonadas. Añadió que el bus de Sotracor, al momento del suceso, había ido a dar justo a un cementerio de burros. No hubo culpables. El exdueño de las burras, a quien le hubiera recaído toda la responsabilidad del incidente, nunca apareció. De hecho, en Córdoba nunca ha recaído sobre el propietario de un burro atravesado algún tipo de juicio. Estos animales en Córdoba provocan, en promedio, dos accidentes por mes, la mayoría sin mayores consecuencias.

Hoy Jennifer ocupa la habitación 306 en la Clínica de Traumas. Su madre Ayda no la desampara y su padre llama continuamente. Ella está estable y no perdió ninguna de sus piernas. Ahora se prepara para una segunda intervención quirúrgica en la pelvis. "Mami –dice Jeniffer, vendada de medio cuerpo, medio en broma, medio enserio-, te juro que no me vuelvo a subir en un verraco bus en mi vida".
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