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Artículo: Gomezcásseres o los misterios del erotismo en la literatura

Finalizó el Festival de Literatura de Córdoba, en donde escritores y académicos dieron charlas sobre diferentes temas. El primero en abrir esta fiesta fue Raymundo Gomezcásseres, quien habló sobre Erotismo y Literatura. 


Por Pompilio Peña Montoya
Antes de que fueran las 8:00 de la mañana, el audito­rio de la biblioteca de la Uni­versidad de Córdoba contaba ya con una gran asistencia. La cita, que fue el jueves pa­sado, era especial no solo porque quien iba a hablar es un respetado escritor y docente, sino por el tema mismo de su exposición, que tanto cosquillea la curiosi­dad: erotismo y literatura, y su vínculo de hermandad. El responsable: Raymundo Gomezcásseres.

El también escritor y fundador del Festival, José Luis Garcés González, pi­dió entonces silencio. En su breve introducción aludió a la importancia de aquellos espacios como cantera de co­nocimiento y formación de criterio. El grueso de los presentes, jóvenes estudian­tes, adoptaron entonces una actitud de ‘lechuzas’.

Gomezcásseres, con una voz cálida y cómplice, comen­zó a leer un ensayo que, poco a poco, parecía desvelar los orígenes y las fluctuacio­nes que tuvo el erotismo y su estrecha relación con la lite­ratura. Las primeras páginas despertaron el asombro, las últimas la fascinación por un escritor que ha sido con­siderado un sincero y apasionado exponente de lo que hoy se conoce como literatura erótica: el estado­unidense Henry Miller.

Erotismo y violencia
Según recordó el escritor, ensayista y catedrático de la Universidad de Cartagena, Raymundo Gomezcásseres, Platón le atribuyó a Sócrates, su maestro, una frase que tie­ne múltiples rostros dentro del erotismo: “Como el lobo ama al cordero, el amante ama al amado”. Sócrates, por supuesto, alude a lo “grotesco”, según él, del apetito que quiere saciarse con el sexo. Lo curioso es que hoy en día, esta expre­sión adquiere vigencia, tanto en el lenguaje cotidiano como literario: un hombre suele decir que se ‘comió’ a una mujer, y éstas, a su vez, suelen decir ‘me comí’ a un hombre. Este primer aspec­to canibalesco del erotismo desvela vínculo que sostiene con la literatura.

Aquí Gomezcásseres extiende un puente más allá entre dos polos que parecerían opuestos: la violencia y el erotismo. Esto lo logra adoptando ideas del pensador y escritor francés Georges Bataille, quien afirmó que “el alma del erotismo es la violencia” y el campo de esa violencia es la violación, este último concepto entendido, claro, como ese juego que hay en­tre los amantes, entre el que somete y el que es sometido; esa complicidad y el acto mis­mo del sexo crudo no es más que erotismo. Según Gomezcásseres: “El jue­go erótico la abre (desinhibe a la mujer), la dispone a la recepción desencadenada y agresiva de una fuerza que la invade desde afuera”. La desnudes también toma par­te, ya que quitar la ropa no es otra cosa que entrar en una intimidad fuera de los extramuros de la rutina.

Así pues, según Gomezcásseres el erotismo es volunta­rio y, por efecto, propio de los humanos. “Lo anterior quiere decir que el erotismo se busca y se asume: es pre­meditado. De ahí que mien­tras más instintivo y ordina­rio sea, menos erótico será su desempeño. Al contrario: cuanto más intencional y cuidadoso sea, el erotismo emergerá vigoroso”.

Por supuesto, el erotismo no solo entra en la órbita de lo corporal. El erotismo también es la palabra, lo que se dice y cómo se dice. De hecho no solo se seduce con caricias y miradas, sino tam­bién con frases e ideas. Aquí aparece la literatura, y esa cadena conformada por el autor, la narración y el lector. Desde Homero se escriben escenas ahogadas en pasiones. Entre las novelas que tienen en mayor o menor medida esta característica están, según Gomezcásseres: Las mil y una noches, El Decamerón, El amante de Lady Chatterley y El amor en los tiempos del cólera, por poner casos conocidos, y exceptuando la poesía.

El sexo según Miller
En los últimos tiempos uno de los autores más des­tacados en el campo de la literatura erótica fue Henry Miller, quien murió en 1980, a los 88 años.

Gomezcásseres recuer­da que Miller fue el autor de novelas cuyo eje gira en torno al erotismo, la vida artística y urbana. Una de aquellas novelas es Trópico de cáncer, que según el au­tor es autobiográfica y que corresponde a un periodo de su vida a principios del siglo XX, cuando vivió en París. Y este último aspecto es el más interesante, ya que Miller convirtió su vida en mate­rial literario, no solo con el propósito de explorar sus deseos, sino con la intención de entrever, asegura Gomez­cásseres, el rostro espiritual de su experiencia.

Fue esta novela la que lo hizo famoso en un momento difícil (a mediados de los años 40) cuando estaba padeciendo penurias en EE.UU. De pronto, las ventas en París (y luego en otros países del mundo) se dispararon, y con el dinero de derechos de autor Miller pudo salir de aprietos.

Gomezcásseres refirió que solo un puñado de escritores tienen el ‘don’ de describir escenas eróticas y desarro­llar historias en donde el deseo es protagonista. El ensayista afirmó: “Un mal escritor seguirá encerrado en eso que Julio Córtazar llamó “estilo peludo” cada vez que utilice la palabra ‘vul­va’, sea que lo haga escueta o alusivamente. El bueno, aunque inunde sus páginas de orines, fluidos alvinos, eyaculaciones, sangre y vio­lencia, lo hace con la pericia y el pulso de la voluntad y la sensibilidad artística”.
 
Como Miller, otros escri­tores hicieron lo propio: Wi­lliam Burroughs, quien en sus libros habló no solo de sexo, sino de drogas y describió el sórdido mundo de desampa­ro que lo envuelve. Y Charles Bukowski, cuya narrativa, de un humor inteligente, está llena de prostitutas, bares, sexo y desarraigo.

Para no ir muy lejos, Go­mezcásseres pone de ejemplo la novela de Gabriel García Márquez El otoño del pa­triarca, en donde se pueden leer escenas de carnavales sangrientos, excrementos, antropofagia, violencia, viola­ciones y crímenes sexuales.

Puso de ejemplo también a Pantaleón y las visitado­ras, de Mario Vargas Llosa, donde se narra de un modo jocoso nudos amorosos entre prostitutas y soldados atrin­cherados en la selva. Y el “erotismo lúdico” de Rayue­la, de Julio Cortázar.

En este punto Gomezcás­seres concluyó diciendo, “así, a grandes rasgos, la vida se vincula con el erotismo y la literatura”.

Luego siguieron los aplausos, las preguntas que el ensayista respon­dió con breve precisión. Entre toda esa marea de conceptos a los que aludió el escritor, quedaba claro entre los asistentes que, en el fondo, el erotismo en el hombre y la mujer tiene moldes insospecha­dos, pero que al fin y al cabo los hace lo que son: animales eróticos, donde las palabras resuenan.

Pueblicado: El Meridiano Cultural,  domingo 9 de septiembre de 2012
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