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Perfil: Enán Burgos o la pintura de la pasión, la historia de un cordobés artista que vive en Francia


Por: Pompilio Peña Montoya

@pompiliooo

Es un apasionado de las mitologías. Toma libros, lee, relee, saca apuntes e intenta en cada uno de ellos descifrar la naturaleza y las promesas que guardan. Lo mismo hace con la literatura, con sus ama­dos poetas del siglo de Oro Español, en los que siempre encuentra finas resonancias que luego despliega sobre la superficie de un lienzo.


Cualquiera que lo escuche hablar creería que es francés, por su acento de erres que ronronean en su garganta, su percepción erótica de las formas y los colores, y ¿por qué no? ese arete dorado que luce en su oreja izquierda, accesorio tan cuestionado en estas tierras de ‘machos’. No obstante, Enán Burgos Aran­go nació en Montería hace 55 años, es pintor y poeta, y ambos destinos los ha deter­minado con el pincel de las ideas, sin otra ambición que la búsqueda de la felicidad a través del arte.

“Me encanta el arte en general, los conceptos y las mitologías, creo que por eso vivo en Francia, un país en el que encontré todo, hasta el amor”, asegura Burgos, quien hoy vive en la ciudad de Montpellier, a 10 kilómetros del Mar Mediterráneo. Fue esta percepción de la vida la que lo impulsó, a sus 23 años, a salir de Colombia.

Colores que revelan
Hasta hace pocos días es­tuvo en la ciudad visitando a su familia, y realizó una efímera exposición con cinco obras que alcanzó a elaborar en el mes de su estadía. Y la hizo en el patio de la casa de su hermana, María Elena Bur­gos Arango, aprovechando el espacio familiar tan propio del trópico, y la llamó El patio de la epifanía.

Reencontrarse con la exu­berancia de los colores de su ciudad siempre será, asegura Burgos, una revelación. La hu­medad en la piel y los ocasos resplandecientes contrastan con el viento seco y el “verde-gris” de la naturaleza a la que está habituado la mayor parte del año en Francia.

Por ello, para esta muestra Burgos no pensó en curado­res, bastidores, marcos, luces especiales. Él tiene el concepto que el verdadero arte debe fusionarse con el entorno, pero también formularse solo, independiente, para que el espectador disfrute de las epifanías que le revelan: sus pinturas comprenden los lí­mites del cuerpo y la belleza de su desnudez; pero también el cuerpo como principio del bien y del mal, de lo bello y lo grotesco. “Otra constante en mis cuadros han sido los pájaros”, asegura.

A Enán Burgos no le gusta que lo malinterpreten. Por ello, a los asistentes de sus ex­posiciones, les brinda pistas sobre el papel que juega cada elemento en sus cuadros. Lue­go será la sensibilidad de cada quien la encargada del resto.

Una de las cinco obras que expuso se llamó Sexo sin amor, un conjunto de cua­dros en los que aves copulan en vuelo. “Dicen que los animales no sienten amor, solo los huma­nos, eso debería ser suficiente para hacer de ese don algo maravilloso; pero también es hermoso ver como los pájaros lo hacen con tanto encanto”, afirma Burgos.

Primero, los gestos
Pero no solo la pintura y la poesía han circulado por su vida. Antes que nada, Burgos estudió para ser mimo, en París, y en otro periodo de su vida se dedicó al ballet. Luego se mudó a Montreal, en Canadá, e ingresó a la Escuela de Arte de Quebec. Allí duró cerca de 3 años, y conoció las técnicas del arte al que hoy se ha entregado por completo.

Pero su camino estaba en la Ciudad Luz, y el 5 de sep­tiembre de 1985, “solo -asegu­ra Enán Burgos-, como bus­cando un destino”, regresó a París. Guiado por la intuición se convirtió en un ratón de biblioteca y estudió la his­toria del arte, sus quiebres, sus periodos de esplendor, sus conceptos. Y a aquella dosis le sumó otra buena de visitas a galerías y museos y apreció a los grandes: Monet, Gauguin, Seurat, Cézanne, Van Gogh, Picasso, Dalí, Da Vinci, Miguel Ángel, Rafael... Los primeros cinco han sido, sin duda, los que más lo han influenciado. El impresionis­mo y el expresionismo: los primeros con la intención de plasmar los juegos de la luz y el instante, y los segundos con la idea de que la personalidad del artista y su intuición deben primar.

Por supuesto, si quieres ser de los mejores, y madurar una personalidad pictórica, hay que ser un conocedor, y él lo sabía. No es suficiente con tomar un pincel, revolver algunos colores y trazar líneas en un lienzo; hay que conocer lo que se hace, y lo que hicieron otros. Bajo esta consigna Burgos resolvió su vida.

Enán Burgos ha hecho cuatro exposiciones en Montería, la última vez en 2007. Ha reali­zado otras en decenas de galerías, salas, audi­torios y bibliotecas en Francia. Y en lugares como el Musée Denys Puech, de la ciudad de Rodez, en el Musée d’Art Contemporain, de la ciudad de Serignan.

Vivir en el arte
Paralelo a su vida de pintor, Burgos es poe­ta, editor de libros, y ha tenido la oportunidad de traducir al español poetas franceses de la talla de Stéphane Mallarmé.

“Hoy en día mi vida es maravillosa porque hago lo que amo, de hecho trabajo en un mu­seo, doy cases de teatro y también soy director de teatro. Hay que vivir la vida a través del arte, y esta idea sí que me la he tomado en serio”, concluye Enán Burgos.

Publicado: Meridiano Cultural, 2 de septiembre de 2012. pág 4 y 5.
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