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Crónica: Los emos, el macabro juego de morir muchas veces: la cuchilla minora, el juguete preferido

Sofía y su hermano hoy no pertenecen a ninguna tribu urbana, aunque se han sentido atraídos por el pensamiento emo, un género juvenil cuyos efectos, si no se controlan, pueden llegar a causar golpes emocionales en donde el suicido es una carta que nunca sale del 'juego'.
Sofía hoy tiene 14 años, cursa décimo grado y está en carrera de convertirse en la mejor estudiante, como en los viejos tiempos.
Por: Pompilio Peña Montoya
pompiliooo@gmail.com
MonteríaSofía lo dice sin miedo: "yo me maté muchas veces". Jugar con la idea de quitarse la vida le permitía, primero, deshacerse de sí misma y luego vengarse del destino que ahora solo le había traído decepciones. Cuando se quería 'matar', esperaba la distracción de su madre y buscaba alguna de las tres cuchillas Minora ocultas en  cuadros, pliegues y agujeros de la casa, y reanudaba la dolorosa tarea, unas veces maniática, otras lenta y meticulosa, de cortarse los brazos.

Los emo —afirma Sofía—, son jóvenes de familias descompuestas o en camino de serlo. Son solitarios pero insumisos. El precio de ser emo es vivir bajo el señalamiento de una sociedad enteramente conservadora. "Nos tratan de satánicos y eso nos da risa; nos encanta el negro y oímos screamo, rock depresivo", dice hoy Sofía, ajena casi a la que fue, una niña compulsiva adicta al dolor, al igual que su hermano.

María, su madre, al recordar aquellos meses críticos siente otras cosas: miedo, horror, angustia, tristeza, pena. Confiesa que creyó que sus hijos terminarían golpeando las paredes de un manicomio. Tenía poco tiempo para ellos; debía trabajar doble jornada si deseaba pagar la renta, comprar comida. ¿Y el padre? Se había ido con otra mujer; una que otra visita. Así, María apreciaba la vida de sus hijos por fragmentos, hasta que sintió que se le habían escapado de las manos. ¿Qué pasaba con ellos, estarán yendo al colegio? Pensó lo peor al ver las marcas en las manos, la sangre: que estaban en grupos satánicos.

Cómo se rompe la inocencia
Por curiosidad, Sofía, a los 11 años, le preguntaba a su hermano John Paul sobre la música que escuchaba y las pintas extrañas de sus amigos. "Tú comienzas a ser emo, o lo que quieras, con la música —confiesa Sofía—. Me enteré de las tribus urbanas, que los metaleros, que los punkeros, que los góticos, que los flogger, que los emo, y la filosofía de estos últimos me atrajo". Las bandas de screamo que más influenciaron en ella fueron Avenged Sevenfold y Alesana Screamo, cuyas letras atraviesan atmósferas oscuras y depresivas, donde el amor y la amistad son únicos en la muerte, en las promesas que no se rompen.

Cuando Sofía le preguntaba a John Paul (callado, solitario, explosivo) sobre las heridas, la sangre, este le respondía con evasivas: "¡Eso no te importa!". Pronto cedió: "Me corto para descargar la rabia". En el fondo él vivía bajo la burla de los demás, las humillaciones, las peleas, las derrotas. En ese camino de buscar una identidad, de alejarse del común de la gente ("con su doble moral, su religión conformista, su reguetón idiota", según sus propias palabras) descubrió que mostrándose como renegado y oscuro, le hacía ganar el respeto y hasta el miedo de quienes hasta entonces le jodían la vida.
Pronto Sofía tendría sus propias razones, íntimas y avasalladoras, para infligirse dolor.

La traición, la crisis, la cuchilla
Desde hacía un par de meses, el padre de Sofía llevaba prometiéndoles una casa. Tener una propia, y no arrendada, era el sueño de Sofía a los 12 años. Y le contó a sus amigos, vecinos y profesores: estaba feliz, ansiosa. Buscó casas en los barrios de la margen izquierda, donde vive. Que muy cara, que mal ubicada, que muy fea, que chiquita… Para cada casa su padre tenía un pero.

Por otra parte, había un detalle que a Sofía la entristecía. Cuando ella visitaba a su padre, veía con sorpresa el cuarto, los juguetes y la ropa ostentosa de su hermanastra. "No entendía por qué yo no tenía esas cosas bonitas si también era su hija", dice Sofía.

Hasta que se enteró de que su padre había adquirido una casa, pero no para ella, John Paul y su madre, sino para su otra familia, la que ya vivía con lujos. La noticia fue un golpe que la arrojó a la realidad. Las intenciones del único hombre en quien confiaba eran falsas. Sofía no resistió, tomó el teléfono: "Lo llamé y le reproché que fuera tan miserable y canalla. Sus explicaciones eran idiotas. Le colgué. Estaba histérica, sola en mi casa. Mamá estaba trabajando, mi hermano callejeaba. En la tienda compré una cuchilla Minora. Me encerré en mi cuarto y con rabia, por primera vez, tuve deseos de matarme".

Los meses que siguieron fueron una pesadilla, sobre todo para María, su madre, quien por aquellos días encontró un amor. María cuenta: "Alberto, quien poco después se vino a vivir con nosotros, me confesó una noche que tenía miedo de que Sofía y John Paul lo asesinaran; lo atemorizaba la música que escuchaban, y sobre todo el hecho de que me tocara esconderles los cuchillos para que no se hicieran daño; mi casa parecía un manicomio".

Entonces María buscó ayuda psicológica. John Paul se rehusó, y Sofía odiaba estar en frente de alguien cuyos consejos estaban al margen de sus decepciones. No funcionó. Las laceraciones en las manos de sus hijos se hicieron frecuentes. Les prohibió salir. Las cosas empeoraron. Sofía lloraba con facilidad, de rabia, de depresión: odiaba a su padre. Una vez llegó a cortarse el brazo izquierdo 21 veces, todas profundas; la sangre le manchaba las piernas, el suelo, la cama. A John Paul, incluso, en una ocasión le cogieron cinco puntos. Estas escenas se repitieron por un año, algunas más intensas que otras, todas igual de incontrolables.

Como Sofía y su hermano había otros jóvenes, cada uno con sus propias locuras; muchos de ellos incluso habían estado a punto de morir tras intentar envenenarse. Cuando se reunían, cantaban en coro canciones lacrimosas, se enamoraban, hacían pactos de sangre, se cortaban en grupo "con la cuchilla Minora, nuestro juguete preferido", ya no en las manos sino en cualquier parte del cuerpo, "lentamente, porque rápido no sientes nada", dice Sofía, para quien el dolor se volvió una especie de droga, de paliativo.

Según Marcos Velásquez, psicoanalista y docente de la UPB, esta clase de comportamientos en los jóvenes es producto de una cultura donde los padres no tienen tiempo para sus hijos, y donde el afecto se suple con cosas materiales, regalos, promesas. "Entonces en los jóvenes aflora la soledad: quieren ser grandes, pero temen ser adultos, y les da rabia reconocer que lo que están demandando es atención. Esta paradoja la tratan de anular con la autoflagelación, además de que descubren el placer de la autodestrucción, que todo ser humano tiene en mayor o menor medida", afirma Velásquez, quien añade que, en el fondo, causarse daño es una forma de lástima con la que se demuestran las imposibilidades afectivas.

Cuando todo acaba
Un episodio fue determinante para que estos dos hermanos tomaran otro rumbo y dejaran a un lado sus tendencias suicidas. En una de sus incursiones de medianoche "nos trepamos hasta la terraza de una iglesia —cuenta John Paul—, y vimos a un grupo de jóvenes. Yo les pregunté qué hacían y me extendieron frente a la cara un cuaderno manchado con sangre, y en él vi dibujos de cuerpos degollados, atropellados, apuñalados. Uno me dijo: 'así queremos que mueran nuestros enemigos', y como si fuera un chiste todos se rieron".

Aquella escena marcó profundamente la mente de John Paul y Sofía. No era para más. Pocos meses antes, en octubre de 2010, un amigo suyo, de 17 años, había sido asesinado a disparos en una desolada calle en Rancho Grande sin una causa aparente. Un par de meses después del desconcertante encuentro, otro amigo de ellos, literalmente, fue degollado. Si bien nunca recibieron amenazas, la cercanía palpable de la muerte los aterró. Miraron su presente: su madre estaba sufriendo, sus estudios y con ellos sus sueños se desmoronaban. Desde entonces ha sido un proceso lento, sin arrepentimientos. Sofía ha dejado, en parte, de ser la que era, ahora cuando está mal descarga sus angustias en un diario que tiene con un amigo. John Paul tampoco ha vuelto a cortarse, tiene el sueño de hacer una carrera, de casarse con un amor que tiene, de viajar.

Por su parte, María ya no esconde los cuchillos de la cocina, habla más con sus hijos, los consiente, hacen planes juntos. Aunque su tranquilidad no es completa, sabe que la muerte es una ruleta en la que estamos obligados a jugar.
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