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Artículo: Las capitulaciones o el precio del amor


Uno de los acuerdos prematrimoniales que se hace frente a un notario es la capitulación, que tiene como fin proteger algunos bienes ante una posible separación. En Montería son poco comunes, pero se sabe que entre las personas muy adineradas y famosas, son muy frecuentes y pueden llegar a tener características insospechadas. 



Por: Pompilio Peña Montoya
pompiliooo@gmail.com


Ángela fue una joven muy acaudalada. A sus 26 años tenía a nombre suyo fincas, ganado, un apartamento y una camioneta, y eso que apenas estaba terminando la carrera de derecho. Su padre, un hombre riquísimo de Córdoba, había colocado esos vienes a su nombre. Por ello, cuando Án­gela le contó que había tomado la decisión irrevocable de casarse con su novio, su padre, sin dudarlo, le dijo que sobre su ca­dáver. El mes que siguió no se hablaron. El padre, ante la inminencia del matrimonio y tras consultar a su abogado, le propuso a su hija un pacto que le regresaría la tranquilidad: le dijo a Ángela que tendría su consentimiento siempre y cuando ella realizara la capitulación de sus bienes. 

Esta historia sucedió hace poco más de 20 años. El chisme, por supuesto, corrió entre la alta sociedad, y su impacto sacu­dió los andamiajes de los adinerados ya que hasta ese momento se habló a carta blanca sobre una figura jurídica que, al ser ejecutada, moralmente suponía la desconfianza amorosa de por medio. Exigir como condición firmar una capitulación matrimonial era poner en entredicho la inminencia de una separación futura. El amor, bajo aquel papel notarial, perdía su carácter de lealtad absoluta entre los enamorados. 

El padre de Ángela no tenía entre sus planes que ella contrajera matrimonio tan pronto, y mucho menos con un joven cuyo salario era irrisorio en comparación con la fortuna de su hija. ¿Y si la inexperiencia de ellos en la vida conyugal los abocara pronto a un rompimiento? Por supuesto, la separación implicaría que parte de los bienes de ella terminarían en la cuenta bancaria de aquel joven que se mostraba primoroso, pero que a los ojos del padre no podía ser más que un cazafortunas. 

Las firmas ante el notario
Si bien Ángela muy dentro de su cora­zón pensaba que el amor de su novio no tenía precio, aceptó a regañadientes la propuesta de su padre. Antes de contraer matrimonio por la iglesia, acudieron con testigos y abogados ante un notario de la ciudad, y al final de una breve expli­cación y de la firma de una serie de do­cumentos, se determinó lo siguiente: que dentro de la futura sociedad conyugal, Ángela aportaba un apartamento, mien­tras el novio solo algunos inmuebles. El padre, para no terminar como un ogro, aseguró que los gastos del matrimonio correrían por su cuenta. De tal modo que los bienes regalados por el padre queda­ban así asegurados. 

Pero, ¿que tan frecuentes son estos contratos prematrimoniales en Córdoba, y en especial Montería? La regularidad es poca, según afirma el abogado y académi­co Rafael Hernández Mestra, columnista de EL MERIDIANO de Córdoba. Las ra­zones son pocas. Una de ellas, y la más romántica, es que, por descifrarlo de al­gún modo, la naturaleza divina del amor no contempla la suspicacia, el temor, la duda, la desconfianza.

"Estamos en una sociedad en donde se cree ciegamente en el amor" —explica Hernández—, quien añade que los actos deshonestos, tan comunes en esta idio­sincrasia del avivato, son ejecutados por colegas con vocación de embaucadores, y no entre la misma pareja. 

Otra de las razones es que los despo­sados, sobre todo si pertenecen a fami­lias ricas y con tradición, casi siempre tienen vínculos familiares entrañables. Los ricos, con frecuencia, se casan con los ricos y los acomodados con los aco­modados y los pobres con los pobres. La fórmula simple tiene unos principios que los sociólogos relacionan en patro­nes de clase. 

Pero sin duda —asegura Hernández—, estos acuerdos prematrimoniales se dan entre las clases altas, donde pueden ha­ber grandes intereses entre las partes. Sin embargo, esta figura en la realidad colombiana es poco conocida.

En la fama y en los negocios 

Ahora, si fuera del dinero existe la fama, es decir, el reconocimiento público, los contratos prematrimoniales son más comunes y muchos de ellos adquieren alturas insospechadas, que hacen ver la capitulación de los bienes que Ángela y su esposo como un juego niños. 

A continuación, algunos casos desta­cados:
* A pesar de que expresó en un princi­pio que le gustaría tener un hijo, la can­tante y actriz mexicana Thalía no podía darse el lujo de ser madre. Un acuerdo prematrimonial con quien sería su marido en el 2000, el empresario de la industria musical Tommy Mottola, prohibía tenerlo, todo porque Mottola quiería conservar su fortuna que asciende a más de 50 millones de dólares. Este acuerdo cambiaría años después.

* Por su parte, antes de casarse el actor Tom Cruise con la actriz Katie Holmes, acordó que ella recibiría, por cada año que permanezcan juntos, 3 millones de dólares. Si alcanzan los 11 años de casa­dos, Katie tendrá el derecho de obtener la mitad de la fortuna de Cruise. Ambos llevan más de cinco años juntos.

* Y la actriz Nicole Kidman, conocien­do la antigua adicción a las drogas de su futuro marido, el cantante de country Keith Urban, estipuló en un preacuerdo matrimonial que si se enteraba de que Urban estaba consumiendo de nuevo al­gún alucinógeno, este no recibiría un solo centavo de su fortuna ante una posible separación. Mientras esto no suceda, el cantante tendrá derecho a 640 mil dólares por cada año de paz en el matrimonio. 

Pero el tema de las capitulaciones no solo se da entre los futuros esposos. En los negocios también se ha vuelto común que una compañía le exija a sus accionistas, que ante la posibilidad de un matrimonio, tienen que hacer la capitulación de sus acciones, esto con el propósito de proteger la estabilidad de la empresa si se llega a separar de su pareja. Las condiciones eje­cutivas van más allá, ya que si el accionista muere, las acciones no pasan a su esposa sino a sus hijos, pero estos no tendrán un derecho absoluto sobre tal dinero. 

El precio de desamor
Efectivamente, el matrimonio de Án­gela no duró más de cuatro años. Como supuso su padre, el joven se quedó con una parte de la fortuna, pero mínima, en comparación con lo que hubiera obtenido sin la figura de la capitulación. Nunca se supo a ciencia cierta a qué se debió la se­paración. A Ángela le quedó claro que no es fácil la vida conyugal, y seguramente ahora como abogada conoce muy bien el Artículo 1771 del Código Civil, que regula este tipo de contratos conyugales.

Publicado:  13 de mayo 2012. pág 5D, El Meridiano de Córdoba

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