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Crónica: Historia del Mercadito del Sur de Montería



Cecilia Rosa Berrío, la Bruja, como le dicen cariñosamente en el Mercadito
del Sur, es una de las cientos de personas que viven de trabajos de bajo perfil en este centro del comercio. Ella se dedica a sacar lustro y limpiar verduras con el fin de hacerlas atractivas para los compradores. No vive entorno al Mercadito, este vive entorno a ella.



 
Por: Pompilio Peña Montoya
pompiliooo@gmail.com


A las 2:00 de la madrugada, cuando la Bruja llega, el Mercadito del Sur ya es un hervidero confuso de movimientos y olores que para el forastero es imposible sortear. La Bruja, en cambio, con su paso insomne, avanza su cuerpo encorvado hacia el lugar de trabajo, luego de tomar el café de rigor. Nadie la estruja. "Adiós, Bruja", "Adiós, vieja", le gritan los coteros burlones, y ella no comprende por qué, si la han visto durante14 años inin­terrumpidos, se despiden cuando apenas comienza la jornada. 

A esa hora el Mercadito apesta. Hay basura acumulada en rincones y en corre­dores; uno que otro gato o perro muerto; vísceras y huesos de animal tiradas a un lado del tanque de la basura con frutas y verduras podridas, y las alcantarillas emanan un vapor pestilente. Sin embar­go, nadie parece notarlo. La Bruja, igual. Entonces, 'el Molina', un cotero, se acerca a ella y le deja un bulto de cebollas a los pies. "Ahí comienzo lo único que he hecho en todos estos años, sacarle lustre a las cebollas, los cebollines, los pimentones, los repollos", dice dejando ver una sonrisa careada. "Río así tenga el corazón triste", afirma.

Como Cecilia Rosa Berrío, la Bruja, como la bautizaron allí por sus cabellos de esperpento, miles de personas arriban al Mercadito buscando el rebusque, en un lugar que, si hubiera sido bien planeado, incluso podría haber sido incluido en planes familiares. Según Nicolás España, quien es líder en este sitio desde hace 23 años, tal vez la fuente de empleo más gran­de que tiene la ciudad sea el Mercadito. Miles de personas van allí para surtirse de los 42 camiones que llegan de todos los rincones de Colombia diariamente con toneladas de alimentos. 

A las 3:00 de la madrugada comienzan las risas y la mamadera de gallo. Los cote­ros no encuentran otra manera de alivia­nar el peso de sus bultos, sino es gritando obscenidades: "Dame culo mama huevo", "Ven huéleme el jopo"... Es imposible evitar reír. Y la Bruja lo hace, sentada sobre una acera, vestida con sus 'coleticos' azules y armada con un cuchillo que apenas le cabe en la mano.

La plaza donde nadie quería estar
A finales de los años 80, Montería era un desorden. Los vendedores de legumbres y frutas se ubicaban donde les daba la gana, fuera del Mercado Central. Los lugares más atiborrados eran la primera entre calles 35 y 39, y lo que hoy es el parque Montería Moderno. El Central estaba sin control y los camiones surtidores bloqueaban todas las vías aledañas. 

"Fue al alcalde Jesús López Gómez a quien se le ocurrió hacer un nuevo centro, y sin planificar trasladaron a unos cien vendedores de la primera hasta aquí", afirma Nicolás España, quien añade que, por aquel entonces, el Mercadito era una plaza abierta adonde nadie iba, sin luz y escasa agua. Parecía más un campamento de desplazados que un mercado, porque los puestos parecían cambuches delimita­dos con pintura de asfalto. 

Pronto los vendedores volvieron a ocupar el espacio público. ¿Qué hacer entonces? Se prohibió que los camiones descargaran su mercancía en el Merca­do Central, y los trasladaron al Mercadi­to del Sur. Desde entonces este lugar no volvería a ser el mismo. Todos se pelea­ron un sitio allí, en un espacio en el que hacía un par de años veían como el peor para vender. 

Esto fue ya a principios de los 90, pero la Bruja, a pesar de que llevaba viviendo siempre en lo que hoy es conocido como el barrio Villa Cielo, nunca había escu­chado sobre este sitio. En este barrio tuvo 19 hijos con tres hombres distintos. Diez de ellos morirían por distintas en­fermedades siendo bebés. Los otros están regados por toda la Costa. Los que viven en Montería, cuando la ven hoy sentada sobre el piso del Mercadito pelando cebo­llas, le reprochan su aspecto de indigen­cia. "Con el tiempo me fui quedando sin con quien hablar, y si así seguía me iba a enloquecer en mi casa, una que com­pré luego en Rancho Grande, gracias a que trabajé casi toda mi vida en casa de familia", dice la Bruja, quien, haciendo memoria, recuerda que a finales de los 90, sin trabajo y al borde de la locura, sin rumbo fijo, comenzó a vagar por la ciudad. 

Así llegó al Mercadito. "Yo tenía 45 años y no me da pena decirlo, llegué fue a pedir —afirma—, entonces me gritaron las palabras mágicas: 'Ay, vieja hijueputa, está muy nueva pa' que ande pidiendo, vaya pele cebollín'". La primera semana no le fue bien. Comenzó a pelar cebollas y cebollines junto al tanque de la basura, y la putrefacción le produjo diarreas y nauseas. No sabía que pelar una cebolla blanca, sin hacerle puyas, fuera tan difícil. 

Hoy es otro cuento. Pela y lustra cebo­llas blancas y rojas, cebollines, ají, repollo y pimentones. Por cada bulto de cebollas blanca, que trae unas 400, le dan 3 mil pesos. En días buenos puede hacerse hasta seis bultos. Contadas veces, trabaja hasta las 3:00 de la tarde. 

El Mercadito: una rueda suelta
A las 7:00 de la mañana en diferentes puntos del Mercado están asando cabezas de cerdo y chorizos. En calderos improvi­sados, dentro de los pabellones más ocul­tos, se fritan empanadas y papas rellenas: huele a comida. A la Bruja se le abre el apetito, y pide un plato con frijoles, un pedacito de carne y arroz que le cuesta 2 mil pesos. Ella está feliz, sabe que su patrón, por ser el mes de las madres, le regalará un dinero.
A las 8:00 los carros que recorren co­rregimientos y municipios salen surtidos de productos, con el chasis casi tocando el pavimento. El olor se concentra en el ba­surero, donde dos empleados se encargan de llenar el contenedor con los desechos que la gente arrojó hace un par de horas. No usan tapabocas. El pabellón de carnes huele a todo menos a carne, y los trozos son colgados en barras oxidadas, custodia­dos, a su vez, por enjambres de moscas. 

Hoy, el Mercadito es, afirman muchos, una rueda suelta. Por otra parte, su admi­nistración interna impone medidas que nadie respeta, un ejemplo de ello es que están prohibidas las cantinas, sin embargo, no es difícil encontrar gente bebiendo licor y escuchando música, sobre todo en horas de la tarde. Allí se cumple la ley del más fuerte. En los registros del Mercadito hay unos 400 locales, pero ilegales puede haber hasta el doble, como afirma España. 

A la Bruja le duelen un poco las manos. A las 11:00 el sol comienza a pegarle de lle­no en el rostro. Su jefe, don Pepe, cuando ve que la colmena con verduras comienza a vaciarse, le hace un gesto para que se apure. En ocasiones, ella se pone a pensar en su pasado y llora en silencio sin que nadie lo note, a pesar de que está rodeada por miles de personas. Cuando se le pasa la tristeza, pide otro café.

Publicado:  20 de mayo de 2012, pág 5D. Meridiano de Córdoba
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