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Crónica: Un circo que se niega a apagar sus luces

La entrada a este circo cuesta 700 pesos, tiene ocho artistas y una burra

que baila reguetón que se llama Marbel. Es la carpa Humor Caribe, perteneciente a la familia con mayor tradición en el mundo circense de la Costa, cuyos artistas tienen un sueño que a pesar de ser individual, los une: ser los mejores de Colombia.





Por: Pompilio Peña M.

El pequeño Circo Humor Caribe, a plena luz del día, con un cercado herrumbroso y una carpa polvorienta, parece un navío abandonado. Sin embargo, esta apariencia se transforma cuando llega la noche. Es entonces cuando el barullo de los niños en los alrededores confirma que el espectáculo dará inicio dentro de poco.

Nemías Olascuaga, propietario del circo, improvisa algunas instrucciones sin que ningún artista le haga caso. Es su polifacético hijo Cristian Olascuaga, de 22 años, payaso de vocación, trapecista por temerario, mago por diversión y administrador porque le toca, quien ultima detalles, como lo ha venido haciendo por 11 años.

A las 7:00 de la noche las gradas comienzan a llenarse de niños, unos con tiquete, otros porque lograron burlar la guardia en las cercas y ahora son 'polisones'. El integrante más nuevo del circo, el malabarista Yaison Valencia, antes de entrar al camerino, trata de dar orden a la confusión sin conseguirlo, afirma que los espectadores de circo son incontenibles. Así es que Nemías toma el micrófono tras bambalinas, su único dominio en la carpa, y dice, bajo la atmósfera expectante del momento: "Damas y caballeros, niños y niñas, bienvenidos al mejor espectáculo del mundo…" Nadie allí lo sabe, pero increíblemente estas mismas palabras las están repitiendo dieciocho miembros de la familia Olascuaga en igual número de circos a lo largo de todo el país, en un ritual que tiene más de 40 años de vida ininterrumpida.

Historias de trapecio

Y es que para quien no lo sepa, la familia Olascuaga ostenta la tradición circense más grande de la Costa Caribe. Son 105 sus integrantes, entre hermanos, hijos, primos, sobrinos y nietos. "Mi padre, Nemías, tiene dieciséis hermanos, y todos ellos tienen una carpa y los hijos de algunos tienen el resto de ellas", afirma Cristian, quien añade que los verdaderos iniciadores de la tradición son sus abuelos Luis Olascuaga, el payaso Mantequilla, y Carmen Mendoza, quienes se conocieron y se amaron, y criaron a sus hijos, bajo la errante diversión de una carpa. Cristian Olascuaga cuenta que su padre Nemías, a diferencia del resto de sus hermanos, nunca quiso saber sobre circos.

Hasta que una mañana, hoy 11 años atrás y sin razón aparente, le dijo que le compraría una carpa. "Papá no sabía, ni sabe, hacer una sola pirueta, pero yo, a mis 11 años, ya hacía de payaso y trapecista en los circos de mis tíos; creo que eso lo hizo comprarme una, para independizarme de ellos", afirma Cristian con orgullo, pues hace parte de un linaje sin precedentes en esta

parte del país.

Hoy el Circo Humor Caribe tiene función en el Minuto de Dios, un barrio marginado en la margen izquierda cuyos habitantes han visto en la llegada del circo un acontecimiento mayor, pues ni las reuniones que convoca la Junta de Acción Comunal ni las visitas de algunos funcionarios públicos, han aglomerado tanta gente de tan diversas edades en el mismo sitio. En taquilla, los 483 espectadores que hay en las gradas se traducen en poco más de 300 mil pesos.

Los primeros en salir al escenario, luego de ser anunciados por Nemías, son un par de payazos, Zem y Rosendo (hermanos Olascuaga), cuyos chistes hacen doblar a la gente de risa. Así se van sucediendo cada uno de los ocho artistas que tiene hoy Cristian. Entre ellos está el mago Andrews, que escamotea con cuerdas, papel y fuego. Luego sigue el trapecista, que mantiene la atención del público por el peligro de sus piruetas en el aire. El Hombre Volcán continúa, un muchacho larguirucho que arroja y traga fuego, y que de tanto jugar con llamas tiene las pestañas chamuscadas.

Juegos malabares

Entonces llega el turno de Yaison, el más novato, un chocoano de 20 años, menudo y de ojos inteligentes, que se echa la bendición antes de salir al escenario. Para él, mostrar sus malabares con pinos, machetes y fuego, frente a un público, es casi un examen de muerte. Por ello, cuando termina su acto y la gente lo aplaude, siente –según afirma– cómo se le hincha el pecho sin poder contener una sonrisa de satisfacción.

La chispa que despertó el amor de Yaison Valencia por el mundo del circo, nació ocho años atrás, cuando era un niño que andaba casi desnudo por las calles de Turbo, en el Urabá antioqueño, y logró colarse una noche a la función de un circo tan macilento como en el que está ahora. "Todo me gustó, las luces, los payasos, los magos, los trapecistas, los contorsionistas, y hasta el acto con una burra que bailó champeta. Entonces supe qué quería hacer en la vida", asegura.


Pero Yaison vio esa noche de colado en un circo, un acto supremo: los malabares. Con la idea de ser uno de los mejores, se voló de la casa sin una nota de despedida, y viajó por varias ciudades
persiguiendo un maestro. No lo encontró en una academia, sino realizando los trucos en un semáforo del barrio El Poblado, de Medellín. Y con él y otro grupo de artistas viajó por toda la Costa, aprendiendo, intentándolo, desafiando su miedo escénico, el temor al ridículo. Así fue como sus sueños adquirieron otras dimensiones. No solo ahora quiere ser el mejor malabarista, sino tener su propio circo, con un selecto grupo de artistas. "Antes de que cumpla los 40 años voy a tener uno", asegura con convicción.

Sigue la función

Yaison hoy está en Humor Caribe, de la tradición Olascuaga, cuya historia conoce y que le gustaría reproducir con su misma descendencia. Pero él apenas es el primero en el eslabón, así como lo fue en su momento el abuelo de Cristian, Luis Olascuaga, el respetado payaso Mantequilla. "Solo que yo no seré payaso, sino el mejor malabarista de Colombia", comenta Valencia.
Estas mismas palabras se repiten por dentro todos los artistas del circo, cada uno con su arte y a su modo: "Seré el mejor". Y conocen que el camino es arduo: que el circo no les brindará un porvenir próspero, una bella casa en un barrio de clase media ni una fama digna de un espacio televisivo. Ellos van de ciudad en ciudad, levantando su carpa en menos de dos horas, y quedándose en cada sitio no más de dos semanas.

Cristian y Yaison no desconocen todo lo anterior, por ello, también, hacen planes a largo plazo: dentro de un mes irán a Valledupar. Por ahora, Nemías Olascuaga, el propietario del circo, detrás de bambalinas, anuncia que la función terminó. "Pero los invitamos para que mañana no falten a nuestra función, a partir de las 7:00 de la noche, con nuevos artistas y diversión". Cuando el circo queda solo, Yaison le pregunta a Cristian por qué no han sido apagadas las lámparas, a lo que este último responde: "Yaison, hermano, las luces del circo nunca las vamos a apagar".
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