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Crónica: Los errantes de las corralejas de la Costa Caribe

En la corraleja de Planeta Rica, en Córdoba, se vio de todo, hasta hubo un muerto por la cornada de un toro. Y mientras la gente adentro disfrutaba de los toros, afuera, otros grupos de personas se la rebuscaban para ganar
algunos billetes y monedas. Ellos son los que persiguen corralejas, como si no hubiera otros lugares más 

fabulosos en el mundo para pasar 
la vida.





Por: Pompilio Peña Montoya

Manuel Suárez Yanez, seco de carnes, cervecero y mamador de gallo, define las fiestas que persigue por los pueblos del trópico así: "Los romanos tenían el Coliseo, los costeños tenemos las corralejas". Solo que en la Costa se mira a los ojos una muerte con cachos y 500 kilos de bravura. Manuel tuvo gloria como banderillero metido dentro de un tanque. Hoy, tatuado de cicatrices hasta en los huesos, se cuelga al cinto un martillo y tiene los bolsillos repletos de puntillas de dos pulgadas. Se dedica a construir corralejas y a respirar, una vez termina de revisar que todos los clavos están en su sitio, alegre y debajo de los palcos, el polvo que se levanta cuando la corrida está en furor. "He visto cómo hombres mueren en el ruedo", dice y bebe de su cerveza.

Arriba, en los palcos, bajo latas de zinc y un sol histérico, más de 5 mil personas, apretujadas, sudorosas, muchas de ellas embriagadas, miran los gladiadores sin más armadura que una capota, ni más armas que banderillas, desafiando un toro. Pero afuera, donde la música de un picó retumba en torno a ese meandro de maderas, la vida se agita de otro modo. En ambos sitios, aunque suene extraño, la gente se juega la vida.


Mientras Manuel Suárez ajusta tablas para que la corraleja no se desplome, Franklin Muñoz Camacho, proveniente del municipio de Plato, en el Magdalena, hace muslitos de pollo con harina de trigo que ofrece a 300 pesos. Como la mayoría de vendedores de comida, y a pesar de que lleva 26 años yendo de corraleja en corraleja cada semana por los pueblos más recónditos de la Costa, hace cinco años no ve capotear un toro. "Casi no hay tiempo para la diversión, hay que llevar comida a la casa", dice Franklin, quien frita 2500 muslitos diarios que le venden nueve personas de su pueblo natal, con quienes va recorriendo regiones.




Estos dos hombres son una porción minúscula de un entorno del rebusque. La mayoría de vendedores de chicharrón, carne al carbón, arepas, butifarras, mote y patacón, y toda clase de frituras, no tiene un permiso legal y vienen de rincones tan lejanos como Manaure, en La Guajira. Ellos viajan, como gitanos, detrás de una tradición que tiene su origen en 1827 cuando Sebastián Zubiría, un hacendado en tierras sincelejanas, decidió a la española celebrar uno de sus cumpleaños con una corrida de toros. El éxito ha sido tanto, que entre las corralejas que se hacen en Bolívar, Atlántico, Sucre y Córdoba, suman más de doscientas. En todas ellas, como en los coliseos romanos, se arriesga la vida para diversión del pueblo y orgullo del quelogra salir ileso.


Juegos del azar

La más reciente corraleja que se realizó en Córdoba fue en Planeta Rica. En cada uno de los cinco días de salida de toros, asistieron a sus palcos poco más de 5 mil personas, que dejaron una boletería vendida, por día, de unos de 110 millones de pesos. Cada ganadero ganó por toro en el ruego alrededor de 400 mil pesos, y salieron a la arena unos 150 sementales, unos puros, otros no tanto. En total, entre pago a ganaderos, construcción de la estructura de madera y demás, la corraleja costó poco menos de 300 millones de pesos.

Aquí las ganancias son buenas en comparación con los 30 mil pesos que, en una tarde exitosa, puede ganarse Jesús Márquez Blanco, de 39 años, con su juego 'la botellita', que consiste en parar una botella de gaseosa sobre una plataforma inclinada por medio de un aro amarrado a un palo. Él, los días de la fiesta en Planeta, buscó un sitio marginado de los controles policiales. Jesús conoce desde La Guajira hasta el Amazonas, pues toda su juventud trabajó para parques de diversiones errantes. Hoy vive en el barrio Edmundo López, en Montería, y está casado. De Planeta va a su casa y de allí a las fiestas de Valencia y Chimá; ya procura no salir de Córdoba, "ya conozco mucho", dice, y se alegra que la botella de whisky que tenía como premio en su juego 'la botellita' no se la ganaran.


Mientras Jesús ofrece tres oportunidades en 500 pesos, y Manuel recorre por debajo la corraleja dando martillazos, y Franklin mete sus muslitos en el aceite hirviendo, otro grupo de personas se ganan la vida buscando en el suelo. Se trata de los recicladores que se pelean por una lata de cerveza o gaseosa, incluso por las llaves de estas, como si fueran joyas legítimas. "Por cada kilo de lata se gana 5 mil pesos", comenta un reciclador del municipio, quien añade que el plástico y el vidrio también se venden bien y se recoge por montones en estas fiestas. "No tenemos tiempo para ver ni un solo toro, la plata, y la gente no lo cree, está tirada en el suelo", afirma.


La vida errante

La historia de los errantes de las corralejas es tan vieja como las fiestas mismas. Se cree que la primera corrajela en Córdoba se realizó en Ayapel, a principios del siglo pasado, y no precisamente en un escenario circular, sino a lo largo de la calle San José, al estilo de las fiestas de San Fermín, en Pamplona, España, corrida que tiene cerca de 500 años. Desde entonces, detrás de las grandes organizaciones que llevan tiempo y costos por cientos de millones, las personas buscan el chance de ganarse unos pesos.



Manuel Suárez perdió la cuenta de cuántas corralejas ha levantado en 11 años en cientos de pueblos. Antes de llegar a Planeta estuvo en Arboletes y Nechí, y ahora va para San Carlos y después, tal vez, a San Bernardo del Viento. "La ventaja de este trabajo es que para donde voy tengo amigos", afirma Suárez, quien no conoce un oficio más hermoso que levantar palcos y mamar gallo con amigos de toda la vida, así, como un errante, y si bien nació en Ciénaga de Oro hace 50 años, piensa que no es de ninguna parte. "No hay nada mejor que conocer otras partes", concluye.


A Franklin Muñoz lo esperan sus seis hijos y su esposa en Plato, Magdalena, que no ve desde hace varias semanas por andar detrás de corralejas con su masa de harina, su mesa desarmable y su fogón de gas. Mientras los toros embisten incautos y la gente grita, él sueña con el pueblo que le espera. "Voy para Palmito, en Sucre, que tiene corralejas la próxima semana; allí los muslitos se venden como la cerveza", afirma Franklin, quien en los cinco días en Planeta se hizo un poco más de un millón de pesos, de los que tiene que sacar 500 mil para Palmito. "Ya me apegué a esta vida de muslero", asegura con una sonrisa socarrona.


Mientras esto sucede, arriba, en los palcos, sigue la fiesta al son de las bandas pelayeras y el alcohol. Y en efecto, ocurre lo que todo el mundo quiere que ocurra pero que nadie admite que da gusto que pase: un toro se enfila detrás de un hombre chaparro y lo levanta por los aires con los cachos. "¡Ay, Dios mío, lo mató, dooojooodaaa, mínimo está borracho!", gritan las mujeres al unísono al tiempo que se ponen de pie: "¡Cojan a ese hombre, carajo!". De lejos, es imposible pensar que alguien sobreviva a tal embestida; hay sangre, pero el malherido se pone de pie con ayuda de sus compinches.


Y la vida sigue, y la parranda y los toros y los corneados y los muslitos de harina y los parlantes a todo volumen emitiendo vallenatos tristes. En las corralejas no hay nada cierto, salvo que tanto adentro como afuera de estas, la gente se juega la vida.


Publicado: 19 de febrero 2012 pag. 2d - Día 7
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