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Crónica: Triste adiós a una vecinita del barrio Pastrana Borrero víctima de una bala perdida


Por: Pompilio Peña Montoya
pompiliooo@gmail.com
@pompiliooo

Pastrana Borrero. Cuando el pequeño féretro caoba salió en hombros, a las 4:00 de la tarde, de la humilde casa al pie del cerro, una multitud de personas, en su mayoría niños y madres vestidos de blanco que agitaban banderillas, quedaron en silencio, casi atónitos e inmóviles, como si la presencia del cajón confirmara una noticia que nadie quería dar por cierta: una niña de seis años había entrado sin querer en una lotería macabra: había sido víctima de una bala perdida.

Unas 48 horas antes de esta escena, Leycci Torres Calao no estaba muerta, jugaba con sus dos hermanos en la humilde y angosta sala de la casa al margen del desorden de sus vecinos que celebraban el fin de año entre el alcohol, el baile y la pólvora. Se acostó a las 9:00 de la noche como de costumbre junto a su madre Ana Luisa Calao y sus hermanos en la misma cama, como lo había hecho toda su vida. Una vez el año expiró, la bala entró por las tejas del techo y le perforó el abdomen.


Para los familiares de la niña las escenas siguientes son caóticas: sangre, una niña inconsciente, el ruido sin dueño de la parranda, las puertas de urgencia del Hospital de San Jerónimo: una terrible noticia.


El cortejo

Escoltado por la Policía, el cortejo fúnebre avanzó ayer con indignación. Todos, en coro, gritaban sin apartar la vista del féretro: "¡No más balas perdidas, no más balas perdidas!". La frase, de boca de cientos de niños del Colegio Las Colinas, que habían conocido a la tímida y dulce Leycci, sonaba conmovedora.

Ana Luisa y su esposo León Torres Betancur, entre otros familiares, caminaron detrás del ataúd sin decir una sola palabra; nadie quería importunarlos.


Una vez el cortejo subió por la diagonal 2 y tomó la calle 5, una nube negra se plantó sobre la multitud y el calor subió súbitamente, entonces cayó una leve brisa.


La gente, desde los balcones, agitaba pañuelos blancos. Un hombre gritó desde alguna terraza: "Si alguien conoce el asesino que lo denuncie, podría ser la hija de cualquiera de nosotros la que podría estar muerta".


Los niños habían cambiado su frase: "No más balas, queremos justicia".


La niña Cristian Morales, quien estudió con Leycci Julieth en Las Colinas, la describió con dos palabras: "ella era paciente y cariñosa, daban ganas de abrazarla siempre".

A las 4:45, el cortejo estaba compuesto por una marea de personas que abarcaba dos cuadras, una multitud que detuvo el tránsito por más de 20 minutos. Había luto, indignación, rabia; unos lloraban contagiados por la aflicción, mientras otras comenzaron a jalonar toda clase de conjeturas sobre quién había sido el culpable de esta muerte: unos afirmaron, incluso, que sabía quien era el asesino.


¡Por qué me la quitaste!

Entonces, cuando todos quisieron entrar al estrecho cementerio San Antonio, en el P-5, la atmósfera cambió. Los más jóvenes, chismosos, comenzaron a treparse por las criptas para tener la mejor vista del entierro: querían ver el rostro de la niña que había creado tal aglomeración.

Al llegar al centro del camposanto, quienes llevaban el cajón lo inclinaron un poco y abrieron la tapa de la cabecera. Ana Luisa, la madre de la niña, no se despegaba del féretro: algo por dentro comenzaba a crecerle, un gran dolor, porque por primera vez desde la salida en su casa había irrumpido en una llanto desconsolado: la última morada de su hija estaba cerca, en la linea 23, lado B, en un mausoleo sencillo sin revocar, al que se le notaba que había pasado por mejores tiempos. Entonces gritó: "¡Dios mío por qué me la quitaste!" Entonces cayó desmayada.
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