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Crónica: El mercado de Santa Cruz de Lorica, historia del corazón de una cultura

Por Pompilio Peña Montoya
Esta es una breve remembranza de lo que es y fue el mercado el Ranchón, un lugar de encuentro a orillas del río Sinú, cuya historia puede verse en los ojos de un color incierto de los habitantes de este pueblo, y en donde se definió gran parte de los negocios de principio del siglo pasado.


Mercado El Ranchón de Lorica

Hoy El Ranchón hace parte del Patrimonio Cultural de Colombia, un lugar limpio y ordenado, en donde propios y extraños pueden comerse un sancocho de bocachico que "levanta muertos" (como afirman risueñas las cocineras), comprar artesanías en cuero y caña brava, escuchar historias de inmigrantes mujeriegos, escritores y juglares que dormían con la guitarra y el acordeón bajo la almohada, y tomar café desde las 3:00 de la madrugada, cuando el Sinú en la penumbra asemeja una monumental víbora mansa.

Pero 70 años atrás, en este sitio, a lo largo de la muralla del Sinú y bajo las altas arcadas republicanas, un grupo de comerciantes bulliciosos, en su mayoría mujeres, vendían bocachicos y mojarras de todos los tamaños cuyo olor se revolvía con el de las tortas freídas en calderos, las frutas y las legumbres que traían en la madrugada los campesinos desde los caseríos . El Ranchón por aquellos años era el corazón comercial de la región. Hasta allí y en embarcaciones llegaban todas clases de mercancías, y con ellas extranjeros, muchos de ellos ya encantados por el beso del sol y una cultura que comenzaba a desvelarse por el fandango y el bolero.




Fotos tomadas de: facebook.com/lorikcity

Los sábados eran los días de mayor actividad. De Cartagena de Indias llegaban buques, y de los pueblos de las ciénagas toda clase de pancoger, entre el ñame y el plátano, el arroz, la yuca y la berenjena.

A finales de los años 40 del siglo pasado, la mayoría de habitantes de esta primera Lorica eran una amalgama de  árabes, franceses, italianos, indígenas y negros. Muchos de estos primeros extranjeros huían de los estragos de la II Guerra Mundial y encontraron en estas tierras un paraíso, y convirtieron El Ranchón en la mejor despensa del Bajo Sinú. Literalmente, si allí un parroquiano no encontraba lo que buscaba, era porque no se había inventado.


Luego el destino le daría un curso distinto al pueblo. "Con la construcción de la carretera a finales de los años 50 que conectó a Lorica con el interior del departamento, el pueblo comenzó a darle la espalda al río y, a su vez, éste se convirtió en la puerta de salida de los extranjeros que se fueron con sus empresas a causa de las primeras guerras políticas entre liberales y conservadores, y la presión de las primeras guerrillas. Sin embargo, éstos dejaron parte de su cultura, sobre todo en el ámbito gastronómico. Gracias a los árabes, por ejemplo, tenemos los deditos de queso, la empanada rellena de queso y berenjena y el quibbe de trigo y carne molida con pimienta y cebolla", comenta Antonio Dumett Sevilla, escritor loriquero, quien ha intentado plasmar en sus poemas y narraciones la belleza de su tierra, siguiendo la tradición de sus antecesores, entre otros, de los escritores David Sánchez Juliao y Manuel Zapata Olivella.


El ruido del mercado

Doña Macedonia Judid Navarro, como lo viene haciendo desde hace 40 años, se levanta a las 2:00 de la madrugada para abrir su quiosco en el mercado donde vende café, pan y empanaditas. A esa hora grupos de abuelos comienzan a buscar charla y el calor de un café; los pescadores y los areneros hacen lo mismo antes de subir a las canoas que los regarán a lo largo del río.
Macedonia Judid Navarro


"Tengo 63 años y conozco este sitio desde los diez. Mi mamá comenzó vendiendo tinto a principio de los años 30 y ella me cuenta que le gustaba ver llegar las grandes embarcaciones de las que bajaban mujeres con polleras almidonadas. Se vendía mucho coco, pescado y sombreros. Se hablaba y se peleaba por política y uno podía escuchar a los comerciantes proyectando sus negocios en varias lenguas", afirma Macedonia, quien añade que en el Mercado pudieron haber cien puestos por donde era casi imposible transitar, en un área que no supera la de una cancha de microfútbol.


La historia que cuenta esta loriquera es de finales de los años 50. En 1929, cuando se terminó de construir El Ranchón, con su arquitectura republicana de altas columnas y arcadas de medio punto, podían verse barcos históricas como La Colombia, La Damasco y El General Córdoba, que eran los medios de transporte de las familias pudientes que, como todo el mundo, no pudieron escapar de los fantasmas del paludismo, la viruela, el sarampión y la tos ferina, virus típicos de principio de siglo, a los que los yerbateros del Mercado combatían con infusiones inútiles.



Hoy en día a El Ranchón llega gente a comer, los turistas compran artesanías y se pasean por la muralla, y los ancianos beben tinto y comentan el último partido de béisbol que escucharon pacientes por la radio. Años atrás quedó el barullo de la multitud, el ir y venir de sacos con granos y la exportación, a través de barcos, de pieles, carnes, leche y mantequilla, como lo afirma el vigía cultural Nicolás Corera Guerra. “Todas las edificaciones que se encuentran aquí, como el edificio González y el Afife Matuk, son un orgullo para el loriquero. Además, El Mercado continúa siendo un lugar de encuentro y un lugar propicio para apreciar la belleza del Sinú; uno ve como los turistas quedan maravillados por la arquitectura y la historia”, afirma.

Doña Macedonia, quien sacó adelante a sus cuatro hijos con el quiosco, es referente del lugar, conoce a todas personas y ellos a ella. Vende café, galletas de limón y fritos; como ella hay otros. Y mientras a este lado todo transcurre con lentitud, a mediodía las cocineras sirven el tradicional sancocho de bocachico del que se afirma levanta muertos, con arroz, plátano con carne molida y ensalada.






Los artesanos, en frente, con un ritmo lento, venden sus mochilas, chanclas, collares y adornos para la casa. En las calles aledañas se vive otro cuento, hay correteo y la gente vende, en su mayoría, electrodomésticos.


El pasado y el presente de El Ranchón son dos historias muy distintas. El hecho de que hayan catalogado a este sitio Patrimonio Arquitectónico de Colombia, en conjunto con el resto de edificaciones inmediatas, ha producido un afán de conservar este espacio público en pro de lo que significa como legado. Doña Macedonia continuará allí hasta que la salud se lo permita, como a su madre; Antonio Dumett continuará concurriendo este lugar para invocar a las musas y Nicolás Corera siempre estará dispuesto con amor a contarles a los viajeros la historia de un mercado que alguna vez fue la mayor despensa del Bajo Sinú.

Publicado: En EL Meridoano, 4 de julio 2011 pag, 2c
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