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Entrevista: El escritor y sus fantasmas: Héctor Abad Faciolince



No hay que acumular esfuerzos para presentar al escritor Héctor Abad Faciolince. Muchos lo conocen por sus novelas, otros por sus ensayos, otros porque no dejan de seguir sus agudas y pícaras columnas de opinión en El Espectador. En esta entrevista habla sobre la relación entre Medellín, su literatura, el miedo y la muerte.


Por: Pompilio Peña M.
Foto: Bibiana Ramírez
Entrevista publicada en De La Urbe, 2009.



La última noticia que nos llegó de Héctor Abad fue el elogio que le hizo el renombrado escritor peruano Mario Vargas Llosa, en una columna suya escrita para el diario El País, de España, el 7 de febrero pasado tras conocerlo en persona en el Hay Festival, en Cartagena. Vargas Llosa escribió: “Era culto, simpático, generoso y conversar con él resultó casi tan entretenido y enriquecedor como leerlo”. La literatura de Abad no solo se caracteriza por la mixtura de sus personajes y su narrativa de corte ensayístico, sino también porque Medellín se establece como el molde geográfico en algunas de sus ficciones, como en el caso Fragmentos de amor furtivo y Angosta. O como una realidad tierna y angustiante en El olvido que seremos. Su último libro lleva por título Traiciones de la memoria y está compuesto de tres narraciones autobiográficas. Un poema en el bolsillo es una de estas historias y trata el controvertido tema del supuesto poema de Borges que Abad encontró en el bolsillo de la camisa de su padre el día que lo asesinaron. Demostrar que el poema, en efecto, es de Borges y no una falsificación como dicen los expertos, es la punta de lanza de esta intrigante historia. 

La siguiente entrevista se realizó en Palinuro, una librería que tiene con unos amigos en el centro de Medellín.

—¿Cómo interpreta usted el juego del Eros y el Thanatos en Fragmentos?

—Eso del Eros y el Thanatos es más una cosa froidiana que a mi pudo haberme interesado en alguna época pero que ahora no me interesa. Eso es un juego literario más antiguo. En el Medio Evo, en especial, los seres humanos estuvieron mucho más en contacto con la muerte, es decir, la gente se moría muy joven, sobre todo por enfermedades y pestes. Los dos grandes libros que están detrás de Fragmentos, El Decameron, de Giovanni Boccaccio, y Las mil y una noche, son libros donde la muerte está completamente presente. En El Decameron porque la peste está diezmando a los pobladores de Florencia y un grupo de diez jóvenes se apartan a un castillo en las afueras de la ciudad para salvarse, y allí comienzan a contarse historias, historias de amor casi todas eróticas. Y en Las mil y una noche la amenaza de la muerte aparece desde el principio, ya que un sultán comienza a decapitar a todas las mujeres con las que se casa, a causa de una primera traición que le hicieron. Es aquí donde aparece Scherezada, la mujer que logra encantar al sultán contándole historias todas las noches, la misma Scherezada a la que Rodrigo compara con Susana. Así aparecen la muerte, el amor y la sexualidad.

Yo vivía en una Medellín de la violencia, de los asesinatos, una Medellín con los índices de muerte violenta más altos del planeta, la Medellín de los mafiosos, de la corrupción política, de los alcaldes más asquerosos, y, claro, la experiencia del asesinato de mi papá a finales de los ochenta. Por ese tiempo yo no quería hablar ni escribir nada sobre eso, ni sobre el asesinato de mi papá pues no era capaz, ni quería escribir sobre sicarios como se escribió después tanto, incluso con una actitud muy condescendiente y muy comprensiva con los matones y mafiosos. No, yo no quería escribir nada que se le pareciera a la literatura que algunos años después tuvo tanto éxito en Colombia.

Yo quería escribir sobre mi experiencia en la vida que tenía más que ver con el amor, con la sensualidad, con una vida que trataba de alejarse lo más posible de la muerte y de la violencia. Medellín así parecía una ciudad asediada por la peste, como ocurre en El Decameron, porque daba miedo salir en la noche a caminar. En ese contexto situé yo la novela, en un escenario realista. Y todo esto es un contraste bonito porque probablemente nada produce tanta sed de vivir, tanto apego a la vida, tantas ganas de sentir, como la cercanía de la muerte. Esto me recuerda unas canciones del Medio Evo que decían algo así como, “Hoy comamos y bebamos que mañana moriremos”, claro, por la cercanía de la peste. Cuando la gente se muere a racimos, cuando uno no sabe siendo muy joven si va a amanecer vivo, puede dedicarse a llorar o a beber y gozar antes de que le caiga la guillotina. Esto es también un poco lo que siente Susana, que tiene que vivir rápido y con intensidad el presente porque el mañana es incierto. La única ventaja paradójica que tiene la cercanía de la muerte es que le da una gran intensidad y un gran sentido al hecho de seguir dando vida.

—Hablemos de Angosta, una novela muy distintas a sus producciones anteriores. Me contaba que de lo que menos quería escribir era sobre sicariato y corrupción. Sin embargo, Angosta cuenta con estos elementos.

—Sí, es verdad. Pero Angosta es muy distinta. Aparecen sicarios pero la historia está centrada en la ciudad, en la división de esta y en personajes que no están en el mundo de la delincuencia: como Jacobo Lince, el librero que lo único que busca es satisfacer sus impulsos sexuales, sus amantes Candela, Camila y Beatriz; Andrés Zuleta, el joven poeta virgen de 25 años que cuenta gran parte de la historia a través de sus diarios; los libreros que trabajan en La Cuña… en fin, personas del común. A la hora de escribir este libro traté oponerme a ese mundo de la mala vida del sicariato.

Yo no es que haya visto elementos nuevos en relación con las novelas ya aparecidas. Lo que ocurrió fue una especie de maduración de mi mismo. Obtuve una capacidad de acercarme a lo trágico y esta novela, de alguna forma, fue mi primer intento por contar la historia del asesinato de mi papá, porque el doctor Burgos, quien dirige la Fundación H. en Angosta, está un poco modelado sobre la figura de él. El señor Burgos, como lo hizo en su caso mi papá, denuncia los atropellos que lleva a cabo la Secur, grupo armado que hace el trabajo sucio en la novela… Ya la parte final del libro fue un intento de escribir El olvido que seremos a través de la ficción, es decir, cuando los siete sabios se reúnen y deciden la muerte de este personaje que se estaba volviendo insoportable. Como esto no me dejó satisfecho tuve que escribir El olvido, esta vez con las ideas más claras.

—Santiago Gamboa en una columna de opinión escribió que Angosta era una obra maestra y que “estoy seguro que Héctor Abad escribió esta terrible ciudad para conjurarla, para que nunca exista del todo y se quede atrapada en sus páginas”. ¿Medellín será un caos?

Yo tengo como una tendencia psicológica a tratar de pensar y decir siempre lo más malo para que no pase. Yo creo que hay dos tipos de personas: los que creen que pensando cosas horribles atraen la desgracia y personas como yo que, en cambio, creemos que pensando y escribiendo siempre en lo terrible, en lo peor, podemos alejar el infortunio. Las dos actitudes son mentirosas, supersticiosas: la desgracia viene o no viene. Pero es verdad que mi actitud mental es de conjuro.

Por ejemplo, el último cuento de El amanecer de un marido, titulado Mientras tanto, habla sobre mi asesinato. Pues bien, ese cuento lo escribí para que eso nunca pase.

(Esta entrevista hace parte del trabajo de grado: Palabras de un escritor desmemoriado: entrevista a Héctor Abad Faciolince, 2009, UdeA)

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